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lunes, 24 de junio de 2013

Playas de Doñana



Todos los años por el solsticio de verano nos gusta pasar una semana de vacaciones en las inmensas playas que rodean Doñana antes de que la gran migración estacional de los veraneantes llene estos parajes de ruido y alborotos que son muy ajenos a la tranquilidad de la que nos gusta disfrutar.
Caminar por playas solitarias durante horas sin encontrar a nadie o a unos pocos caminantes que como nosotros recorren largas distancias cuando la marea está baja y la playa se convierte en una amplia autopista natural por dónde los únicos vehículos que circulan son los de los mariscadores de las coquinas que disponen de autorización oficial para su laboreo. Caminar por los caminos del preparque, subir la cuesta Maneli que atraviesa la gran duna de más de treinta metros de altura que discurre paralela a la línea del mar y que tiene un camino de tablas para no pisar la arena por el que se puede observar toda la vegetación del coto sin deteriorarla y que es una de las pocas elevaciones que permite divisar el bosque de pinos piñoneros que lo forma. También circular en bicicleta por el carril asfaltado que va del camping hasta Mazagón o el que va hasta Matalascañas en tierra. Circular en bici con la marea baja por la autopista playera que queda al descubierto cuando las aguas descienden. Recorrer sin descanso estos parajes, hacer fotos y tomar el sol sin la aburrida persistencia que supone estar tumbado en la arena. Escuchar la música minimalista del mar con su ritmo permanente y monótono, pero sugestivo, que nos transmite historias ancestrales casi olvidadas por el hombre civilizado. Comprar pescado para hacerlo al carbón o tomarlo en los sitios de la zona conocidos por su buen hacer. Hacer arroz con chocos fresquísimos de allí. Cocer cigalas o gambas blancas que se pelan con gran facilidad y de las que queda un rastro de cáscaras transparentes, como de cristal. Asar en el carbón doradas salvajes, bien “greladas” al estilo portugués. Sólo cuando venimos aquí tomamos el pescado frito en esos sitios de confianza, pues en casa no lo hacemos así nunca. Ver pasar el vuelo rasante del chotacabras antes de que todo se vuelva oscuro. Esperar a ver salir la luna entre los pinos y las altas adelfas que ilumina el pinar. Dormir sin despertador y con generosidad.
Hasta que un día, llega el fin de semana y las voces y los alborotos de los vecinos nos dicen que es hora de volver a casa.

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