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jueves, 20 de diciembre de 2012

Relato breve: El carrito de dos ruedas.



Amanecía. Lo supo porque empezaba a entrar la luz por las rendijas de las tablas que tapaban las ventanas de la casa de la Calle Desolados donde había asentado sus reales desde hacía dos semanas. Durante un tiempo estuvo viendo la casa cada día, pero le daba un cierto reparo tener que romper el candado que impedía la entrada. Además, pensó que una vez roto se le podría colar cualquiera, de modo que tenía que resolver esas cosas antes de hacerlo, que luego ya no tendrían remedio. Un día, en sus merodeos por todo el barrio antiguo, encontró un arcón en la basura que llevaba un pequeño candado con su llavecita puesta. Se dijo que eso era suficiente, de manera que esa misma noche rompió el candado de la casa y colocó el nuevo, al menos hasta que encontrara otro más fuerte. Luego se hizo de un colchón de esos que la gente deja en la basura, pues le habían dicho que los jueves pasaba el camión del ayuntamiento que recogía muebles y enseres y ese día se encontraban muchas cosas para la casa junto a los contenedores. En el comedor de caridad dónde iba cuando no tenía nada que llevarse a la boca le habían dado una manta y un saco de dormir para  emergencias. Él no iba mucho por ahí porque le gustaba la libertad de los solitarios. No quería dar las gracias a las monjitas ni escuchar sus consejos que lo único que pretendían era su reinserción social. Pero él lo que quería era vagar libre con su perro Blas sin que nadie le molestara con sus peroratas. Tampoco a él le gustaba molestar. Te pedía una moneda para un café o para un vaso de vino, (que él no engañaba a nadie), y si se lo querías dar te lo agradecía y si no te dejaba en paz. Así era él.
Le gustaba recorrer la ciudad con su carrito de dos ruedas, que era su posesión más preciada, porque allí iba echando las cosas que se encontraba por la calle. Y todos los días tenía alguna agradable sorpresa. Un día se encontraba una pequeña mesilla que le venía muy bien para guardar sus cuatro cosas en la casa de la Calle Desolados y otro día se encontraba un radio transistor que funcionaba y al que lo único que le faltaba, seguro, era un par de pilas corrientes. Aquel día se puso un poco pesado, en contra de sus principios, para que Miguel, el de la ferretería de la calle San Onofre, le diera un par de pilas nuevas o poco usadas. Tan insufrible se puso que, finalmente consiguió una cajita de cuatro pilas a estrenar que Miguel le dio con un insulto feo. Guardó la cajita en la mesilla y puso dos de ellas al transistor que, de inmediato, empezó a sonar con una alegre canción. Con unos alambres que había ido recogiendo aquí y allá, ató la radio al carrito y desde entonces recorría la ciudad armando un ruido que delataba su presencia en cuento se le oía.
Pero su deambular no era aleatorio. Tenía sus claves, ciertos lugares a ciertas horas dónde sabía que se podía encontrar, por ejemplo, a esa señora mayor que le echaba de comer a los gatos y que siempre la daba una moneda de cobre, eran lo que él llamaba sus estaciones. Estas también incluían la salida de los restaurantes porque sabía que la gente cuando ha comido bien le da pena ver a un desarrapado con un carrito que lleva una radio sonando y un perro atado con una cuerda, o la salida de misa y de los cines.
La noche era complicada. Ambivalente. Podía pasar que se encontrara a un grupo de jóvenes que venían contentos de un concierto en el Café Ateneo y a quienes le cayera simpático el correteo de Blas, como aquel que le sorprendió un día con una moneda de dos euros; y que al día siguiente un borracho inmisericorde quisiera meterle miedo con sus gritos y una navaja que brillaba a la luz de las farolas de la calle Desolados. Pero a él no era fácil asustarle, que había sido legionario y como él decía, “A un legía no le achanta un cualquiera, que hay que tenerlos bien puestos para meterme miedo a mí”. Ni siquiera los gitanos, que actúan en grupos, unidos como una piña, como hacían los legionarios cuando paseaba por las calles de Ceuta. Allí bastaba que alguien se metiera con él para que en un momento se presentara en el lugar media bandera de la Legión, que eran como una sola persona. No le gustaba salir de las estrechas calles del barrio viejo porque un día que salió hacia el camino del río le salieron varios perros que querían meterse con Blas. En el barrio viejo él se sentía como en su casa y pensaba que a Blas le pasaba lo mismo. Sólo los domingos por la mañana le gustaba alejarse un poco en busca de los parques que había en los barrios nuevos. Los domingos por la mañana había muchos niños y los niños le gustaban mucho porque solían tenerle mucho aprecio a Blas, aunque enseguida salían sus padres a decirles que se alejaran del perro, como si Blas estuviera lleno de garrapatas, ¡Vamos! que ni pulgas tenía, porque él se las quitaba de vez en cuando. Los guardias de la policía local le daban miedo. Con esos no quería tener nada porque en una ocasión en que le pidieron la documentación y él se negó a dársela, le sacudieron con la porra hasta hacerle daño. Si los veía venir por una calle, tomaba la primera bocacalle que encontraba y los rehuía. Pero quien más miedo le daba eran esos señoritos bien trajeados que andaban siempre de un lado para otro. Entraban y salían de los bancos, de las oficinas de los notarios y, muy frecuentemente, de los juzgados de la plaza de Las Abadías. En realidad, no eran más que unos simples agentes comerciales, que andaban detrás de sus negocios, tratando de venderle la luna a cualquiera que se dejara engañar. Veía en su actitud y en sus gestos nerviosos su ambición desmedida, su falta de escrúpulos, su despiadada forma de perseguir el dinero como los galgos persiguen las liebres, corriendo siempre detrás de un beneficio lo más exorbitante posible. Cuando alguna vez le dejaban caer una moneda en la mano, él pensaba: A quien habrán estafado estos sinvergüenzas esta vez. Sus trajes oscuros, sus corbatas de brillantes colores, sus camisas impecables y sus zapatos relucientes le daban un poco de dentera. Aunque se saludaran como amigos con el Alcalde, el Presidente de la Audiencia Provincial y el Delegado del Gobierno, aunque salieran de copas con Don Hilario, el farmacéutico de la Plaza de España, con don Julián Gomez Recalde, abogado de mucho prestigio local y con doña Leonor Bustamente, la dueña del Café Ateneo, o quizás, precisamente sólo por eso, les tenía pánico.
Aquella tarde de marzo, la gente salía del partido que había jugado el equipo de fútbol de la ciudad contra su eterno rival, partido que se había saldado con una aplastante victoria local, según se traslucía de los frecuentes arranques de júbilo del público, que había vitoreado a su equipo cada vez que un delantero local machacaba la portería enemiga con el balón. Pensaba que ese entusiasmo vendría bien para incitarles a que se aflojaran  alguna moneda, dado su eufórico estado de ánimo, pero la gente le ignoró. Se miraban sonrientes unos a otros haciendo memoria de las mejores jugadas, comentaban lo bien que habían estado éste y aquél jugadores locales, pero a él no le veían. 
Se sentó en una terraza que había de camino y que vio abandonada. Si viene el camarero, me levanto y me voy. Pensó. Pero no fue el camarero quien vino sino un grupo de cuatro de los señoritos trajeados más conocidos de la ciudad. Bueno, tres en realidad, porque el cuarto no lo había visto nunca. Se sentaron a su lado y llamaron al camarero de manera ruidosa. Uno de ellos le pidió que se sentara en la mesa con ellos. A lo que él se negó, pero cuando vino el camarero pidió cuatro cervezas para ellos, “y una para el señor de aquella mesa”. No quería beber. Ya había tenido bastantes problemas con la bebida y no quería volver a empezar, pero cuando le trajeron la caña fresquita en una hermosa copa redonda y un platito de aceitunas no supo negarse.
Abrió los ojos y era de noche. Vio a Blas que le tiraba de la ropa para que se levantara del suelo. Estaba temblando de frío. Se irguió con mucha dificultad y tomó el carro con las dos manos para empezar a andar pero la cabeza le daba vueltas. Tuvo que apoyarse en el montón de sillas atadas que habían estado colocadas por toda la terraza del bar. Blas seguía insistiéndole en que se fueran a casa, ahora tirándole de la bajera de los pantalones. Finalmente accedió a volver a intentarlo y ahora sí pudo poner en marcha el carrito donde iba Blas atado. Se movía despacio, arrastrando los pies,  de manera que casi tardaron media hora en llegar a la calle Desolados, pero al final consiguió meter el carro en casa, soltar a Blas y caerse en la cama como desmayado.
Habían pasado varios meses de aquello cuando una noche llamaron a la puerta de su casa. Abrió y allí estaban: dos parejas de policías locales que actuaron rápidamente para bloquear la puerta evitando que pudiera cerrarla. Entraron con rapidez, sin ningún miramiento.
- Esta es mi casa y esto es una invasión de la intimidad. Dijo sin amilanarse.
- Mira el okupa este, se creerá un fiscal de la audiencia. ¿Vas a llamar a tu abogado?
Blas ladraba al ver que a su amo le ponían unas esposas y le empujaban hacia la puerta.
- Si no haces callar a tu perro le pegamos un tiro y listo.
Sacó al perro y lo hizo salir de la casa. Cuando llegaron a la jefatura de la policía local, estaba allí el Jefe esperándoles. Les dijo, Soltadlo, y dirigiéndose al detenido empezó a informarle de la situación:
- Te hemos detenido porque hay una orden de búsqueda y captura contra ti. Tenemos que entregarte a la policía judicial mañana, pero esta noche dormirás aquí. Ellos te comunicarán qué es de lo que te acusan, pero, de entrada, te adelanto que se trata de un tema de una reclamación del banco. Te reclaman 30.000 euros como fiador de alguien que tiene un piso del que no ha pagado la hipoteca. Quédate tranquilo y mañana te llevaremos ante el juez. No tengas miedo que aquí te vamos a tratar a cuerpo de rey, no te faltará de nada. Lo primero que te vamos a dar es una cena calentita, así que, pórtate bien y todo irá de perlas. Mañana se verá en qué turbios negocios te has metido.
Se quedó desolado porque de golpe vio todo lo que había sucedido. Aquellos señoritos trajeados… ¿Qué papeles me harían firmar después de emborracharme?
Maldijo su suerte, él, que lo único que quería era vivir tranquilo, sin preocuparse de nadie y sin que nadie se preocupara por él.
Transcribimos aquí parte del informe policial que el comisario jefe de la policía local redactó al día siguiente:
El acusado ingresó en esta comisaría de la policía local a las 11 horas del día de ayer. Le fueron leídos sus derechos y a continuación pasó al calabazo, donde se le acomodó debidamente con ropa de cama, mantas y una estufa eléctrica de tipo radiador que quedó encendida para acondicionar el local térmicamente. Como quiera que el detenido afirmó no haber cenado, se encargó una cena completa a la empresa que tiene contratados estos servicios. A las 11:30 el guardia encargado de su custodia abrió el calabozo con objeto de permitir el acceso del servicio de hostelería. Al entrar en la habitación se encontró con el detenido tendido en el suelo. Al acercarse comprobó que el susodicho había sufrido un paro cardiaco y que tenía atado al cuello un cable eléctrico. Se dio aviso a los servicios de emergencias, que nada pudieron hacer, salvo certificar su muerte. Personado el jefe de guardia, Sargento Ruiz Costanilla, comprobó que el detenido había extraído los cables, después de desmontar una toma de corriente y un cajetín de empalmes del sistema eléctrico existente en esa habitación. Que a continuación había quitado dos piezas del falso techo desmontable y que había accedido a uno de los enganches del mismo subiéndose a la silla que había colocado sobre la mesa, piezas ambas que forman parte del mobiliario habitual de la pieza. De uno de los enganches había colgado el cable que, posteriormente se ató al cuello. Posiblemente usando la silla y saltando al vacío había conseguido morir por estrangulamiento, según testificaron los servicios de emergencias a la espera de la correspondiente autopsia que se ha de realizar…

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