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jueves, 7 de octubre de 2010

La obra.

La sierra se había cubierto de nubes espesas. Cuando empezaron el trabajo aún brillaba el sol, pero se fue oscureciendo y, al cabo de un par de horas, aquello no se parecía al paisaje con que empezaron la jornada. Donde antes se veían los rebaños de vacas rumiando en los pastos, ahora la oscuridad lo cubría todo. Donde antes el sol se levantaba por encima de las colladas, cabecera de las gargantas que bajan de la sierra con sus corrientes de agua fría saltando alegres hasta el río, ahora las nubes lo tapaban todo. Donde antes el ánimo de la gente se había despertado afanoso y dinámico, ahora se mostraba sombrío y molesto. Ante la perspectiva halagüeña con que habían inaugurado la jornada habían preparado un tajo amplio y generoso para un buen día de trabajo. Ahora ese tajo debía de ser realizado y no se podía detener a la mitad de su ejecución. Se lo dijo Julián, el encargado, a sus oficiales:
- “Una vez se ha empezado el hormigonado debemos acabar el tajo, no podemos hacer cortes”.
- “Pues estamos apañados. La mañana no está por la labor “.
- “Hay que acabar toda la hormigonera, porque si no se estropeará el material”.
El tiempo les había jugado una mala pasada. Nadie esperaba que fuera a cambiar de esa manera. Por eso nadie le culpaba de falta de organización. La lluvia se les había echado encima de manera traicionera, sin avisar. Así es en la sierra: amanece un día espléndido, aparece de pronto una nube, al cabo de un rato empieza a llover y al poco a diluviar. En efecto, a rachas, el viento se enfurecía y dificultaba incluso el manejo de las herramientas. Por otra parte la temperatura no debía de pasar de los diez grados, así que la sensación de frío era intensa. Extendían el hormigón con unos rodos, mientras que los oficiales iban enrasando la masa con una regla de madera sobre las maestras que habían colocado previamente: unos tablones de encofrar, nivelados y sujetos al suelo con unos tochos de recortes de ferralla. Después, otro peón, venía compactando el material con un vibrador de aguja, (el vibro le llamaban), que sumergía a cada poco.
“El Guille” ya había mandado a su hijo a por una botella de vino y estaba a punto de darle fin, pero le daba largas porque pararse suponía parar el trabajo de todos. Finalmente se incorporó, dejando la regla sobre la maestra y les dijo a sus compañeros:
- “¡Vale ya! En todos los oficios se fuma.”
Y sacó un cigarro de la cajetilla que encendió como pudo porque el viento se lo ponía difícil.
- “Así no acabaremos nunca. Y nosotros aquí poniéndonos como una sopa.”
Le contestó Luis que era el único que se atrevía a hacerlo, aparte de Julián, claro está. Pero “El Guille” se había detenido porque Julián había tenido que ir un momento al nivel para comprobar unos puntos que tenía más adelante, pues de no ser por eso, no habría tenido el valor suficiente para detener el trabajo.
- “Chico, acércate a la señora Benita y que te de una botella de blanco, que luego se la pago.”
A su hijo le ponía de los nervios ver a su padre gastar botellas de vino, una tras otra, y que lo hiciera así, delante de todos los compañeros y poniéndole a él en la desagradable tarea de servirle de proveedor. Su cara no ocultaba su mal humor.
Finalmente la dichosa hormigonera se acabó y se pudo lavar la canaleta por donde bajaba el hormigón, ya que de no hacerlo se endurecería y luego sería más difícil. Juan, el conductor de la hormigonera se afanaba en ello mientras el resto de la cuadrilla recogía los trastes para poderse poner a resguardo.
*
La verdad es que la gente estaba un poco desmoralizada. Sabían que tendrían que comer en el único bar que había en aquella aldea, un bar que no ofrecía nada decente que llevarse a la boca, tenían frío y estaban cansados. Julián conocía muy bien a su gente y sabía lo que pensaban. Conocía su desánimo perfectamente, de manera que se puso manos a la obra para solucionar en lo posible la situación. Cuando hubieron terminado de recoger y colocar la herramienta en el almacén provisional que venían utilizando, (una vieja nave a las afueras del pueblo), se dirigieron al bar. Entró Julián en la cocina y habló con la mujer, Herminia, que era quien estaba al cargo del negocio en ese momento pues el marido trabajaba en los montes cercanos. Al poco salió y, dirigiéndose a Javier, el peón más joven, le dijo:
- “Acércate a la señora Benita y que te den unos ajos, un kilo de arroz, dos kilos de patatas y una pieza de bacalao, la mejor que tengan.”
Con esos materiales y algún otro que había en la cocina como aceite o pimentón, se puso Julián manos a la obra para hacer una buena perola que saciara el hambre de la cuadrilla. No solo era el jefe a la hora de dirigir los trabajos, también era el que animaba el cotarro cuando la situación se venía abajo.¡ Y era un extraordinario cocinero!. Cuando se fueron sentando en las dos mesas que Herminia había juntado para dar cabida a los ochos integrantes de la cuadrilla, apareció Julián con la perola que, destapada, dejaba salir un oloroso vapor capaz de resucitar a un muerto.
Julián fue sirviendo uno a uno a todos los integrantes de la cuadrilla y, cuando hubo terminado, se sirvió, cortó un buen trozo de pan y se dispuso a probar el guiso.
- “Esta bueno.” Dijo Julián.
- “Buenísimo.” Contestaron algunos con la boca llena.
La situación anímica mejoraba por momentos cuando el encargado pidió dos botellas de Rioja a la señora Herminia, que las trajo a la mesa al poco. Ya se gastaban bromas. Empezando siempre por los más jóvenes a los que se les dedicaban las más inoportunas. Después se iba pasando de unos a otros hasta que toda la cuadrilla hubiera sufrido las bromas de los demás. A todo el mundo se le decía algo. Incluso a Julián.
- “Menos mal que se acabó el tajo, que si no nos tienes allí todo el día, con el temporal que había...”
- “De eso puedes estar seguro, “Guille”.”
- “Te conozco como si te hubiera parido.”
En efecto, no lo había parido pero lo conocía bien desde que hicieron juntos la mili en Melilla. Después habían coincidido en casi todas las obras. Julián seguía llamando al “Guille” aunque cada vez compraba más botellas de vino blanco. Esto molestaba mucho a Julián, pero no le fallaba. Cada vez que empezaba una obra volvía a llamarlo, aunque hubiera acabado la anterior harto de los excesos de su compañero.
Herminia trajo los cafés y una copa para cada uno. Unos tomaron pacharán, otros Chinchón seco. Empezaron a jugar a las cartas todos menos Julián, que se fue a dar una vuelta al tajo, ya que el chaparrón había amainado hasta convertirse en una suave lluvia.
*
Observaba con atención el aspecto superficial del hormigón, pendiente de si se había erosionado algún tramo con la tormenta, al objeto de corregirlo antes de que estuviera fraguado. Pero todo estaba bien. La fina lluvia en que había quedado aquel chaparrón no dañaba la superficie y era muy beneficiosa para el estado final que alcanzaría el material una vez endurecido.
*
Por eso, Julián observaba satisfecho el tajo que habían hecho aquel día.

2 comentarios:

Bajo una coliflor dijo...

A las obras como a todas las cosas hay que cuidarlas como a las niñas de los ojos. Un abrazo
Primitivo

manuel larios dijo...

Así es.
Un abrazo.
Manuel