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lunes, 18 de junio de 2012

Edward Hopper en el Thyssen.



 
De forma simplista, podríamos decir para entendernos que los pintores clásicos querían reflejar la realidad como en un espejo. Los pintores modernos, por el contrario, son aquellos que quisieron inventarse una realidad nueva, ya fuera pictórica o simplemente plástica. Es evidente, según esto, que Edward Hopper no era un pintor moderno, que estuviera en la línea de los que querían inventar esa realidad, como una nueva realidad cubista, fauvista, abstracta, etc. Sin embargo, Hopper adopta una postura que es la de aquellos que piensan que el sistema antiguo no está agotado y deciden llevar adelante su obra al margen de las corrientes imperantes. Por eso la obra de Hopper no es reaccionaria. No propone una vuelta atrás hacia la tradición, sino continuar avanzando con una tradición que aún tiene posibilidades expresivas. En realidad, es más moderno de lo que aparenta. Su objetivo no es plasmar una belleza que está en las cosas, haciéndolo de la forma en que la estética clásica proponía que debía reflejarse la realidad. Sus objetivos estéticos son otros. Por eso no compone las imágenes de sus cuadros según esa tradición clásica que se inicia en el Renacimiento. No existe un diseño estético de las formas. Las masas no están equilibradas. Las líneas carecen de un ritmo. No existe un trazo magistral, que es lo último que permanece de la estética clásica en las últimas obras de  Picasso o Matisse. Cuando Hopper se asoma a la ventana no contempla los paisajes dorados al sol del midi francés, como en Monet o Renoir, lo que capta su atención es la extraña escena que aparece en la ventana del edificio de enfrente a través de la que contempla cómo un hombre lee el periódico mientras que una mujer pulsa distraída una tecla del piano. Es la soledad de personas que viven en Nueva York entre millones de congéneres que no conocen y con los que no les une ninguna relación. Es la soledad que refleja esa pareja del cuadro en la que ambos se ignoran, sin mayor dramatismo. Es un expresionismo frío que refleja el siglo XX desde sus personajes más vulgares: trabajadores de una oficina, el empleado de una gasolinera, o paisajes como el de una casa en mitad de la nada por dónde pasa un ferrocarril, cuadro ese en el que lo más representativo es la vía que ocupa la parte inferior del mismo, no la casa, supuestamente hermosa, (realmente vulgar), que aparece detrás. Porque no importa el equilibrio de una composición clásica, del mismo modo que no importa la iluminación de un paisaje, a menudo en sombra, en un cierto contraluz o con una iluminación lateral sin intención estética. Parecen fotos, pero fotos malas, en cuanto que no se ha considerado el ángulo en que se ilumina el paisaje, pues así es como se ven las cosas, como las vemos todos en nuestra vida cotidiana. Las cosas no se nos presentan como en un cuadro de Miguel Ángel. Si los impresionistas trabajaban la luz a “plein soleil”, Hopper nos muestra la luz eléctrica de los fluorescentes en las oficinas. Es por tanto un trabajo realista, pero tan radicalmente realista como el de los barrocos españoles, como el de Velázquez. Hopper es Velázquez en Nueva York y en Massachusetts. Su realismo es tan intenso que es casi sobre-realista (surrealista). Personalmente me recuerda a de Chirico, en lo que se ha dado en llamar (creo que un poco pedantemente) su pintura metafísica, aunque su maestro es el Degas de esos espacios modernos donde figuras dispuestas sin una composición deliberada son iluminadas por la luz eléctrica. Comparte con Degas el gusto por el teatro, al que se suma la danza en el caso del francés y el cine en el del americano.


Yo si pudiera no me perdería la exposición de Hopper en el Museo Thyssen de Madrid.

2 comentarios:

Mari dijo...

La casa, según reportaje de la tv, es la que copia Alfred Hitchcock en la famosa Psicosis.

camaleon dijo...

comentario excelente sobre Hopper. Todavía no he visto la exposición pero cre que me va a gustar.