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jueves, 28 de mayo de 2015

Relaxin'

A veces por la noche, por fin soy libre. Quiero decir que lo soy porque he terminado mis obligaciones. Obligaciones laborales, obligaciones domésticas, familiares, sociales, etc. Me siento después de cenar, tal vez frente a una copa, me pongo algo de música (o radio clásica en la TDT que paso por el equipo) y me cojo un libro que me apetezca, como hacía Michele de Montaigne en su torre de gentilhombre del Perigord, salvando todas las distancias, (claro, ¡que más quisiera yo!). Ahora estoy leyendo una antología de Antonio Gramsci preparada por Manuel Sacristán, (Editorial siglo XXI, México, 2005), que he visto recomendar en Le Monde Diplomatique (edición española). Gramsci fue un hombre especial. Vivió la parte final de su vida prisionero, (de 1926 hasta 1935, cuando fue ingresado en el hospital con el mal de Pott, principios de tuberculosis, arterioesclerosis y otros males, que le llevaron a sufrir una hemorragia cerebral de la que murió, dos años después, a los cuarenta y seis años de edad). Le encarceló Musolini en cuanto que tuvo el poder suficiente para hacerlo, porque Antonio Gramsci era el Secretario General del Partido Comunista Italiano. Nunca he sido comunista, pero tampoco nunca les he tenido miedo o fobia. Me identifico con el marxismo, porque los análisis marxistas de la economía, de la política, de la cultura, me parecen insuperables, pero no me identifico con la “praxis” leninista, y tendría mucho que decir contra las excrecencias de tipo estalinista que del leninismo han surgido, según mi humilde opinión. El caso es que el pobre Gramsci está ahora de moda, (bueno, tampoco tanto como Belén Esteban), y me apetece echarle un vistazo.
Los autores políticos son históricos, en sentido hegeliano, y sólo tienen valor puestos en su lugar, en su momento particular. Leer a Gramsci nos puede ayudar a despejar las tinieblas de nuestro presente, pero esos textos se escribieron para despejar las tinieblas de nuestros abuelos. Claro que más antiguo es Montaigne y aquí llevo varios años tratando de leer sus Ensayos, y todavía sigo.
Esta semana se ha levantado un viento fresco en este país que, poco a poco, se está llevando las tinieblas y permitiendo que la luz se imponga. Esperemos que este tiempo se haga hegemónico, como diría Gramsci.

¡Dios! Se me ha ocurrido poner alguno de aquellos discos de Miles Davis de los cincuenta, (you know what I mean, man), y en este momento empieza a sonar una versión inolvidable de “My Funny Valentine”, de Richard Rodgers. Ahí está el saxo de John Coltrane, el piano elegante y con swing de Red Garland y, completando la sección rítmica, nada menos que Paul Chambers al bajo y la batería de Philly Joe Jones. Un quinteto que era hegemónico en el año en que yo nací y con el que empecé a oír jazz cuando adolescente.


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