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viernes, 17 de septiembre de 2010

Cuaderno de Viaje IV


Martes, 7 de septiembre.
No sólo el casco antiguo de Dresde presenta un patrimonio monumental inmenso, sino que también en las afueras de la ciudad encontramos ejemplos de su pasado esplendor. Subiendo el curso del río Elba, que nace en las montañas que separan a Sajonia de la Bohemia checa, nos encontramos con el palacio y los jardines de Pillnitz. La gente de la ciudad viene aquí en bicicleta paseando plácidamente por los jardines que bordean el río. Nosotros, al contrario, nos metemos en la tupida maraña de autopistas y carreteras del país para, al cabo de una hora de rodeos y vueltas a empezar en el mismo punto, alcanzar el parking que está enfrente del Ayuntamiento de la localidad.
Hermosos pabellones barrocos se encuentran rodeados de románticos jardines y fuentes con esculturas. Uno de los palacios da al río y tiene una escalera para bajar a las embarcaciones que antaño servían de paseo para los nobles. Hoy día una compañía de pequeñas embarcaciones hace su recorrido desde Dresde por un módico precio. Detrás de los palacios se extienden varias hectáreas de jardines asilvestrados con varias zonas diferenciadas. Un jardín inglés, un jardín chino, (tal vez debería decirse con más propiedad un jardín japonés), alojan numerosos tesoros naturales y construidos. Por ejemplo, se presenta la mata, (ya de tamaño arbóreo), más antigua en Europa de camelias, para alojar la cual se ha construido un curioso pabellón acristalado cuya climatización, dice, está controlada por un sistema automático al objeto de asegurar la pervivencia de la planta. También podemos ver en el jardín chino un pabellón modernista decorado con ilusionismos orientalistas, un estanque con patos o unos invernaderos totalmente automatizados para recibir los beneficios del clima y protegerse de sus inconvenientes. Otros paseos y palacios se extienden a lo largo del río pero el programa del viaje no da tiempo para más. Habrá que volver tal vez un día.



Miércoles, 8 de septiembre.
Dadas las dificultades del tráfico alemán nos parece arriesgado llegar a Berlín y encontrar con éxito un camping en una ciudad tan enorme. La solución es poner en el buscador el texto “camping Berlin”, tomar uno que nos parezca adecuado y anotar las indicaciones de Google para llegar a él. Vemos uno que ofrece en su página en la red una imagen de unas instalaciones muy modernas y unos textos en alemán que por pereza no intento descifrar, aunque fuera sólo parcialmente.  Desde Dresde vamos tomando todas las salidas que nos aconsejó el buscador, especialmente al llegar a la ciudad. Totalmente concentrados en no tomar una vía equivocada vamos salvando todos los escollos, entramos en las calles de la ciudad y seguimos fielmente las indicaciones hasta que finalmente encontramos la imagen que ya habíamos visto en la red. Me bajo del coche y me acerco a las instalaciones para comprobar abrumado que aquello es una tienda de productos de camping y no un campingplatz, como ellos los llaman. Tras el primer estupor decidimos tomárnoslo a broma y buscar uno con un sistema más convencional, mirando la indicación de camping más próxima en nuestro mapa de carreteras. Desgraciadamente no tienen wifi y la publicación de comentarios en este blog se verá interrumpida durante algún tiempo.
Aprovechamos la tarde para hacer una visita al sitio recomendado más próximo a nuestro campamento que resulta ser el palacio de Charlottenburg. De nuevo un palacio en estilo barroco tardío rodeado de hermosos jardines, un pabellón clasicista a imitación de Bramante y unos estanques con patos y puentes peatonales al estilo Eiffel para pasear, donde los berlineses se relajan de los ajetreos de la ciudad.



Jueves, 9 Septiembre.
Emprendemos la hercúlea tarea de visitar Berlín el único día del viaje en que nos visita la lluvia. Cosas del destino. No obstante, hay que comprender que la lluvia es un tópico de la ciudad y que está así más auténtica aunque mi pasión por fotografiarlo todo sufra las consecuencias de la falta de iluminancia.
Desde nuestro camping tomamos el metro de Berlín pagando la factura del viaje en una de esas asquerosas máquinas expendedoras de billetes que hora no admiten monedas, hora no admiten uno de los billetes, o les da por no aceptar nuestras tarjetas, que rechaza como si estuvieran infectadas por un virus extranjero y exótico. En todo el metro de Berlín los únicos empleados son los que conducen los trenes. Aún no han conseguido suprimirlos aunque están en ello y no creo que tarden mucho en hacerlo. Cuando en nuestro país esta forma de gestionar los servicios se haya impuesto no sé cual será nuestra tasa de paro, en vista de la que ahora padecemos. Pero dejando estas cuitas para otro momento, nos bajamos en los Tiergarten y nos dirigimos al monumento conocido como el palacio Bellevue, comprobando que antes que nosotros llegó Angela Merkel y lo tomó como residencia de la presidencia federal. Bueno, tal vez lo hicieran anteriormente Helmut Kolhl y Gerhard Schröder. El caso es que no se puede visitar ni siquiera entrar en sus jardines. Vemos también la estatua de la Victoria, un altísimo monolito con estatua que está cubierto de andamios y en obras, como casi todo aquí. Finalmente damos con el edifico que andábamos buscando, la sede del Bauhaus Archiv, los archivos de la Bauhaus que además alojan una exposición sobre aquellos tiempos y de la que escuchamos las explicaciones en nuestro idioma con un auricular. Artesanías, objetos de cocina, cristal, cerámica, diseños gráficos en anuncios y carteles, objetos domésticos, como lámparas, muebles y finalmente la arquitectura de su fundador Walter Groupius y sus maestros, como el pintor Maholy-Nagy y el arquitecto Mies van der Rohe: los fundadores de la modernidad.
Después de la magnífica exposición tomamos un metro que discurre sobre la ciudad y pasa alternativamente por barrios occidentales y de la antigua RDA y por lo que parece que fueron tramos del muro de Berlín. En las fotos antiguas, hasta los años ochenta, los espacios alrededor de la Puerta de Brandenburgo eran explanadas vacías y abandonadas, hoy reciben la operación urbanística más intensa que se realiza en Europa. Nos bajamos en la Plaza de Potsdam, (Potsdamerplatz), y el espectáculo edificado es grandioso. Renzo Piano, (el arquitecto que hizo el Centro Pompidou en París), ha construido un edificio basado en el que fue uno de los iconos más poderosos de la arquitectura de Mies van der Rohe y que no se había llegado a construir nunca, pero del que habíamos visto planos y maquetas en la casa de la Bauhaus. Es ese rascacielos de cristal en forma de cuña. Supongo que estas cosas forman parte del sueño hecho realidad que la reunificación alemana ha supuesto para ellos. También está el Sony Center y muchos edificios comerciales y de negocios. Bajando hacia la puerta de Brandeburgo están las embajadas y edificios culturales de otros países, todos con interesantes diseños modernos.
La Puerta de Brandeburgo es el símbolo de Berlín. Estuvo partida por el muro y ahora es la cabecera de la avenida Unter den Linden (Bajo los Tilos), que es como los Campos Elíseos de la ciudad. No han tenido ningún problema en adosar a la puerta dos edificios iguales y simétricos del CommerzBank, una claudicación a los nuevos dueños de la ciudad: los que tienen el dinero. Después del Banco está la embajada de los EE.UU. El imperio que ganó la guerra fría. Bajando la avenida, una de las calles que la cruzan es la Friedrichstrasse, donde se están construyendo muchos edificios modernos aunque respetando la fisonomía que siempre tuvo esa calle. Hay edificios antiguos rehabilitados, otros que se han ampliado con elementos modernos, otros son modernos con diseños que rememoran los antiguos y otros son modernos pero con un cuidado diseño que no supone una agresión a los edificios históricos, siempre cuidando que coincida la altura de las cornisas de todos ellos, dando al conjunto dispar un sentido de unidad. Más allá de la puerta está el Reichstag, que fue quemado antes de la guerra, (seguramente por una maquinación de Hitler para justificar su ascenso al poder), que ahora ha sido rehabilitado por Norman Foster. No lo visitamos porque había cola para entrar y preferimos dejárselo a los naturales del país. Después hay muchos edificios modernos para alojar dependencias del Gobierno Federal y del Parlamento de Alemania. Al final de la avenida Unter den Linden está la isla de los museos, que estuvieron en la RDA y que por eso aún precisan de la rehabilitación que ahora sí se ha acometido, reconstruyendo incluso edificios que fueron derruidos por los bombardeos aliados cuando la ciudad fue la última morada de Hitler. La avenida termina en la Alexander Platz. Allí, la iglesia más antigua de Berlín, del gótico francés, fue humillada por la construcción de una torre de comunicaciones justo detrás de ella y superándola ampliamente en altura, como símbolo de la superioridad de la modernidad sobre las tradiciones. Modernidad que, por cierto, hoy nadie quiere recordar.



Viernes, 10 de septiembre.
Después de la experiencia del día anterior, en que hicimos kilómetros por las calles de Berlín y pasamos horas en los museos, comercios y demás locales, cargado con mi pesada EOS 20D y con un objetivo de 82 mm. para captar la escasa luz de aquel día lluvioso, mis vértebras lumbares se veían afectadas y me dolían, así que decidí salir sin cámara, pues además había de nuevo predicciones de lluvia. Cosas del destino, aquel día lució un sol espléndido, (para la latitud de Berlín), con nubes y claros alternándose para iluminar de forma magnífica los edificios de la ciudad. Qué se le va a hacer.
Decidimos visitar el Neues Museum, (el Museo Nuevo), que aloja, fundamentalmente, la obra del antiguo Egipto que los alemanes recuperaron y que arrebataron a sus entonces indiferentes propietarios. El patrimonio que allí se muestra es muy importante destacando, sobre todo, la hermosa escultura de la cabeza de Nefertiti, una obra impresionante si pensamos que fue hecha por artesanos que vivieron 1.300 años antes de Cristo.
Después volvemos a ver la ciudad. Repetimos algunos puntos clave y nos encontramos con otros lugares que no habíamos visto el día anterior, como el Check Point Charlie, la frontera que separaba el sector oriental del norteamericano, que ha permanecido en la calle como un recuerdo para turistas. También una exposición sobre los crímenes nazis en una explanada donde estuvo la sede de la GESTAPO, que se complementa con el monumento a las víctimas del arquitecto americano Peter Eisseman, un enorme conjunto de prismas de piedra colocados de forma precisa en una cuadrícula pero en el que cada elemento tiene una altura diferente.
Al volver al campamento, cerca del barrio de Spandau, la visión de una central térmica soltando una nube de gases contaminantes inmensa sobre los edificios nos habla de nuevas agresiones sobre Berlín.



Razones extrañas al viaje nos hacen regresar a la patria y volvemos cruzando en tres días los 2.500 kilómetros que nos separan de Berlín.

1 comentario:

Bajo una coliflor dijo...

Buenos días, ha sido un placer recorrer con un texto tan bien escrito y tan rico el itinerario completo. Enhorabuena. Un abrazo
Primitivo