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jueves, 5 de febrero de 2009

Gíglico


Estoy empeñado en mejorar mi vida sexual. Me he puestoAñadir imagen manos a la obra y estoy estudiando a los clásicos al objeto de llegar a un nivel de conocimiento (mejor dicho de sabiduría) que suponga una nueva fase en mi vida. Pero claro, quiero huir de la vulgaridad, quiero algo que sea realmente profundo y he empezado por aprender el gíglico. El gíglico es un lenguaje críptico creado por Julio Cortázar, de quien se cumplen ahora 25 años de su triste desaparición.
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El tema tiene cierta complejidad, está claro, pero merece la pena estudiarlo.
No quiero que mis amigos lectores se queden sin el beneficio de tan alta magistratura e incluyo unos párrafos de Rayuela en gíglico:

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Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.

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Julio Cortázar, Rayuela, capítulo 68.

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