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lunes, 21 de enero de 2013

Santiago Sierra



Este tiempo atrás, tuve la suerte de estudiar una asignatura con Yayo Aznar. Pese a tener un apellido tan poco sugestivo, es una excelente profesora de la UNED con la que estudié una asignatura que se llama “Últimas tendencias del arte” (Yayo es un nombre femenino aunque termine en “o”, Sagrario).  Curiosamente, esta asignatura se da en primer curso, mientras que las referentes a estética, se estudian en cursos posteriores. Creo que lo que Yayo pretende es que nos enfrentemos a las obras modernas, o mejor dicho postmodernas, con una mirada lo más limpia posible de prejuicios ya elaborados.

Tengo la suerte de compartir con mi familia más próxima y mis amigos un cierto interés por las artes y también por las artes plásticas, de modo que a menudo asistimos juntos a exposiciones cuando viajo a Madrid, cosa que suelo hacer con cierta frecuencia. En cuestiones artísticas hace mucho tiempo que me planteo que el arte vivo es el que se hace ahora mismo. Uno puede ser muy aficionado a la polifonía francesa del siglo XIV, con lo cual tendrá muchas oportunidades de disfrutar de una música maravillosa, pero su carácter histórico la convierte, por definición, en una pieza de museo, una muestra de tiempos que no volverán. De manera que siempre he pensado que, si es el arte lo que nos interesa, estamos obligados a tratar de entender el arte que se hace ahora mismo, aunque a veces visitemos los museos. Llevado por esta premisa y bajo el influjo de la buena dirección de Yayo, mi profesora, visité algunas exposiciones con la intención de compartirlas con mi círculo próximo de amigos y familia, comprobando que no les gustaba nada los montajes (instalaciones) ni demás manifestaciones artísticas de la última vanguardia, estos creadores actuales empeñados en que no se les llame artistas, a los que la gente responde indignada: esto no es arte. Claro.  ¿Qué significado tiene esto? ¿Por qué le llaman arte a una cosa tan fea? 
No me refiero a esa apreciación sobre lo snob a que se refiere Muñoz Molina en la última entrada (cuando escribo esto) de su blog: qué importante, en la percepción de las artes, no mentirse a uno mismo, no empeñarse en creer que nos gusta algo  -ni siquiera fingirlo ante otros- tan sólo porque nos hemos convencido de que si nos gusta es que somos más inteligentes, o más cultivados, o más modernos. No se trata de eso, se trata de una voluntad sincera, inocente y nada interesada en entender. 

Entre estos artistas hay uno que es español aunque ha trabajado en Alemania y después en México. Se trata de Santiago Sierra, (Madrid, 1966), licenciado en Bellas Artes por la Universidad Complutense. En la Wikipedia se afirma de él: “El arte de Sierra, cargado de reivindicaciones sociales y políticas desde sus comienzos, intenta visibilizar la perversidad de las tramas de poder que fomentan la alienación y explotación de los trabajadores, la injusticia de las relaciones laborales, el desigual reparto de la riqueza que produce el sistema capitalista y las discriminaciones por motivos raciales en un mundo surcado por flujos migratorios unidireccionales (sur-norte)”. Y algo más adelante añade un comentario de Pablo España:   "presenta los mecanismos de dominación de forma muy cruda, pero hay otras cosas a tener en cuenta como la frustración y la decepción de la promesa del placer estético". Un ejemplo de esto es su obra la trampa. En el comentario al vídeo que adjuntamos se dice: “fue realizada para ser contemplada en exclusiva por personalidades ligadas, de una forma u otra, al mundo de la cultura, los cuales fueron llamados de uno en uno a internarse en un largo pasillo de madera. En un punto del camino el invitado se veía en medio de un teatro con 186 trabajadores peruanos mirándolo sin decir una palabra. No pudiendo salir en ese punto, debían volver sobre sus pasos, pero el pasillo ya no conducía al punto de partida sino a la calle donde un vigilante le devolvía las llaves de su automóvil y le agradecía su presencia".


Hace mucho tiempo que no acudo acompañado a estas exposiciones, (instalaciones, performances, etc.). Suelo visitar el Centro de Arte Reina Sofía pero sin invitar a nadie a que me acompañe, porque sé que si lo hicieran vendrían por no dejarme solo, pero no por gusto. La sorpresa ha surgido esta semana con la difusión de una performace de Santiago Sierra que ha salido en los noticiarios de las televisiones y que todo el mundo ha podido ver. Pero lo que más me ha sorprendido es que, ahora sí, todo el mundo lo ha entendido, ha captado el mensaje y le ha parecido de perlas que este autor de vanguardia sacara al Jefe del Estado y a todos los Jefes de Gobierno de la democracia montados en unos carteles negros, como los que se usaban en los cines de la Gran Vía, boca abajo y subidos sobre unos “Mercedes” negros con aspecto de coche oficial que circulaban por esa Gran Vía lentamente una mañana de agosto. Todo el mundo ha entendido que esta acción nos muestra a los máximos responsables de la crisis económica en este país y lo hace exponiéndolos al público como se hacía en la Edad Media, humillando a los condenados recorriendo las calles de la ciudad sobre un caballo para vergüenza y escarnio de todos.



¿Por qué ahora sí se ha entendido tan bien y antes no?

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