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lunes, 27 de junio de 2011

Feria de San Juan.

Michael Foucault llamaba heterotopías a esos contra-espacios que a diferencia de la utopía (espacio que no existe, que está aún por venir) se definen por ser ambiguos, por una especie de ser y no ser. Una de esas heterotopías es la feria, un espacio temporal, pues la temporalidad es su fundamento. La feria me parece en realidad un espacio anti-utópico, pues se refiere a algo que fue, algo que pertenece al pasado, por lo tanto sería la antítesis de la utopía.
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Digo todo esto porque uno no ha llegado nunca a entender muy bien por qué a la gente le gustan las ferias y eso creo que se debe al hecho de haber nacido en una gran ciudad, donde el concepto de feria no tiene sentido. No es que en la gran ciudad estuviéramos todo el día de bailes, derrochando el cuerpo en la bebida y en la comida y divirtiéndonos continuamente. No se trata de eso. Se trata de que si un día queríamos hacerlo había sitios permanentes en los que podías hacer todo lo que se hace en una feria. Había circo siempre, incluso en Madrid había un circo permanente, el circo Price. Había todo tipo de tascas, restaurantes, bailes, bares de copas, cafeterías, parques de atracciones permanentes. De todo.
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El concepto de feria es histórico, en el sentido de que está agotado. Pertenece a un mundo caduco. Es el mundo rural y más aún el mundo de las capitales de provincias en las que se celebraban las fiestas a las que acudían las gentes que carecían de medios de diversión cotidianos. En lo más profundo de la España rural hay hoy día sitios para ir a bailar, sitios con diversiones variadas, para ir a comer, a beber y a mucho más y si no lo hay en la localidad lo hay no muy lejos y como quiera que hoy todo el mundo tiene medios de transporte suficientes, estas diversiones son accesibles para todos.
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Por lo que me cuentan, las ferias tienen un valor que remite a la nostalgia (de nuevo a lo anti-utópico). La gente recuerda lo maravillosas que eran las ferias cuando, de niño, traían a la ciudad todas esas diversiones que normalmente estaban ausentes. De manera que la llegada de la feria produce una emoción íntima en las personas que tienen tan buen recuerdo de ella. Para mí, por el contrario, la nostalgia me resulta un sentimiento sospechoso, un sentimiento traicionero que en realidad no es más que la reivindicación de un pasado maravilloso frente a un presente gris. Yo, para redimirme del presente gris, prefiero soñar con un futuro utópico, un futuro en el que se resuelvan nuestros problemas y vivamos alegres y confiados. (Tengo que bajar a comprar un cupón de la ONCE).
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Será por todo lo que traigo dicho hasta aquí, que a mí las ferias no me gustan. En principio no tengo ningún aliciente que me lleve a ellas. Como digo, hoy día no hace falta que llegue la feria para que uno salga a comer fuera de casa y casi siempre en mejores condiciones que las que pueda encontrar en una caseta de feria. Pero si no consigo que los alicientes me vengan a la cabeza, en cuanto que oigo la palabra feria, se me llena de recuerdos de los muchos inconvenientes que presenta la llegada de tan nefasto acontecimiento.
Malas consejeras, que nunca faltan, me llevaron el sábado a la feria de Badajoz. Dejamos nuestro vehículo en un descampado inmenso, en un auténtico ejido de guijarros (un "lejío de chinatos”, para ser exactos). Atravesar ese descampado con calzado femenino tuvo que ser ya un primer suplicio para mis acompañantes. En el lugar del crimen no había apenas iluminación. Avanzábamos con cuidado de no pisar una de esas enormes defecaciones caninas que a buen seguro debían de llenar el lugar. Al rato alcanzamos a llegar a una zona más o menos urbanizada, es decir una calzada rudimentaria y una estrecha acera por la que poder alcanzar el recinto ferial, propiamente dicho. Cerca del lugar, los cientos de “atracciones” feriales nos machacaban los oídos con su insoportable ruido ensordecedor en el que se mezclaban decenas de músicas sonando al unísono. Este experimento musicológico podría llegar a ser interesante si se realizara a un nivel sonoro más liviano. Pero no, de la conjunción de esa músicas lo que resulta es un ruido más dañino para el ser humano que el de un aeropuerto como el de Madrid-Barajas con todos esos aviones con sus turbinas tronando juntas. Uno no llamaría a eso atracciones, lo llamaría directamente “repulsiones” de feria. 

Después de estos calvarios llegamos a una especie de Checkpoint Charly como el que existe aún en la Friedrichstraße berlinesa para los turistas. Eso me gusta, pero las cosas hay que llevarlas hasta el final para que resulten atractivas. La barrera para impedir el paso de los coches no autorizados estaba bien, pero yo hubiera vestido a los policías municipales de otra manera. Desde luego uno de soldado americano, con su gorra de plato blanca y su bandera de barras y estrellas y otro soviético, tal vez una mujer, con su bandera roja, su hoz y su martillo. Ah! Y el permanente fondo de sacos terreros que no sé qué hicieron durante toda la guerra fría, pero que allí estaban siempre.
Careciendo de sentimiento nostálgico alguno, la única emoción que me produce ese recinto ferial es el recuerdo de los barracones de Auswitz que hemos visto en imágenes de cine tantas veces repetidas.

Finalmente abandanomos tan seductor ambiente y cogiendo el coche nos dirigimos a la salida. En una de las explanadas se levantaba una nube de polvo que al contraluz de los focos daba al ambiente un toque hamburgués si no fuera porque el calor, aún a esas horas, era insoportable. Tenues luces marcaban sombras de multitudes que se arremolinaban con sus coches en el ejido: era el botellón de los más jóvenes que se había unido a esta escenificación del apocalipsis de San Juan. Porque indefectiblemente ahora la película era otra: aquello era "Apocalipse Now", la obra maestra de Coppola. No había helicópteros, pero un camión de bomberos y efectivos de protección civil trataban de llegar entre la penumbra al núcleo del sol, al punto en el que se concentraba el mayor número de personas, tal vez al rescate de alguna víctima. Al llegar a la calle principal nos obligaron a bajar de nuevo y en la rotonda nos impidieron hacer el giro, de modo que tuvimos que dar una vuelta completa a aquel averno,  obligados por la descoordinación policial. Me pareció una idea estupenda obligar a la gente a dar esa vuelta para que se le grabara en la mente la imagen de la feria que iba a acabar con todas esas tonterías nostálgicas, de modo que al año que viene a nadie se le ocurriese repetir tan nefasta experiencia. Es lo único que me ha gustado de todo el ferial. Espero que el año próximo no monten las casetas, ni las “atracciones” y que las explanadas para botellón se conviertan en huertos familiares donde los jubilados cultiven sus tomates y el apocalipsis quede en un mal recuerdo.
Si no es así, aún queda un año para que vuelva a ser San Juan.
Siempre nos quedará Comporta.

2 comentarios:

Papa Pancho dijo...

Esta muy bien explicado como a veces vamos a sitios que no queremos, a por cosas que no hemos pedido para sentir algo que no nos apetece.

Creo que esta demás la pregunta, pero... ¿te gusta la feria?

manuel larios dijo...

Sí Papa Pancho, (¿Sr. P.P.?), he visto en tu blog “El mundo de Papá Pancho” tu visita a la feria y eso me da la clave de algunas cosas. Has ido a la feria y lo has pasado bien porque has ido con tus angelitos.
Tal vez el problema es que como los míos crecieron y volaron ya del nido no le encuentro el sentido.

Saludos cordiales.