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viernes, 6 de agosto de 2010

La Playa.



Inmensidad en la que el planeta se manifiesta a nuestros ojos.
Frontera imprecisa entre las tierras emergidas y la mar océano.
Cataclismo en que se convierte el mes de las cosechas, cuando ya todo se agosta y nada queda por hacer.
Días y noches de cielos inmaculados y resplandor en el horizonte, cuando la calma y el ardor conviven las
horas y los instantes.
A cada paso se constata que somos uno y hasta El Uno se ha de retirar del contagio de la rutina.
Aquí quema la arena la piel abrasada que el agua no puede curar.
Vamos, venimos y volvemos a ir y esta oscilación, como las olas marinas, no tiene fin,
eternizada hasta la semana que viene,
para el próximo año volver a empezar.

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