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jueves, 12 de mayo de 2011

Schengen

En la cosa pública de nada sirven los logros que no se defienden.
Existe una política que es un empleo profesional al que se dedican una serie de personas porque, en definitiva como diría un castizo, “en esta vida tie que haber de todo”. De ese tipo de política tenemos ahora una buena racha hasta finales de mayo, cuando acaben las elecciones que, imagino, volverán a ganar todos, como siempre. Ese asunto es el más importante para ese grupo de población que se dedica profesionalmente a la política. Para los que no, ese proceso nos cansa un poco, sobre todo cuando llegan estas fechas.
Pero la política es también otra cosa, es la discusión, el acuerdo o el disenso sobre las cosas que nos atañen a todos y eso sí es importante. Esas cosas cambian la vida de las personas y es ahí donde la política pasa a tener una gran importancia. A veces, cansados del batiburrillo de los profesionales acabamos renunciando a la política, la política como debate de las cosas públicas, y eso es un error. Creo que además, para ciertos políticos profesionales es una alegría que cada vez más gente no quiera saber nada de política porque así se la quedan ellos solos y lo que, por definición, era cosa de todos, pasa a ser cosa de ellos. De esta manera ellos deciden por nosotros y nuestra voz queda callada.
Si cada vez la política es menos participativa porque es más profesional, en el caso de las instituciones europeas su alejamiento de los ciudadanos es aún mayor. La Unión Europea se ha constituido como una unión económica, de mercados, de espacio económico uniforme, de moneda y poco más. Una de las pocas cosas que la unión había supuesto para los ciudadanos de a pie era el acuerdo de Schengen, sobre la supresión de fronteras y la libre circulación de personas, haciéndole exclamar al periódico El País: “La simple llegada de 20.000 tunecinos y el avance de la ultraderecha hace tambalear la libertad de movimientos de Schengen, el logro europeo más perceptible”. Esta Europa que aparece a los ojos del mundo caricaturizada como una dama vieja y malhumorada, una especie de bruja egoísta que sólo piensa en su propio bienestar y que se molesta de cualquiera que pase por allí y levante un poco la voz. Esa vieja Europa que sólo sabe sermonear a todo el mundo pero que ella misma se engaña olvidando su propia identidad, olvidando lo que fue y transformándose en alguien insoportable. Esa Europa está a la vuelta de la esquina. Es un ataque frontal contra los principios en que se basó la raquítica unión hasta ahora conseguida.
Será como dice Daniel Cohn-Bendit, en el artículo de El País:
 "El control será facial. Los de piel oscura o los diferentes no pasarán. Será una Europa a la carta", dijo, recordando la vieja Europa a la carta en la que no había lugar para los judíos. "Esa era la Europa que teníamos".

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