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viernes, 27 de abril de 2012

A las siete y media de la mañana.


A las siete y media de la mañana, (minuto más o minuto menos), hago cima en la calle de El Obispo, (para ser precisos calle de El Obispo San Juan de Ribera), y entro en la plaza de España. Al entrar en la plaza me encuentro todos los días a una persona. Se trata de un jubilado que vive por la zona y que a esa hora está haciendo cola, él solito. Y digo haciendo cola porque sé, (que lo he visto muchas veces), que poco a poco se le irán juntando otros jubilados como él que se quedarán ahí, (tanto si llueve como si arrecia el frío), esperando a que hacia las ocho y cuarto (o y media) aparezca la furgoneta que trae los periódicos gratuitos y la muchacha  (o muchacho) que los reparte.  En la página del Ayuntamiento hay una cámara web de esa plaza que podría demostrarlo, aunque es verdad que hace tiempo que no funciona y nadie ha hecho nada por arreglarla.  
A mí este señor no me cae bien. No me cae bien porque tiene una costumbre que me desagrada mucho que es la de ir chillando por la calle. Entra en los bares y da cuatro voces, le chilla a todas las muchachas hermosas que conoce porque son nietas de las muchachas hermosas que conoció en el barrio cuando joven, le chilla al barrendero y a todo el que pase por ahí en ese momento. Increpa a los madridistas si ayer perdió el Madrid frente al Bayern de Munich y a los del Barça si la noche anterior fue eliminado por el Chelsea, le da igual.  Llegados a este punto, comprenderán que más que un vecino de la zona donde se encuentra mi oficina se trata de un vestigio del pasado.
Tal vez por eso no me cae bien: porque conozco ese pasado. Ese hombre se quedó anclado en los años del viejo régimen, como dicen los franceses, y su pervivencia, (la de aquel régimen no la de este pobre hombre), es algo que nos lastra como una losa que los españoles tenemos que seguir llevando. Hablo de un tiempo en el que la gente escupía por la calle y tiraba los papeles al suelo. Un tiempo en el que se cambiaba el aceite del coche en la calle y se tiraba el viejo a un imbornal. Un tiempo en el que, en verano, no se podía dormir porque la gente daba voces hasta casi el amanecer y en invierno el frío te lo impedía. Como dicen por ahí, ¡qué se puede esperar de un país que no duerme bien! Estoy hablando de un tiempo en el que los perros se cagaban en la calle.   
Ahora que lo pienso, ¿no será ese país al que nos quieren devolver ahora con tanto recorte?


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Bonita foto.

manuel larios dijo...

La hice con el móvil.