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martes, 15 de abril de 2014

Paisanos de rojo pasado: Alfonso Rojo.

Me acuerdo de ellos. Hace muchos años, cuando yo aún era un estudiante, (por cierto como ahora, ¡qué poco he progresado!), allá por los años setenta eran una auténtica plaga. Te cogían en cualquier sitio y te machacaban con el libro rojo de Mao. La tecnología actual me permite citarlo en chino, ahí va:  红宝书, 紅寶書,(Es un gustazo). Aprovechaban cualquier ocasión que se presentase y te daban la brasa. Por ejemplo, coincidías en el autobús con un vecino que se había caído del caballo y había descubierto las maravillas del maoísmo y, como no te podías tirar por la ventana, te soltaba el rollo de las transformaciones que se estaban produciendo en el gran país comunista, hasta que en la primera parada te bajabas mientras le decías: “Adios, que he quedado aquí con mi novia”. Esas transformaciones consistían en cosas como que si un chino conservaba algún resto de pensamiento religioso lo cogían y lo metían en un manicomio para reeducarlo. O si cultivaba melones y, en lugar de llevarlos a la cooperativa, se comía uno, pues lo colgaban en la plaza del pueblo para instruir a la población que aún conservase restos burgueses. Era un sistema magnífico: mataban a la gente por escuchar ópera, por ejemplo. Pero ¿quiénes eran esos maoístas europeos? Pues unos eran estudiantes que hacía pocas semanas habían abandonado el seminario diocesano, otros acababan de ser abandonados por su novia, pero todos, en cualquier caso, habían recibido por entonces la iluminación salvífica del Libro Rojo de Mao. En aquellos tiempos, a mis amigos y a mí nos gustaba ir a la sierra a pasar los fines de semana subiendo y bajando montañas. Un maoísta de nuestro barrio, militante de la O.R.T., dispuesto a solucionar la ignorancia que de esa doctrina padecíamos, optó por venirse con nosotros a una de nuestras salidas montañeras. Subiendo un pico en El Guadarrama por poco le da un infarto: sufrió un desmayo que nos dejó helados pensando que se nos moría. Todo por la causa.

Uno de aquellos rojos era, como su propio nombre indica, Alfonso Rojo, actualmente convertido a la verdadera fe. Se ha vuelto a caer del caballo y ahora ha tenido una revelación en la doctrina de las FAES. Es un ultra liberal que no duerme acosando a los antisistema, a los malditos izquierdistas, a los pobres y demás gentuza que enturbia este brillante país que asombra al mundo entero con una recuperación económica que es la envidia de toda Europa.


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