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miércoles, 17 de abril de 2013

Relato breve: Las puertas del cielo



Para María Larios

Salió de su casa, cerró la puerta, echó la llave y llamó al ascensor. Iba tan absorto en sus pensamientos que se dio la vuelta para comprobar que la puerta estaba bien cerrada. Era uno de sus típicos gestos de inseguridad. En el fondo sabía que era un despistado y que se le podía olvidar cualquier cosa. Al bajar las escaleras cedió el paso a la señora  del 2º-A que subía cargada con unas bolsas. Salió a la calle y se subió el cuello del chaquetón porque la mañana estaba fresca. No sabía caminar despacio, así que tomó la calle peatonal y se dispuso a recorrerla en unos pocos minutos. Quería desayunar pronto porque tenía cosas que hacer. En el camino vio setas en una tienda: eran unos níscalos extraordinarios.
- ¿De dónde los abran sacado? A mí no me lo van a decir, desde luego que no. Pensó al verlos.
Siguió andando hasta el café, entró y pidió lo de siempre. Desayunó con cierta parsimonia, sin prisas, mirando al fondo del local, sin nada que decir y nadie a quien hablar. Pagó y se fue. En la oficina de Correos también se demoró poco. Esperó su turno, entregó el sobre, pagó y se marchó. La mañana seguía fresca. Volvió hacia su casa haciendo el camino de vuelta con la misma premura con que había hecho el de ida. Al llegar decidió coger el coche. Bajó al sótano y salió sin una dirección fija.
Una especie de instinto lo llevó hacia las afueras de la ciudad, en dirección al campo. No había previsto nada pero condujo hasta llegar al río. Paró el coche, se bajó y tomó el camino que recorre la orilla. Sabía que lo peor de su nueva situación, marcada por la soledad, iban a ser los fines de semana y, efectivamente, así estaba siendo. El sábado lo quería dedicar a hacer gestiones, pero después de ir a Correos se quedó sin ganas de hacer más, así que, allí estaba, haciendo de nuevo el camino que discurre junto al bosque de galería que ha formado el río y por el que tantas veces habían paseado en otros tiempos.
Se dio cuenta de que también en invierno los alisos tienen un aspecto magnífico. Sus ramas sin hojas parecían un ejercicio de filigrana de orfebre en plata y el cielo, blanquecino por las nubes bajas, parecía un fondo insuperable para ofrecer contraste a las delicadas formas arbóreas. También comprobó que el aire fresco de la mañana era un regalo para caminar porque el ejercicio le hacía entrar en calor y el sol empezaba a aparecer de cuando en cuando entre las nubes bajas, que tenían más de niebla que de otra cosa de la que pudiera esperarse lluvia alguna. En el cielo se dibujó la silueta de un buitre y de unas piedras en la orilla del río un martín pescador saltó disparado como una flecha azul hacia el agua para coger al vuelo un pequeño pez que nadaba en la superficie fría del río buscando el calor exterior. Luego el sol fue abriendo, (lo que le confirmó que aquellas nubes eran más bien nieblas). La ciudad se le aparecía, allá lejos, como un escenario donde la vida ejecutaba sus crueles lances. Cuando llevaba casi una hora caminando vio un rincón propicio y se sentó un rato. Consiguió estar unos minutos sin pensar en nada. O eso creía él.
- Nada, nada, no pienso en nada. El agua pasa y el aguan no vuelve. Heráclito. He conseguido no pensar, relajación. ¡Qué agradable sensación! El sol allí arriba nos da vida a todos. A mí, a aquel buitre que pasó siguiendo el curso del río, a los alisos. No pienso en nada. Es magnífico estar aquí sin pensar en nada.
Así siguió pensando durante un rato, hasta que se dio cuenta de que lo estaba haciendo, (y además en exceso), y en ese mismo momento se puso en pie y siguió caminando. Llegó hasta el cruce con el camino de Villar de la Algarroba y decidió marchar hasta allí. Se le había hecho la hora de comer y sabía de un restaurante en ese pueblo que siempre le había gustado: una casa de comidas pequeña pero bien regentada, sencilla pero con calidad. Se sentó en una mesa junto a una ventana. El pueblo que se veía desde allí tenía un caserío que a él le parecía feo y desordenado pero detrás estaban los montes que se elevaban hasta el cerro de Santiago, una umbrosa masa vegetal de alcornoques que se remataba con algunas manchas de madroños, jaras y otros arbustos, hasta completar un bosque mediterráneo como a él le gustaba. Un bosque donde no hacía mucho había estado recolectando setas y por donde a veces se perdía en invierno por los senderos siguiendo el sonido de las gruyas en la niebla, cargado con la ligera impedimenta de unos buenos prismáticos de campo. Acordándose de estas cosas trascurrió un rato, lo suficiente para que le trajeran el primer plato y media botella de vino que había pedido: la única media botella que tenían en la carta. Cuando el camarero la hubo abierto se arrepintió de no haber pedido su rioja favorito. Sólo por el hecho de no desaprovechar parte de la botella, se había tenido que conformar con lo que había. Pero el plato de carne a la brasa que regó con aquel tinto le sentó tan bien que se olvidó de sus problemas con la carta de vinos no aptas para clientes solitarios como él. Se demoró un poco en pedir el café, con el que pensaba terminar la comida, por tener algo más de tiempo para descansar. Al final pagó su cuenta y salió para volver a tomar el camino, ahora de vuelta. 
Por la tarde estaba cansado, de manera que puso algo de música, (muy bajito), y se dedicó a estudiar un poco. Mejor dicho, más que a estudiar, a leer alguna cosa de las que tenía entre manos relacionada con sus estudios de biología. Nada serio. Luego se hizo una cena ligera y después se puso una película. De pronto se despertó y se percató de que se había quedado dormido en el sofá viendo la película. Recogió un poco y se fue a la cama.
El domingo amaneció sin niebla y el sol entraba alegre por la enorme ventana de su dormitorio. Cuando se hubo aseado, bajó a la calle a comprar churros para desayunar y el periódico. Siempre compraba ambas cosas los domingos. Volvió con su escueta compra y se dispuso a calentarse un poco de leche mientras hacía un café. Desayunó y pasó al salón para leer el periódico. Al cabo de un buen rato sonó el teléfono y salió deprisa a cogerlo, no fuera a ser que llamara su hija y no le diera tiempo a descolgar. Y, en efecto, era ella. Quedaron a las doce en punto. Él se pasaría a recogerla con el coche.
Tiró el periódico y se puso a preparar la casa. Recogió bien el salón, limpió la mesa, pasó la aspiradora, incluso le pasó un paño a los cristales de las ventanas. Después se fue a la cocina y preparó la base para una paella. Hizo un buen sofrito con ajos, pimiento verde y un tomate. Luego añadió un calamar troceado que había limpiado el día anterior, cuando lo trajo de la pescadería. Peló las  gambas que había comprado y fue echando las cáscaras en un cazo y las colas peladas en un pequeño bol que tapó con unas hojas de lechuga, (para que no se secaran), y que metió en el frigorífico. Llenó el cazo de las cáscaras con agua del grifo que tiró y lo volvió a llenar, poniéndolo después a cocer con un poco de sal en uno de los fuegos de la cocina de gas. Porque él sólo cocinaba con gas. ¿Quién puede hacer una buena paella en una cocina vitro-cerámica? En otro cazo coció unas pocas chirlas. Luego les fue quitando las cáscaras, guardando los pequeños moluscos en otro bol. Midió el caldo de las gambas y el de las chirlas y añadió una pizca de agua hasta llegar al medio litro justo que necesitaba para hacer la paella. Acabado el proceso, metió todo en el frigorífico junto a un paquete de la pescadería que contenía unas buenas cigalas y unos tacos de atún, con los que pensaba completarla. Sacó un limón y el sobre de azafrán para que no se le olvidara nada y dio por terminado el preparativo. Puso la mesa con la vajilla nueva, la cristalería de los días de fiesta, servilletas de tela y su mejor cubertería.
Ya más relajado, fue a buscar una película para verla después de comer. Eso sí que era difícil. Podía poner una de “las de toda la vida”, había varias que sabía que no podían fallar, pero pensó que con una muchacha de quince podía fallar todo. Podía ser que se molestara porque siguiera tratándola como una niña poniéndole las películas de siempre y decidió que tal vez sería mejor que bajara al video-club y buscara una película moderna con actores famosos, de esos que salen en las revistillas un día sí y otro también. El problema estaba en que no tenía ni idea de cuáles le podrían gustar. Preguntó al dependiente, quien no le ayudó mucho, y finalmente optó por una que no era ni una cosa ni otra, una comedia romántica inglesa que pensó que podría funcionar.
Se fue al dormitorio y se dispuso a prepararse la ropa para salir a buscarla. Su camisa más nueva, un pantalón adecuado y un jersey a tono con el conjunto. En lugar del chaquetón que siempre llevaba y que le protegía de la lluvia, del viento y del frío, se puso una chaqueta de paño y un fular.
Antes de ir a buscarla se pasó por la mejor pastelería de la ciudad y compró dos pasteles pequeños, porque si su hija veía una bandeja llena de pasteles ni los probaba, pues pensaría que se podía poner como una vaca de gorda, según sus propias palabras: una expresión muy típica de una adolescente como ella. Había que tener mucho cuidado porque cualquier cosa podía hacer que la situación pasara de una animada comida casera con sobremesa a un infierno de reproches en el que podían terminar enfadados. 
Llegó al destino y paró el coche. No quería llamar al timbre para evitar mantener una conversación inútil e intrascendente o, lo que es peor, un intercambio de quejas a cuento de cualquier motivo fortuito. Así que se quedó allí sentado y encendió la radio. En la emisora estaba sonando la canción de Bob Dylan y oía el incesante estribillo: Knock, Knock, Knocking on heaven’s door.
Miraba hacia el portal de su casa pero no se había dado cuenta de que ella ya había salido antes de llegar él y se había acercado al contenedor para reciclar los papeles que le había dado su madre. Así que cuando vino por detrás del coche y abrió la puerta del acompañante él se giró. Sorprendido, por un instante pensó: se han abierto las puertas del cielo. Pero sólo le dijo: Vamos a hacer una paella que te vas a chupar los dedos.

1 comentario:

Mari dijo...

Qué bueno, don Manuel.