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jueves, 15 de marzo de 2012

Enrique Falcó y el Loch Lomond


Enrique Falcó ha hecho una entrada en su blog dedicada a nosotros. Si se ha pensado que por eso vamos a olvidarnos de su turbio pasado, va apañado. Aquí va la verdad sobre ese personaje que se esconde tras la marca de güisqui preferida por el capitán Haddock, el amigo de Tintín.


COMO ALMA QUE LLEVA EL DIABLO.



Ese personaje que anda “blogueando” por el diario Hoy y que se está ganando la adhesión de muchos admiradores y despertando el interés de la gente por las historias que cuenta, es en realidad un peligroso individuo del que más bien se debería huir si tiene uno la desgracia de tropezárselo por ahí. Todos esos amigos que le quieren y que se entretienen leyendo sus relatos, deberían de tener un poquito de cuidado y mirar bien con quien se gastan las perras, no sea que se lleven una sorpresa y la cosa no tenga ya remedio. Para que la gente empiece a saber quién es este oscuro personaje que se hace llamar Enrique Falcó, voy a contar una historia que sucedió hace muchos años.
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Fue en la época en que mi mujer encontró trabajo, después de que los chicos empezaran a ir al colegio. Como quiera que los dos salíamos por la mañana hacia nuestras respectivas obligaciones laborales bien temprano, no nos quedó más remedio que contar con la ayuda profesional de una joven cuidadora que contratamos para que fuera a buscar a los niños al colegio, estuviera en casa, velara por su seguridad y se preocupara de que completaran su alimentación de manera adecuada. Era una joven bastante espabilada, que hacía muy bien las tareas encomendadas y que con su actitud positiva suponía una gran ayuda para el buen desarrollo de los niños. Así era hasta que un aciago día mi hijo mayor Ricardo empezó a trabar amistad con un niño de la escalera que iba a su colegio: Enrique. También es casualidad que con la cantidad de escaleras y de colegios que hay en la ciudad tuviera que coincidir Ricardo con un personaje como aquél. Nadie podía sospechar lo que ocultaba este muchacho si se dejaba uno llevar por su aspecto. Era un chico alto para su edad, más bien delgado, despierto, que engañaba a la gente con una simpatía que le servía para ocultar su auténtica personalidad maligna, con esa expresión angelical de quien no ha roto un plato en su vida. En compañía de mi hijo y de Adolfo Portillo formaban el núcleo duro de un grupo de amigos a los que se les solían unir otros.
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Eran todavía los años ochenta del siglo pasado, cuando la ciudad de Badajoz tuvo la buena ocurrencia de tratar de recuperar las fiestas de Carnaval que habían estado prohibidas durante muchos años. Anteriormente sólo teníamos noticias de la llegada de estos días cuando venían los curas al colegio a ponernos en la frente la señal de la cruz del miércoles de ceniza. Es decir, entrábamos en la cuaresma sin habernos enterado de que hubieran pasado las fiestas de carnestolendas. Este desorden se empezó a corregir, como digo, con plena aceptación de público y crítica a finales de los años ochenta.  Y una mañana de febrero de aquellos años tuvo mi hijo el infortunio de cruzarse con su vecino Enrique y la imprudencia de invitarlo a pasar a casa para entretenerse en juegos y pasatiempos propios de su edad. Pero no teniendo bastante con esto el ignominioso vecino da en proponerle a mi pobre retoño que, puesto que se acercan los felices días del carnaval, realicen algún tipo de disfraz con el que puedan salir a la calle jactándose de presentarse a esa fiesta como corresponde. Esto, claro está, no era más que una artimaña destinada a crear cuantos problemas y padecimientos fueran posibles para llevar el sufrimiento no sólo a mi hijo sino a toda su familia y aún más allá como se verá. Había obtenido a la sazón un gran éxito entre los jóvenes la película Los Cazafantasmas (Ghostbusters, 1984) en la que Bill Murray, Dan Aykroyd y Harold Ramis, pretendían limpiar de fantasmas la ciudad, bajo los acordes de la canción de Ray Parker Jr. La elección de estos personajes no era inocente como se verá a continuación, pues enseguida Ricardo, que siempre ha sido un chico muy dado a disfraces y películas, se puso manos a la obra. Tuvimos que comprarle un mono de trabajo adecuado a su edad, luego se colocó a la espalda una caja de zapatos como el artilugio que utilizaban en la película para guardar los fantasmas capturados. Para ello, consiguió con su obstinada insistencia que le llevara unos tubos corrugados de PVC, de los que se usan en las obras para proteger los cables eléctricos en el interior de las paredes. Esos tubos iban conectados a la caja de zapatos que llevaba a la espalda y se completaba el conjunto con algún tipo de gorro y calzado más o menos adecuado al caso, detalles que ya he olvidado.
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Todo así dispuesto funcionaba a la perfección. El aspecto del conjunto era el de un equipo homologado para cazar fantasmas. Podía haber sido un carnaval feliz, pero fue entonces cuando el pérfido afán de su amigo Enrique entró en escena para promover el caos y el infortunio en las vidas de todos nosotros: “por qué no pintamos todo el disfraz con pintura de purpurina para que parezca más real”. Esa frase encerraba el resultado de sus malévolas disquisiciones. En ella estaba todo el mal que una mente perversa puede ocasionar a sus inocentes víctimas.
Cuando Pili, que así se llamaba la cuidadora, comprobó que estaban utilizando esa pintura en la habitación de Ricardo y que ya las consecuencias aparecían por paredes y suelos, les conminó a que salieran a pintar al balcón. Así lo hicieron y el mal parecía que había quedado conjurado con las sabias decisiones de Pili, pero el diablo, que siempre maquina sus argucias y nunca descansa, ya había preparado su respuesta para que el caos fuera mayor y terminara por anegar nuestro hogar. De manera que Enrique, haciendo creer que se trataba de un despiste casual, le dio una patada al bote de pintura que había en el suelo y derramó su contenido por todo el balcón. Ricardo, que vio el peligro latente que escondía la situación, salió corriendo a coger la fregona y a continuación se puso a tratar de recoger la pintura que había caído. Cuando Pili se asomó al balcón, lo que vio fue a mi hijo que parecía extender pintura por todo el suelo del balcón con una fregona a modo de gran brocha.
Así son, queridos amigos, las maquinaciones de estos espíritus del mal.
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Cuando llegamos a casa, vimos a Pili que estaba esperándonos con la puerta abierta para hacernos un breve resumen de lo sucedido y despedirse sin siquiera esperar a que le pagáramos el dinero al que tenía derecho por sus últimos días trabajados. No quiso volver a poner un pie en nuestra casa. Los que se la cruzaron en la escalera la vieron descender a toda prisa con la mirada perdida: como alma que lleva el diablo.


5 comentarios:

Luis Carlos dijo...

Habría bebido más Loch Lomond de la cuenta ese día... pero sí, algo de mente maligna se le sospecha jajaja

Enrique Falcó dijo...

Hombre Luis Carlos...a esa edad no hombre, si acaso algo más de cafeína que la cuenta!! la verdad es que no se nos ocurría nada bueno...pobre Pili... y pobre familia Larios!!! que paciencia!!!

Adolfo P. Campini dijo...

Muy bueno Manolo, me he reido mucho. A esto hay que añadir que el disfraz se completaba con un spray para simular el rayo cazador de fantasmas. Spray , por cierto, tremendamente inflamable...

manuel larios dijo...

Spray inflamable... Eso da para otra historia...

Enrique Falcó dijo...

y luego soy yo el de la memoria!!! ;)