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lunes, 15 de febrero de 2010

Ambigüedad crimiinal.

Las leyes sirven para hacer justicia. Una perogrullada que, sin embargo, en nuestra cultura mediterránea nos negamos a aceptar. Es cierto que no siempre las leyes son justas. A menudo se dictan leyes que son injustas, pero aún en países que no están bajo el imperio del Estado de Derecho, habrá más leyes justas que injustas. Se podría decir que en un Estado de Derecho todas las leyes lo son, porque han sido aprobadas democráticamente, bien por el pueblo, o lo que es más común, por sus representantes. (Ya sabemos que esto es una limitación, frente a la democracia directa, pero en sociedades complejas y numerosas la democracia directa plantea algunos problemas para su aplicación).
Si aceptamos lo anterior habrá que aceptar que el incumplir leyes crea injusticias. Por ejemplo, por qué tengo que aceptar que me mate un coche, (o a alguien de mi familia o a un amigo mío), sólo porque un determinado ciudadano ha decidido que respetar las señales de dirección prohibida no son una obligación para él aduciendo el motivo que sea.
No sé por qué razones las culturas mediterráneas son más ambiguas a la hora de cumplir las normas, las leyes o simplemente cualquier acuerdo. En España quedar con una persona a las tres, supone un abanico de posibilidades que va desde las tres hasta las tres y media, con lo cual cada vez que quedas con alguien sabes que vas a perder, (estadísticamente), una media de un cuarto de hora esperando, que podrá ser más o menos según la puntualidad del esperado. En nuestra cultura hacer esperar es posicionarse por encima de ti, es como decirte: yo estoy más ocupado que tú, (soy una persona más importante por tanto), que estás ahí esperándome como un pasmarote sin hacer nada. En España recriminarle al moroso su tardanza es un defecto muy grande y no se debe de hacer: es una falta contra la norma que prescribe la desobediencia a las normas y que está penada con un desprecio enorme, (en este caso sí), hacia el infractor.
Por otro lado está la costumbre nacional de hacer favores. En España los favores no se hacen con el dinero de uno, el esfuerzo de uno o el sacrificio de quien hace el favor, sino con el dinero de los otros, su esfuerzo o su sacrificio. Un amigo mío elogiaba a un politiquillo local porque “era muy amigo de hacer favores”. Eso en otros países se llama prevaricación e incluso corrupción, aquí se llama “hacer favores” es una virtud, no es ningún vicio.
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Con esa base cultural funciona todo el país incluyendo la Administración de Justicia. Quiero decir que los funcionarios que trabajan ahí no son vocacionales, no están en Justicia porque tengan un elevado concepto de la misma sino porque han aprobado una oposición y se ganan así la vida. Yo he conocido un Secretario de Juzgado que decía que a él ningún ministro le iba a hacer trabajar con un ordenador. Debe de haber muchos así porque en España la Administración de Justicia es una cosa de legajos enormes cogidos con cuerdas de esparto o cintas de tela, donde la única tecnología que está admitida es la de la fotocopiadora. Bueno, no solo está admitida sino que además se usa indiscriminadamente, por varias razones: es un trabajo fácil, no requiere pensar y, además, lo hace un subalterno, “fotocópieme usted la declaración del testigo y me hace cuatro copias”.
Los políticos, cuya misión es crear las normas y aplicarlas en nuestro nombre, tampoco sienten un especial aprecio por la Justicia, lo cual es una paradoja porque viven de ello: es lo que les da de comer y paga la universidad americana de su hijo. Como el resto de los ciudadanos, aprecian la justicia si les da la razón y la desprecian sin ningún tipo de pudor si les causa algún perjuicio.
En medio de todo esto hay personas que trabajan en la administración judicial y, en parte por convencimiento, y en parte por ambición personal, creen en la justicia y están dispuestos a aplicarla sin ambigüedad, como se suele decir, caiga quien caiga.
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Toda esta larga introducción habrá causado ya sin lugar a dudas que si alguien había decidido leer esta entradas del blog, eligiéndolo en medio de la enorme maraña de posibilidades existente en la red, lo haya abandonado asqueado de tanta divagación, de tanta digresión, así que a partir de aquí hablo para mis adentros, o por mejor decir, escribo para mis adentros.
He leído este fin de semana varias noticias referentes a la Justicia que me ha creado una gran inquietud. Vayamos por partes.
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La primera de ellas se refiere a un hombre de Gijón que va a salir de la cárcel próximamente después de cumplir su condena sin que la Justicia hubiera reconocido que había cometido un error con él, a pesar de que así se demostró. El hombre, que había sido drogadicto pero que se había sometido a curas de desintoxicación hasta quedar “limpio”, fue condenado por robo a mano armada en un juicio donde la razón principal de su condena fue que unos testigos dijeron en una ronda de reconocimiento que él era el asaltante. Ingresado en la prisión, la policía vio con estupor que los robos se seguían cometiendo y que la forma de actuar del ladrón era la misma que habían seguido en los robos imputados al hombre ahora preso. Finalmente consiguieron detener al verdadero culpable y los mismos testigos que había imputado al prisionero dijeron ahora que, en efecto, el culpable era éste. Se puso entonces de manifiesto que se había cometido una gran injusticia con el pobre hombre que estaba encerrado desde hacía ya algún tiempo. Pero que no se crea nadie que esto ocasionara un gran trauma en la administración de justicia, que los jueces se tiraran de los pelos y que los funcionarios corrieran a reparar el daño ocasionado. No, los funcionarios siguieron encargando fotocopias a los subalternos, los Secretarios del Juzgado siguieron llevando sus expedientes sin ordenadores, (tal vez envolviendo los bocadillos de chorizo en papel de periódico que es una costumbre muy anterior a la difusión de la informática), y los jueces no sé qué hicieron porque nadie sabe lo que hacen los jueces que tienen una torre de marfil a la que no llegan las olas del mar proceloso ni los gritos desesperados de los condenados inocentes. Dice el periódico que incluso los funcionarios de prisiones creyeron en la inocencia de este preso e intentaron solucionar el error pero en el Juzgado que condenó al nuevo reo nadie se acordó de comunicar al otro juzgado la inocencia del que estaba preso y así siguió hasta cumplir su condena sin que se pudiera hacer nada.
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La siguiente noticia viene a echar sal en la yaga que nos dejó en el alma la anterior.
Resulta que Luis Roldán, el que fuera director de la Guardia Civil, aquel que se llevó una fortuna de los dineros que el estado destinaba a la benemérita institución, va a salir de la cárcel sin haber devuelto más de un 5% del dinero que robó. Claro, los funcionarios de justicia, cansados de hacer fotocopias, los Secretarios del Juzgado y todos los profesionales del ramo, más versados en el Derecho Romano que el uso de ficheros informáticos, aliados con la desidia general se han enfrentado a la enorme ambición de un hombre que, disponiendo de dinero y usándolo con profesionales preparados, (y bien informatizados), ha sabido crear una red compleja con paraísos fiscales y demás privilegios que la gente de dinero ha creado para engañarnos a los que no lo tenemos, hasta el punto de que, dice el periódico, que el susodicho, (que como sabemos no tiene un pelo de tonto), va a pasar a disfrutar próximamente de su fortuna en un inmerecido retiro en la Isla Reunión, que está allá en El Pacífico, en los mares del sur.
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Dejo para el final la tercera de las dolorosas noticias judiciales que nos han asaltado en la prensa en este fin de semana carnavalesco en el que parece como si la razón hubiera quedado sepultada bajo el peso de tanto vicio e irracionalidad.
Dice el escritor Juan Gelman, premio Cervantes 2007, que en América Latina y en el resto del mundo no se entiende lo que pasa con el Juez Garzón.
Se lo vamos a explicar.
Resulta que el juez se ganó el aprecio de todo el país cuando se puso al frente de la operación Nécora y llevó a prisión a la mayoría de los principales narcotraficantes gallegos. Esto creó malestar en los jueces que, hasta entonces, habían llevado la operación y se habían limitado a hacer fotocopias en sus juzgados, quiero decir que las habían ordenado a sus subalternos mientras los secretarios del juzgado desenvolvían sus bocadillos de chorizo del papel de periódico utilizado para tal fin.
Luego, entró sin miedo y con determinación a perseguir y a juzgar a los terroristas de ETA, ganándose el respeto del país y la aversión de los etarras, sus bases políticas y la de los estúpidos nacionalistas que pensaban que ETA, aunque no compartieran sus métodos, eran de los suyos.
Después persiguió a la parte contraria, a los genios que a través del GAL, crearon una red terrorista para acabar con el terrorismo. Aquí pillaron a muchos políticos socialistas y llegó a meter en la cárcel al ministro del interior Barrionuevo. A partir de ahí se ganó el aprecio de la oposición pero los socialistas no le perdonaron nunca, porque aunque Felipe González, que siempre fue un zorro viejo, quiso llevárselo a su redil, el juez no lo consintió y desertó de seguir con ellos si no se atajaba el contraterrorismo ilegal.
A estas alturas casi todos los jueces, sobre todos aquellos que desde sus torres de marfil se limitaban a dar largas a los procesos, estaban indignados con los éxitos de su colega y buscaban la forma de acabar con él.
La puntilla llegó cuando Garzón, ni corto ni perezoso, tomó las riendas de las acusaciones de corrupción que se habían descubierto en el P.P. Toda la amplia maquinaria propagandística de la derecha que había elogiado los éxitos del juez en su lucha contra el narcotráfico, el terrorismo y la corrupción socialista puso el grito en el cielo y dijo que había que acabar con el altivo funcionario. Para entonces casi todo el país estaba en contra del juez, por una razón o por otra, pero fundamentalmente porque en este país tenemos dos vicios que destacan por encima de los demás:
- Somos fundamentalmente envidiosos.
- Detestamos el trabajo, a las personas trabajadoras y más aún si son funcionarios.
La ejemplar transición española dejó sin resolver una serie de problemas que no quiso enfrentar por no complicar aún más las cosas. El acuerdo al que llegaron los políticos, al margen de lo que pensaba la sociedad, era que el pasado franquista debía quedar olvidado e impune. La verdad es que en un país donde la mitad de la población era franquista era muy difícil pasar a una democracia sin que hubiera habido una guerra o algún desastre similar. El caso es que la impunidad quedó garantizada.
Ahora vivimos algo sorprendente. El juez Garzón intentó inculpar al franquismo por sus crímenes fascistas, promoviendo investigar las desapariciones producidas durante ese régimen asesino de la misma forma que lo intentó con los criminales de América Latina, estando a punto de condenar a Pinochet, que si no llega a gozar del abrazo británico, hubiera sido castigado. Pues bien, una extraña organización fascista oculta como sindicato de funcionarios, demanda al juez y la Justicia española le abre un proceso. Ahora aparece, nada menos que, Falange Española y de las J.O.N.S. y la justicia no puede evitar que participe de la acusación. Mientras tanto la derecha española no deja de jalear a la Administración de Justicia para que se investigue un supuesto uso irregular de fondos por parte de Garzón. Resulta que ahora el acusado es el juez y los falangistas los acusadores.
¿Qué va a salir de todo esto?. ¿Acaso llevamos camino de convertirnos en un país avanzado en el que los ciudadanos se ven arropados por su Justicia y dedican sus fuerzas a sobreponerse a sus problemas con el trabajo y la inteligencia? ¿Se puede tener fe en el futuro?
Personalmente he aprendido un poquito de portugués, que Portugal me queda muy cerca, y me he apuntado en la Escuela Oficial de Idiomas y estoy estudiando alemán.
Lo hago por si hay que salir corriendo.

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