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miércoles, 4 de agosto de 2010

Biblioteca: José Saramago, Caín.

Un amigo mío, (ya desaparecido), decía que en la iglesia, (en las misas), no enseñaban nada malo. Lo decía como una justificación para ir. Debe ser una frase acuñada por el proselitismo de los curas porque después la he vuelto a oír varias veces.

Pues bien, para algunos de nosotros las Sagradas Escrituras no sólo son una literatura mitológica del mundo antiguo que ninguna persona medianamente culta debería tomarse en serio, sino que hay algo más. Recuerdo cuando era niño y leía el Antiguo Testamento, o tal vez cuando me obligaban a leerlo en el colegio, que me producía una doble sensación, por un lado me gustaba esa mitología tan rica en episodios y por otro lado me producía una desazón moral enorme. Esas historias hablaban de un mundo cruel, lleno de asesinatos terribles, violaciones incestuosas, despiadados poderosos y viles criminales, a menudo exaltados cómo héroes porque sus actos indecentes eran realizados para mayor gloria de Dios. Pero no quedaba ahí la cosa, el más despiadado poderoso, la mente más retorcida de todas, el más indecente, era el Dios de Israel, quien por cierto era un Dios tan injusto que tomaba partido por un pueblo en detrimento de los demás. Toda la cultura subyacente a esas lecturas era, para una mentalidad moderna e inocente como la de un joven del siglo XX, algo muy malo. Mi amigo no tenía razón, en la Iglesia enseñaban cosas malas, especialmente cuando sacaban a relucir el Antiguo Testamento, la Biblia de los judíos que, por no sé qué extraña razón, la Iglesia Católica había asumido como propia y cuyos textos formaban parte de los textos canónicos del catolicismo.

El espíritu profundamente moral de José Saramago debió de pensar lo mismo que este humilde servidor y escribió en su última novela un alegato contra ese Dios judeocristiano que estaba investido de tanta “mala leche”.

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