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miércoles, 2 de abril de 2014

El pensamiento que nos destruye.



Hoy se pregunta Antonio MuñozMolina (y las muchas personas que le siguen y comentan su blog) cómo es posible que no hagamos nada toda vez que sabemos que la destrucción del planeta es inapelable y que no hay razones para negar el cambio climático y la destrucción o degradación de nuestros ecosistemas. En los comentarios que hacen los lectores al artículo se preguntan si siempre hemos seguido un camino equivocado o, en caso contrario, en qué momentos se torció ese camino. Es una pregunta que nos hacemos muchos y existen algunas respuestas, algunas parecen muy razonables.

La profesora de Historia de la Filosofía Antigua de la UNED, Teresa Oñate, establece el punto de inflexión en un momento determinado del pensar humano. Tras los primeros filósofos, los llamados presocráticos, (Vorsocratiker, según Diels), se va imponiendo una forma de comprender el mundo que trata de alejarse de las visiones míticas. El mito es una narración literaria que pretende explicar las cosas mediante procesos, normalmente procesos que tienen dos características: se refieren a actos humanos, cotidianos, que todos conocemos, pero que están realizados por seres con poderes o cualidades extraordinarios. Todas las narraciones míticas tienen esas características: explicar lo inexplicable a partir de cosas que todos entendemos, para lo cual no queda más remedio que hacer intervenir a personajes antropomorfos (con forma humana o parecida), pero con esos poderes. Dejar de pensar en forma mítica y empezar a hacerlo racionalmente no es algo que se produzca de golpe, no existe lo que se ha llamado el paso “del mito al logos”, lo que existe es una evolución que adopta diferentes modelos según las épocas y según las personas implicadas.

La profesora Oñate señala a los pitagóricos como los autores de la “desviación” desde la filosofía hacia formas de pensamiento mitológico, en su caso con base en los mitos órficos, que tienen una gran influencia en la Grecia clásica. Esta desviación hacia procesos mentales que se habían desechado por los filósofos les lleva a sostener el dualismo, (la existencia separada de cuerpo y alma), y a partir de aquí a plantear la salvación de las almas, para lo cual se precisarían dos cosas: obedecer a los iniciados que tienen los conocimientos necesarios para ello, (los propios pitagóricos en ese momento) y seguir una serie de normas supuestamente “higiénicas” del alma, entre las que se incluirían algunas como la de no comer carne, (podría ser la de un pariente cuya alma se ha reencarnado en un animal), pero además, no se sabe por qué extraña razón, los pitagóricos prohibían consumir habas, laurel o vino. Creían en la existencia de un único Dios de forma más o menos humana. Esta falta de racionalidad que se aprecia ya en los seguidores de Pitágoras es parcialmente asumida por Platón y éste, (junto con Sócrates), está en la base de una moral y una forma de entender el mundo que luego se ha transmitido a través del cristianismo, con algunas modificaciones, aunque muy próxima en lo sustancial.

Pero más allá de lo anecdótico, más allá de la equivocada interpretación de la realidad que se produce siguiendo estos vericuetos del pensamiento, existe una base en la que la profesora Oñate, encuentra la raíz del problema: la no asunción del límite. No se puede pensar el mundo si no se asumen los límites que incumben al ser humano (y al mundo) y el primero y principal de todos ellos es el de la muerte. Todas estas historias que nos contamos los humanos tienen por objeto ocultar la realidad primordial de nuestra existencia: que somos mortales. Para Oñate, si no aceptamos este hecho incuestionable no podemos hacer filosofía. Aristóteles no se dejó llevar nunca por estas ideas, pero la Historia escrita por los autores cristianos ha querido unirlo al carro de Platón para hacerle copartícipe de sus errores.   

En resumen, tenemos unos primeros filósofos (presocráticos) que separan el pensamiento racional (logos) de las narraciones intencionales (mitos). Tenemos una corriente de supuestos filósofos que se aparta posteriormente de este principio racionalizador: los pitagóricos, que influyen en Platón y posteriormente en el neoplatonismo. Tenemos un pensamiento cristiano que, con estas bases, se extiende por todo el mundo, pensamiento que coincide en lo esencial con el de los judíos y los musulmanes. Y tenemos un filósofo que se mantiene firme en el pensamiento racional de los presocráticos y critica los errores del pitagorismo, pitagorismo que ha caído en el pensamiento mítico y ha negado la existencia del límite, este filósofo es Aristóteles. De manera que para Oñate, cualquier pensamiento liberador que podamos plantear en el presente pasa por retomar la figura de Aristóteles y el pensamiento presocrático, pero de una manera hermenéutica: volviendo a leer a los griegos; al objeto de superar los errores que acarrean las historias mitológicas, es decir : los que discuten sin fin y sin dejarse legislar por las leyes-límites de la phýsis y el lógos que no saben encontrar (Aristóteles, Metafísica IV-2, 1004b 17-25).

A partir de aquí podemos preguntarnos si existe un pensamiento mítico en nuestros días. En primer lugar hay que contestar que una gran parte de la gente sigue doctrinas cristianas (o hebraicas o musulmanas), que implican la no aceptación de la muerte y la creencia en que el alma, separada del cuerpo mortal, podrá alcanzar la inmortalidad si se siguen los preceptos, es decir si se le obedece a los sacerdotes de cualquiera de estas tres religiones que hablan de un Dios con forma humana, (antropomórfico). Si la felicidad eterna depende de estos asuntos, será bueno que estemos a bien con la Iglesia Católica, (o con los ulemas o los rabinos), de nuestra diócesis. Se podrá pensar que en nuestro mundo materialista la religión tiene poco que decir. Esto es opinable y varía de unos países a otros. Sin embargo, existe un pensamiento mítico más allá de las religiones de libro: Biblia, Talmud y Corán.

El pensamiento moderno, cuyos fundamentos son cristianos protestantes, relega la religión a un asunto particular de cada uno, dejando libertad de creencias, de manera que pudiera pensarse que se trata de una cultura enteramente racional. Pero esto no es así. El pensamiento moderno ha sustituido determinados elementos religiosos por otros que, más allá de su racionalidad, siguen teniendo un claro bagaje mítico. La salvación moderna no se fundamenta en la asunción de un Dios omnipotente, la salvación moderna se basa en la asunción de la omnipotencia del dinero, figura que ha sustituido a la de la divinidad. El pensamiento moderno tampoco acepta los límites. Para el pensamiento moderno la inclinación por el dinero es ilimitada. A la salvación se llega por la acumulación capitalista. Cuanto más dinero tengas más seguro te sentirás, nada tiene límites para la mentalidad moderna. Si el hombre ha vencido a la naturaleza y la ha doblegado como una fiera domada, su propia salvación depende del inmenso poder que ha alcanzado su sociedad, poder que se reparte en función del dinero que da acceso a éste, de manera que la acumulación ilimitada de dinero es la forma que tiene el hombre moderno de liberarse. Los límites no están de moda. Están de moda los lobos de Wall Street, están de moda los negocios explosivos, está de moda la cocaína y la acumulación de poder, de dinero, en definitiva. Al pensamiento moderno no le gustan los límites. Los límites trabajan en contra del sentido de libertad del hombre moderno.

Pero para muchos otros la libertad es otra cosa. La libertad no es la ausencia de límites, cosa que es imposible, la libertad consiste en que nadie te imponga su voluntad, que nadie te imponga normas que tú no hayas aceptado. Las normas, en un estado democrático, garantizan la convivencia. Por ejemplo los semáforos nos permiten circular con cierta fluidez sin que haya accidentes. No es algo que nos hayan impuesto para subyugarnos, aunque algunos se creen que hasta las normas de tráfico van contra la libertad de la persona porque le impone límites: "A mí no me gusta que me digan no puede ir usted a más de tanta velocidad, no puede usted comer hamburguesas de tanto, debe usted evitar esto y además a usted le prohíbo beber vino". “Yo siempre pienso, ¿y quién te ha dicho a ti que quiero que conduzcas por mí?” “"Las copas de vino que yo tengo o no tengo que beber déjame que las beba tranquilamente; no pongo en riesgo a nadie ni hago daño a los demás". (José María Aznar, expresidente del Gobierno de España). Esta forma de pensar se basa en la no asunción del límite, dónde hacen residir su sentido de la libertad, una forma arcaizante, conservadora y reaccionaria de la libertad.

En resumen, existe un momento en el que el pensamiento dominante de occidente toma una deriva que lo aleja de la racionalidad, de la honesta forma de pensar de que hacían gala los filósofos, adoptando una racionalidad “torcida” que es la de los dialécticos, la de los charlatanes que no aceptan los principios en que se basa la recta filosofía: el pensamiento racional libre de prejuicios y de mitos, basado en la asunción del límite del “logos”.

Esta irracionalidad es la que está acabando con la vida de la gente que carece de poder y, ahora,  ha empezado a acabar con la vida de este planeta.   

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