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viernes, 25 de abril de 2014

Batallitas del abuelo.



- Traes mala cara, ¿qué te pasa?
- ¿No te das cuenta?, hoy es 25 de abril.
- ¡Ah, bueno! ¿Y qué pasa? Es una fecha magnífica, la Revolución de los Claveles y todo eso.
- No hombre, no es eso.
- ¿Entonces qué?
- Pues que este año es 2014
- ¿Y?
- Que el 25 de abril portugués fue en 1974
- No sé qué lío te traes con las fechas, de verdad.
- Pues que hace justo cuarenta años.
- ¡Coño!
- Ya te has dado cuenta, ¿no?
- ¡Cuarenta años…!
- Ni uno más ni uno menos.

No es posible. No sé qué ha ocurrido que de repente han pasado cuarenta años y yo estoy aquí, desconcertado. Me ha cogido de sorpresa. Cuando yo era joven mis padres oían el tango de “Volver”, el que hizo famoso Estrellita Morente en la película de Almodóvar, pero que en aquella época se lo escuchaban cantar a Carlos Gardel: “que veinte años no es nada, que febril la mirada…“ A mí me hacía mucha gracia: “¿cómo que veinte años no es nada, si yo aún no los tengo? Me parecía una burrada de años.

- Ahora eres tú el que te has quedado de piedra.
- Es que no había echado nunca la cuenta y, de repente…
- Así pasan las cosas, de repente.
- A veces la vida es muy traicionera…

Aquello tenía que suceder. Tenía que empezar por alguna parte y empezó por Portugal. Ese país al oeste, pequeño, un poco triste, de repente aparecía en todas las portadas de los periódicos que mostraban a esos soldados que estaban hartos de sostener unas colonias que estaban haciendo ricos a unos pocos y arruinando a todo el país. El propio ejército se había propuesto acabar con la dictadura y lo hizo. Es muy probable que el golpe contra la dictadura tuviera los parabienes de Washington, es verdad que Antonio de Spínola, que fue quien se alzó con la presidencia de la república había sido un militar conservador que estuvo con la división azul española en la batalla de Stalingrado defendiendo el avance nazi, es verdad que al final todo acabó en lo de siempre, unos portugués que ganan mucho dinero y muchos otros que viven demasiado austeramente, pero es innegable que aquello fue una fiesta, una auténtica fiesta.
Recuerdo que en aquella época un amigo mío se fue con unos compañeros de trabajo a Lisboa. Se cogieron un coche y se plantaron allí para ver qué pasaba. Mi amigo no tenía aún los dieciocho años, pero se fue. Yo, estaba en la universidad y me quedé. No tenía la autonomía de los que ya estaban trabajando. Al año siguiente, me fui voluntario a hacer el servicio militar. No es que me encantara precisamente servir a la patria en el ejército. No era objetor de conciencia porque, entonces, te metían en la cárcel hasta que te pudrías allí un montón de años, pero si te ibas voluntario elegías la ciudad dónde harías la mili y, puesto que era obligatoria, era mejor irse voluntario. El caso es que en España aún no había caído la dictadura y aquellos militares eran unos fachas de cuidado. Yo elegí hacer la mili en El Ministerio del Ejército, no sé por qué: en algún sitio había que hacerla. El caso es que estando allí, hacíamos la instrucción por las tardes. El Ministerio del Ejército estaba en la Plaza de Cibeles, donde ahora se encuentra el Cuartel General del Ejército, entre el Paseo de Recoletos y las calles de Alcalá, Prim y Barquillo, en todo el centro de la capital del reino. Lo único en que nos instruían era en desfilar, que eso les gusta mucho a los militares, apenas nos daban formación militar, no fuera que se les volviera en contra y decidiéramos liarnos a tiros con ellos, que si no lo hacíamos era porque nuestro pacifismo estaba por encima del odio a la dictadura. Bien, el caso es que nos pasábamos horas desfilando hasta que te salían los callos de los pies a través de la suela de las botas.

- Mi sargento, necesito unas botas que estas ya se me han roto”.
- Ve a la intendencia y que te den un par.

Como aquello era tan aburrido le dijimos una tarde al sargento:

- Mi sargento, podemos cantar una marcha mientras desfilamos.
- ¿Una marcha, qué marcha?
- No sé, alguna que nos ayude a llevar el ritmo.
- Bueno, a ver si así hacemos algo con vosotros, panda de inútiles, que estáis criados con Pelargón (sic).

Entonces, aquel grupo de bravos soldados españoles que, en realidad, era una panda de lo más “underground”, constituida por algunos comunistas, bastantes ácratas, con esos uniformes de policía militar que llevábamos que, a muchos les hacía parecer miembros de las S.S., (a mí no porque entonces era aún casi un niño), pero entre los que había un buen grupo de homosexuales que se contorneaban como coristas de cabaré cuando volvían de hacer guardias, aquel grupo, digo, nos poníamos a cantar y cantábamos la canción de moda en aquel entonces, que no era otra que “Grándola, vila morena”, la canción del 25 de abril. Y allí estábamos, en la plaza de la Cibeles, en pleno franquismo aún, cien soldados desfilando cantando la canción de Xosé Afonso, la que hizo famosa la revolución: “Grándola, vila morena, terra do fraternidade…”

Es una canción coral, hay que cantarla colectivamente. 




No ha perdido actualidad.

 

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