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lunes, 22 de julio de 2013

Después de todo: la vida sigue igual.


No es sólo la crisis económica que nos quieren hacer pagar a los que no somos ricos y la corrupción de los partidos que han estado viviendo del cuento y robándonos desde que existe la monarquía parlamentaria, de igual manera que lo hacían antes los del “movimiento”. Además de todos estos dramas nos quieren meter en la máquina del tiempo y mandarnos a vivir a los años cincuenta y sesenta.

Los líderes de este cenagal corrupto en que deviene nuestra monarquía parlamentaria, (que lo llaman democracia y no lo es), se han creído aquello que dijera el poeta castellano: “cómo, a nuestro parescer, / cualquiere tiempo passado /  fue mejor”. Pero cuando estos próceres piensan los años sesenta no se refieren al mayo francés ni al Berkeley californiano, se refieren a la etapa última del criminal franquismo.

El sábado fui a una fiesta de los años sesenta. No había música de los Beatles, de Bob Dylan, de Jimi Hendrix ni de los Rolling Stones, si no que aquello consistía en escuchar canciones como esa tan de moda: “cuéntame” de los Fórmula V; así como las de El dúo dinámico, los Brincos, los Sirex y los Bravos. Estos últimos cantaban aquello de “los chicos con las chicas” con un tono exultante, como si fuera Dylan en “The times they are a-changing”, llamando a la revolución juvenil… pero en la versión española, cutre, de la época:

Los chicos con las chicas tienen que estar

las chicas con los chicos han de vivir

y estando todos juntos deben cantar.

No sé de dónde venía esa obligación de que los chicos tuvieran que estar con las chicas. Tal vez de que nos habían educado de forma separada en colegios segregados por sexos. De modo que llegados a la edad adulta se cantaba el reencuentro de unos con otros. Pero este mensaje era un poco dogmático, porque ¿qué pasaba con los chicos que preferían estar con los chicos? ¿Y las chicas que preferían estar con las chicas? ¿quedaban fuera de este juego y no podían cantar juntos con los demás? Pues así era, en efecto. De modo que lo que parecía un mensaje revolucionario al hilo de los tiempos que corrían por el mundo occidental, no era sino el mensaje que el Opus Dei, (entonces dominante en la política, como lo es ahora, por cierto, en la derecha patria), quería imponer. Pero además de ser un mensaje reaccionario y vacuo, aprovechaba para ser también tendencioso, cuando decía: “La edad de piedra ya pasó, / al menos por aquí”. Como diciendo que aquí éramos muy modernos pero no así otros países, seguramente algunos de lo que entonces se conocía como tercer mundo, muchos de los cuales hoy son países emergentes en vías de superar a los países pobres del sur de Europa, que es lo que siempre fuimos, aunque nos pensáramos otra cosa.

Al día siguiente, cansado de tanta fiesta y años sesenta, me quedé en casa viendo la tele. En el primer canal ponían ese drama universal, cima del séptimo arte, llamado “Margarita se llama mi amor”, homónimo de la canción marcial de la posguerra nacionalista, película de 1961. Cambié a la segunda cadena pública y allí, aprovechaban los rigurosos reportajes del noticiario de nuestro Caudillo, el NO-DO, para mostrarnos la actualidad de los años sesenta. Me cambié a las cadenas privadas y me topé con varios reportajes en los que los ministros de ahora, nos hablaban de reformar la educación para recuperar las reválidas, de suprimir los supuestos contemplados hasta ahora en la ley del aborto y de prohibir la inseminación artificial con cargo a la seguridad social para mujeres solteras o lesbianas casadas. Total, la máquina del tiempo, el regreso a los años bárbaros.
Me dormí y en sueños me veía en mi colegio, cantando el “Cara al sol” de pie, frente al crucifijo y la foto del Generalísimo, con el profesor que, como siempre, nos daba un cachete cuando llegábamos a la frase “me fui al puesto que tengo ahí”, por el exagerado acento con que subrayábamos siempre la palabra “fui”.
Me levanté de la cama y vi con satisfacción que era lunes. Menos mal, no estoy en los años sesenta, estamos en el siglo XXI. Puse la radio y escuché a Julio Iglesias cantar “La vida sigue igual”. 

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