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lunes, 19 de julio de 2010

El discurso perdido.

Es preocupante el silencio con que la izquierda se enfrenta hoy a los problemas. Hemos perdido el discurso.
*
Discurrir siempre fue algo propio de izquierdas, pues para adoptar esa posición política hay que ser crítico y para ello no hay otra forma de llegar más que la de realizar un análisis del mundo que nos rodea. Esto, que parece propio de intelectuales, no lo es.
Esa es la primera derrota del pensamiento progresista: ceder nuestro derecho y obligación de pensar la realidad a las élites. Decía Noam Chomsky, (cosa que viene ahora muy a cuento), que si todo el mundo en EE.UU. es capaz de analizar los partidos de baseball, (o aquí los de la selección nacional de futbol), cómo no vamos a ser capaces de analizar la situación económica o política en la que estamos inmersos y de la que depende más nuestra vida (más que del mayor o menor acierto de Casillas en la portería). ¿Por qué todo el mundo puede “leerle la cartilla” al Seleccionador Nacional y nadie puede hacerlo a los expertos en economía.
*Si discurrir es cosa de izquierdas, la retórica vana es cosa de derechas. Lo que pretenden éstos es “vendernos la moto”, convencerte de que lo que a ellos le interesa es lo que te interesa a ti. Y lo consiguen.
*Pero este desaguisado monumental que es dejar de discurrir no sólo ha triunfado por causa de los políticos profesionales, los comunes mortales también tenemos culpa de ello. Hemos renunciado a nuestro discurso por una razón muy clara: porque pensamos que era mejor para nosotros. Es el principio marxista de que el interés hace la ideología y no al revés. Puesto que vivimos en países desarrollados en un mundo globalizado nosotros somos los ricos, lo queramos o no, y como tales nos comportamos. ¿Y qué es lo que hacen los ricos?, pues actuar de forma hedonista, como fanáticos de la comodidad y del buen vivir sin preocuparse de problemas. Esto de por si no es malo, pero se vuelve cosa denostable cuando para conseguirlo tenemos que pasar por encima del cadáver de mucha gente. Es un error pensar que así defendemos nuestro interés. Las plusvalías que producen nuestras economías se las están llevando discretamente cuatro especuladores, como se ha puesto de manifiesto con la reciente crisis. *

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