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miércoles, 5 de abril de 2017

IBEX 35, UNA HISTORIA HERÉTICA DEL PODER EN ESPAÑA, DE RUBEN JUSTE.

El libro de Ruben Juste es un inventario de sucesos conocidos en el ámbito de la economía española desde la transición. En verdad, es un índice del que se puede empezar a tirar para esclarecer un poco las cosas en este ámbito. Yo creo que la mayor parte de lo que se publica en él ya se ha publicado en la prensa diaria, tampoco es que nos descubra muchas cosas que estuvieran ocultas, lo que hace es ponerlas ahí para que nos hagamos una idea de cómo funcionan las grandes empresas patrias.

Tal vez lo que más me ha sorprendido, por desconocimiento propio, es lo “vendida” que está la economía española. Estos patriotas del P.P., estos defensores de las esencias patrias, (defensa que llega hasta cosas tan casposas como el nacional-catolicismo o el franquismo), son los que han vendido la mitad de la economía que estaba en manos españolas a inversores extranjeros, en concreto americanos del norte. Esa operación dirigida por nuestro ministro de economía, Luis de Guindos, es lo más significativo de las consecuencias que ha tenido la crisis. Les hemos entregado la parte del león de nuestra economía. Recordamos ahora cómo le decían los alemanes a los griegos: vale, si estáis en bancarrota, vendernos vuestras islas del Egeo.  

Era de esperar, ¿por qué iban a poner si no al director de Lehman Brothers en Europa como ministro de economía? Uno de los responsables de la crisis económica que nos hundió en la miseria, según parece “ad eternum”, es el elegido para sacar adelante nuestra economía patria. Ahora vemos que no iba a colaborar en rescatar nuestra economía sino la “econosuya”. Naturalmente. Tal vez, si hablamos con propiedad no deberíamos usar la expresión “nuestro ministro de economía”, sino la de “su ministro de economía”. “Su” de ellos, de los americanos del norte.

Los que no somos expertos en economía, (ni en sociología, ni en nada), adoptamos una visión simplista de los problemas. Pero a veces esa visión simplista ayuda a comprender la realidad, junto con trabajos como los de Juste, por supuesto, que son los que aportan los datos. Personalmente, comparto la expresión de que la economía española se basa en un “capitalismo de amiguetes”. Así, con diminutivo informal.

En España, podemos decir con Max Weber, que el capitalismo es algo que no ha calado nunca en nuestra mentalidad, (sólo el capitalismo de amiguetes). Según el sociólogo, son virtudes protestantes, (ellos dicen evangélicas): la profesionalidad, la racionalidad, la austeridad, el ascetismo y, en base a sus creencias religiosas, el enriquecimiento como señal de predestinación a la salvación eterna. Aquí no creemos mucho en todas esas cosas. Nuestra relación con el poder está basada en los postulados de la Iglesia Católica a la que hemos pertenecido en exclusiva. El poder en la Iglesia Católica se concentraba en las redes clientelares, (una herencia de la Roma imperial), y en el nepotismo, (una palabra italiana que viene de la Roma católica).  Ahí está la raíz del “capitalismo de amiguetes”.

¿Qué es lo primero que tiene que hacer un padre que quiere ver triunfar a su hijo convertido en millonario? ¿Meterle en un equipo de fútbol? Bueno…, sí; pero también, llevarlo a la iglesia, que estudie en un colegio religioso. Eso lo saben todos los padres en España, (y supongo que también en Italia, en Irlanda o en la Argentina). La base de esto reside en un hecho irrefutable: aunque un alto ejecutivo pueda llegar a ganar doscientas veces nuestro sueldo, en el fondo los seres humanos tenemos, todos, unas capacidades muy parecidas. De manera que si tú “estás ahí” y tienes algo de talento, es fácil que seas elegido para un cargo adecuado a tus ambiciones.  

Por eso, en España, lo más importante para triunfar es estar ahí. Rubén Juste nos cuenta cómo han estado ahí los hombres del rey emérito (Colón de Carvajal y los Albertos), los de la UCD (Martín Villa y Abril Martorell), los del PSOE de Felipe (Carlos Solchaga y Miguel Boyer), los del P.P. de Aznar (Rato, Blesa y Alierta), los de Zapatero (Miguel Sebastián) y, finalmente, los de Rajoy (los inversores americanos de BlackRock).

Estos grupos que se convierten en poderosos, son los que controlan el país. La trama formada por empresarios, políticos con puertas giratorias, medios de comunicación (en manos de empresarios y políticos), y funcionarios corruptibles, son la quita esencia de lo que antes se llamó, por mal nombre, “la casta”.  Esta trama toma nuestro dinero, (a partir de los bancos y cajas de ahorro), y se enriquece con ello cobrando sueldos astronómicos por pertenecer a la directiva de las empresas poderosas, mientras nosotros pagamos la luz, el agua y las telecomunicaciones más caras de Europa, nuestros sueldos están congelados permanentemente (en la práctica disminuyen), y nuestro estado del bienestar, que nunca llegó a ser completo, está cada día más escuchimizado. Sin mencionar los millones de parados y los millones de subempleados que no pueden salir de esa situación.

Todo esto no tiene nada que ver con el capitalismo, (más bien parece relacionado con la mafia siciliana). Capitalismo es lo que hacen los pequeños empresarios, los autónomos, los pequeños comerciantes, los profesionales liberales, que arriesgan su dinero todos los días y ponen su trabajo y su esfuerzo para crear empleo y hacer economía de verdad. Ahí sí hay emprendedores, pero están tan machacados que apenas pueden salir adelante.

Todos los males que nos acucian vienen de estas grandes empresas que manejan los hilos del poder y se nos ocurre pensar que si ese poder estuviera en manos públicas, bajo control democrático de verdad, si al tiempo descentralizáramos el mundo económico y nuestra sociedad, tal vez podríamos empezar a vivir bien, con los inmensos recursos y los magníficos medios de que se dispone, y que hoy día está en manos de ese famoso 1% de la humanidad.

martes, 14 de febrero de 2017

PODEMOS: Un gran paso hacia la derrota.

Como viene siendo habitual, Jesús Maraña, que tiene la extraña costumbre de usar la cabeza para pensar lo que dice y lo que escribe, tiene razón cuando hace un análisis a bote pronto de lo de Vistalegre o cómo él lo llama de Vistatriste.

Lo que ha sucedido en la superficie lo ha contado ya todo el mundo, en especial la cúpula de Podemos: Pablo Iglesias ha ganado. Pues muy bien. Me alegro. El problema no es ese, llegado el caso me hubiera alegrado igual si hubiera ganado Íñigo Errejón, o los anticapitalistas; el problema es: ¿ha ganado Podemos?

A mí me parece, con toda humildad, que Podemos ha perdido mucho.

En primer lugar ha perdido mucho por el espectáculo que han dado. Prefiero que las cosas se digan con sinceridad a que se tapen las diferencias en hipócritas actitudes falsamente conciliadoras, como las de la Sra. Cospedal y la vicepresidenta, dos personas que no se dirigen la palabra la una a la otra. Ya sabemos que Aznar está muchísimo más lejos de Rajoy que Iglesias de Errejón. Ya sabemos que casi ningún medio, mientras se dedicaban a airear las diferencias podemitas, ha mencionado la enorme división de los dos presidentes populares. Ya sabemos que las formas (y los fondos) de la mayoría de los medios españoles son una vergüenza cuando está Podemos por medio y que si nos fijamos en los medios públicos la cosa es de juzgado de guardia, como la entrevista que le hicieron el lunes día 6 por la tarde a Pablo Echenique en la radio del gobierno, (que no es la radio pública). Pero siendo todo esto cierto, no lo es menos el hecho de que para no perjudicar a la formación sería mejor que hubieran evitado, cuando menos, las frases mal sonantes y mal intencionadas que se han dedicado unos a otros. Una cosa es hacer primarias y otra muy distinta es la lucha libre, aunque sea pressing catch.  

En segundo lugar, me parece que Podemos ha perdido porque aumentar la unanimidad ante el líder es menguar la diversidad. Se mire como se mire.

Pero lo más grave de todo lo que ha sucedido es que ha triunfado la visión más perjudicial de Podemos de cara al electorado. Pablo Iglesias ha conseguido convertir el congreso de Vistalegre en un plebiscito a su favor y, es sabido, que la imagen del líder no sale bien parada en las encuestas de valoración de líderes. Como bien dice Maraña, el líder más valorado por la militancia no suele coincidir con el más valorado por los votantes.

Veamos las consecuencias del congreso en lo que se refiere a la estrategia a corto y a medio plazo. La derecha tradicional mantiene un gran porcentaje de apoyos porque la operación “ciudadanos” no ha conseguido mucho éxito de momento, aunque se irá consolidando como la opción de derechas más joven, más adaptada a los nuevos tiempos. En todo caso, la derecha siempre se une porque lo hace por razones pragmáticas. La izquierda tiene fama de materialista, pero la derecha lo es mucho más. Ellos creen más en la lucha de clases que los marxistas más convencidos y no van a dejar de votarles ni por la corrupción ni por nada. Debemos mirar, entonces, qué pasa en la izquierda. Si cerramos todas las puertas a un pacto con la izquierda centrista del P.S.O.E. tendremos que valernos sólo de nuestras fuerzas. ¿Pensamos que vamos a poder copar todo el espacio de la izquierda? En el mejor de los casos, podemos asestarle un gran sorpaso al P.S.O.E., incluso conseguir que una gran parte de los socialistas apoye a Podemos, pero, ¿no quedará siempre un porcentaje de, digamos, un 15% de militantes recalcitrantes que nunca van a apoyar el cambio? Cualquier división en la izquierda es una garantía de que Mariano Rajoy seguirá gobernando hasta que se harte y ponga a un sucesor al frente del P.P., en cuyo caso su sucesor seguirá gobernando porque la izquierda va a seguir dividida, por lo menos hasta que desaparezca por muerte natural toda la generación que ahora tiene cincuenta y cinco años o más. Es decir, hasta dentro de unos treinta años.

Además, la cosa puede ir a peor. Si en las últimas elecciones la izquierda se ha dividido casi en dos mitades, ¿no podría ser que el triunfo de la línea más “pablista” en el congreso haga que el electorado huya de Podemos? Por la izquierda sólo se pueden ganar votos que fueron a la abstención, pero la mayoría del posible nuevo electorado habrá de venir del espacio situado a la derecha de la formación y el resultado del congreso no va a animar a ese posible electorado a cambiar de opinión. Además, el desgaste de los días previos al congreso se va a cobrar su tasa de nuevos disidentes que dejarán de votar a la formación.

Estratégicamente veo difícil el futuro de Podemos, pero hay aún más razones de preocupación si miramos a los objetivos a cumplir a largo plazo. La propia definición del proyecto de Podemos supone establecer una clara distinción entre lo que podríamos llamar la vieja izquierda, representada, en el mejor de los casos, por Alberto Garzón, (que se presenta a sí mismo diciendo: “yo soy comunista”); y la nueva izquierda que, pienso que es el espacio natural de Podemos. ¿Cuál es ese espacio? La vieja izquierda representa a la clase trabajadora, pero solamente a esa clase trabajadora que dispone de un puesto de trabajo y que quiere defender sus intereses frente al empleador que le paga, la misma que apoya a los sindicatos tradicionales. La nueva izquierda apoya igualmente a esos trabajadores, pero es mucho más. Es la izquierda que se preocupa por los derechos civiles de todos, los de las mujeres (el 50% de la población) y la población L.G.T.B.I., los de los inmigrantes, los ciudadanos de los países pobres que viven los efectos más nefastos de la globalización. Es la izquierda que se preocupa por la paz, por el desarme y la negociación para conseguir espacios de consenso y la que se opone a la proliferación de armamentos de todo tipo. Es la de los que entienden que el mayor problema de nuestro tiempo es el medio ambiente, el cambio climático, los peligros nucleares y todo lo que afecta a la salud del planeta que es nuestra salud. Es la de la gente que, cada día en mayor porcentaje, se preocupa por el bienestar de los animales. La izquierda de aquellos que piensan que la lucha de clases no se dirime hoy contra las empresas en sí, sino fundamentalmente contra las grandes corporaciones monopolísticas que dominan el mundo de la economía y también el de la política, las que están en manos del 1% de la población mundial que tiene la mitad de la riqueza del planeta. Los que creen firmemente en la democracia. Los que creen en el progreso y en la educación. Los que creen que si no cambiamos nuestra forma de pensar estamos condenados al abismo. 

Esa es la nueva izquierda que debe de triunfar en España para triunfar después en Europa y en el mundo. La vieja izquierda ya sabemos a lo que ha llegado: a tener una docena de diputados en el congreso y casi nula presencia política en el país.

¿Hacia eso caminamos al son de l’staca de Lluis Llac?