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lunes, 9 de abril de 2012

Cuaderno de viaje a U.S.A.: Museos de Filadelfia


El último día en la zona de Filadelfia lo dedicamos a visitar el museo de arte de la ciudad. Este museo no es famoso porque contenga una colección enorme de pintura impresionista, ni por tener una representación muy nutrida del arte modelo y posmoderno americano, ni por algunas joyas barrocas, renacentistas y medievales de la pintura europea, incluida la española y algún representante extremeño, como Zurbarán; nada de todo esto ha hecho que sea muy conocido en EE.UU. el Art Museum of Philadelphia, lo que le ha dado fama es la escena cumbre de la película Rocky en la que Sylvester Stallone sube corriendo las escaleras de este magnífico edificio neoclásico, (en el que los remates de los frontones está policromados con colores brillantes), mientras suena la conocida música. En el museo se instaló una escultura de Rocky pero con mucho sentido práctico tuvieron que sacarla fuera y ponerla debajo de la escalera para que la gente no se tomara tantas molestias sólo para ver al egregio actor.
Aparte de esto, también hay un museo Rodin, dedicado sólo al escultor francés, pero ese no quisimos visitarlo por no cansar al personal ya que en NYC hay muchos que ver.
Acabamos la mañana en el Oyster House (1516 Sansom Street, Philadelphia, PA 19102), magníficas cervezas, ostras y mariscos para tapear en un ambiente único.
Por  la noche preparamos las maletas para Nueva York y después nos fuimos a cenar a un típico bar americano. Nuestro anfitrión nos recomendó uno en el que las camareras llevaban  un short muy bonito. Nuestras compañeras dijeron que ese bar caía muy lejos, de modo que fuimos a otro. No obstante todas las camareras eran muy guapas y simpáticas. El local era grande y tenía un montón de pantallas de TV donde se podían ver partidos de baloncesto, de football americano, de la NBA y esos aburridos partidos de baseball, incluyendo los de los Phyllis locales. Cenamos hamburguesas, pero de esas especiales que tienen una carne de vacuno muy bueno. 

viernes, 6 de abril de 2012

Cuaderno de viaje a U.S.A. IX: Haddonfield.


La visita a la pequeña población de Haddonfield nos permite conocer un auténtico pueblo americano, con su ayuntamiento de construcción clasicista, sus casitas de estilo colonial, sus iglesias de diferentes confesiones y para mi sorpresa un enorme edificio con un cartel en su puerta que dice: “salón de la masonería”.
Me encanta este pueblo que tiene una barbería antigua con un tubo con los colores rojo, blanco y azul en la puerta y unos sillones de mimbre de toda la vida y a la que no me acerco a fotografiarla porque me da vergüenza.  De hecho, según fotografío una enorme casa colonial muy decorada, el conductor de una furgoneta me increpa con una frase que no entiendo, aunque percibo un tono de broma o de sarcasmo.
Pasan los autobuses escolares. Aquí todos los autobuses escolares son de color amarillo y con ese diseño antiguo tan conocido, son los únicos que circulan porque, como ya he dicho, apenas hay transporte público y los niños son los únicos que no pueden conducir.
Hay una tienda de antigüedades en la que compramos una máscara africana y algunos anillos antiguos y un bar típico, con decoración de los años sesenta, (no una imitación vintage sino que lo conservan así desde entonces), donde la gente como pizzas. Es curioso ver a hombres muy mayores comiendo pizzas, hot dogs y hamburguer, cosas que en España son muy propias de niños. 


jueves, 5 de abril de 2012

Cuaderno de viaje a U.S.A. VIII: Princeton, la Universidad.


Princeton es una localidad tranquila y muy antigua, una hermosa ciudad del Este, que tiene una conocida Universidad muy agradable que recuerdan, (la ciudad y la universidad), a las de Inglaterra, como esos college donde estudiaba Harry Potter.
La universidad de Princeton es una de las seis mejores del mundo. Aquí enseñó, por ejemplo, Einstein o los matemáticos George Dantzig y John Nash, (véase la wikipedia). Los edificios donde se alojan los estudiantes, los colleges y las dependencias son magníficos, en estilo victoriano, aunque algo falso, pues buscan más lo pintoresco que lo auténtico.
Sin embargo, hay una parte moderna donde destaca una biblioteca obra de Frank Gehry, (el del Guggenheim de Bilbao) y en un lateral una de esas inmensas esculturas a base de chapas de acero de Richard Serra. 



miércoles, 4 de abril de 2012

Cuaderno de viaje a U.S.A. VII: compras


Si honrar a los héroes es la liturgia habitual aquí, adorar a Dios es, en nuestros tiempos, adorar al dios del consumo. El lunes lo dedicamos a ir de compras. No es que aquí las cosas sean baratas, es que las marcas americanas salen mejor de precio y sobre todo en los outlet pagan pocos impuestos por lo que salen más baratos. Pero claro, pagar pocos impuestos tiene la contrapartida de que los servicios públicos son deficientes, o por decirlo de otra manera, a veces son sencillos. Por ejemplo, en los suburbios, por donde están estos comercios, las carreteras están mal asfaltadas. Por otro lado, las líneas eléctricas van por las calles colgadas de palos de madera o tubos de acero y los semáforos también. Todo está lleno de publicidad y al final el resultado no es el propio de un buen diseño, ni minimalista.  


Cuaderno de viaje a U.S.A. VI: El cementerio de los héroes


Vamos a decirlo ya claramente: no entiendo la mentalidad de los norteamericanos actuales. Bueno, tal vez sí. He leído un libro, del que ya hablaré un día de estos, sobre la formación del espíritu imperial que llevó a cabo Augusto en la Roma de hace más de dos mil años. Para los americanos su país es lo último a lo que puede aspirar un ser humano, no puede haber nada mejor que su país. Aquí muchos coches llevan una pegatina que es un lazo de distintos colores que sirve para manifestar su apoyo a las tropas americanas:” Support our troups” es lo que dice. En las casas unifamiliares, en los concesionarios de coches, en las oficinas bancarias y no sólo en los lugares públicos te encuentras continuamente enormes banderas de barras y estrellas, como en una obsesión. La gente lleva en las camisetas mensajes de ese tenor ¿Qué pensaríamos de un país de Europa en el que todo el mundo, de cualquier edad y condición social, dedicara el día del domingo a pasarlo en un cementerio honrando la memoria de todos los héroes que han dado su vida por la adorada patria? Uno sólo se puede imaginar eso en el Tercer Reich de los años treinta o en la Unión Soviética anterior a la caída del muro de Berlín.
Nuestros anfitriones nos propusieron la visita al cementerio de Arlington y aceptamos porque ellos querían ir pero también porque podía ser interesante conocer directamente estas cosas. Visitamos la tumba de JFK, abarrotada de gente, el monumento a Iwo Jiwa, en realidad un homenaje a todos los marines desde el 1776 hasta las últimas guerras del petróleo; fuimos al monumento al soldado desconocido que en realidad es un auditorio cuyo diseño es el de un templo grecorromano y donde pudimos ver el cambio de guardia y un homenaje que a mí me pareció el reconocimiento oficial a los últimos huérfanos de esa semana, pero los que saben más inglés me dijeron que era simplemente una ofrenda que los estudiantes de un instituto realizaban a todos los caídos por la patria. Una cosa normal, vamos: lo que hace cualquier joven un fin de semana.


Cuaderno de viaje a U.S.A. V: Washington D.C.


La ciudad de Washington, capital de la Unión, distrito de Columbia, es muy diferente de Filadelfia, pues aquí el fundador Thomas Jefferson contó con el arquitecto y urbanista francés Pierre Charles L’Enfant para hacer el trazado de amplias avenidas que se cruzan en importantes plazas que permiten la vista de los edificios representativos. Y eso se nota aún hoy. La ciudad está formada por monumentales construcciones destinadas a alojar el gobierno y la administración del Estado Federal. Los ministerios, aquí llamados Secretarías, las oficinas del FBI, todo está aquí representado con su  estilo clásico historicista. Además, está muy presente el desaforado desarrollo urbano realizado en los últimos años en los que, aquí también, ha habido una burbuja inmobiliaria. La ciudad es magnífica. Si se inicia el recorrido en el Capitolio, se puede comprobar la magnificencia que los pioneros de la patria quisieron darle a esta ciudad llamada a ser la capital de todos los Estados de la Unión. La cúpula civil del Capitolio recuerda a la cúpula religiosa del Vaticano. Desde ahí un inmenso bulevar aloja todos los museos federales que son gratuitos. Está la National Gallery de arte con un patio de exposición de esculturas, el Museo de Historia Natural, el Afroamericano y muchos otros. Nosotros escogimos el Museo de la Aviación y el Espacio, donde se pueden ver aviones y naves espaciales, como el Apolo XI, la nave con la que llegó a la luna Armstrong y sus compañeros, los primeros en pisarla.
Siguiendo el bulevar con jardines se llega al monolito del monumento a Washington. Desde ahí hasta el monumento a Lincoln es un inmenso estanque: reflecting pool. Por desgracia está en obras como suele pasar a menudo. Al final del estanque está Lincoln sentado en su sillón, como si fuera el Moisés de Miguel Angel, resguardado por un templo enorme. Volviendo por un lateral del bulevar se encuentra el monumento a los caídos en Vietnam. Ese inmenso muro con los nombres de las víctimas de aquella guerra.
A la vuelta pasamos por la casa del presidente, pero había salido de fin de semana. 


martes, 3 de abril de 2012

Cuaderno de viaje a U.S.A. IV: 30 de Noviembre, Filadelfia.


Filadelfia sorprende agradablemente. Es una ciudad muy variada, con una numerosa población de color, con ambientes muy diferentes. Hay una parte moderna que está detrás del edificio del Ayuntamiento, con varios rascacielos de cristal y luego está esa parte algo pasada de moda de cuando Pensilvania era un centro industrial. Filadelfia tiene tal vez los edificios más antiguos de los EE.UU.  porque allí es donde tuvo lugar la independencia de la nación y la firma de su constitución. Se puede visitar el edificio donde fue firmada, una construcción del siglo XVIII, aunque esta visita está desaconsejada si no dominas el inglés porque te pueden tener encerrado durante casi una hora explicándote los pormenores del acontecimiento. El Elfreth’s Alley está habitado desde 1713 y todavía se conservan la mayoría de sus casas. La zona más baja de la ciudad era un puerto industrial a orillas del río Delaware. Todo esto le da mucho ambiente a la zona. El urbanismo de la ciudad es caótico. Hay una manzana de casas de la época de la independencia rodeadas de un inmenso edificio de apartamentos, incluso el Independence Hall, el sacrosanto lugar donde se firmó la Constitución, tiene a su espalda otro mamotreto.