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miércoles, 12 de febrero de 2014

Me gustaba mi país.



Era un país contrario a las guerras injustas, como aquella de Iraq que se inventaron los americanos, con un presidente que en unas semanas se trajo a nuestras tropas a casa porque allí no se dirimía nada que mereciera poner en riesgo a nuestros soldados o a la población civil iraquí. Era un país que defendía los derechos humanos y las leyes protegían la acción de la justicia. ¿Te acuerdas? El juez Garzón era llamado un “juez estrella” en tono despectivo, pero consiguió perseguir a Pinochet hasta sus últimos días. Ahora eso no lo podría hacer ni Garzón ni nadie porque hoy han cambiado las leyes para que eso no sea ya posible y sobre todo no puede Garzón porque es el único condenado, después de cinco años, del caso Gürtel. Los socialistas tuvieron casos de corrupción y lo pagaron con la cárcel, como en el caso de los Gal, pero ahora los políticos hacen lo que quieren y pisotean nuestros derechos en simulación y en diferido. Y si hace falta se les indulta y punto. 

Aquél, era un país donde las mujeres elegían libremente sobre su cuerpo como en casi todo el resto de Europa. Ahora están preparando las leyes para cambiar el derecho al aborto.

Era un país donde la Constitución servía para garantizar los derechos de los ciudadanos. Ahora pretenden limitar el derecho de manifestación, de expresión, de asilo; ahora quieren que la Constitución sólo sirva para echársela en cara a los otros nacionalistas, a los nacionalistas periféricos.

Era un país que se había convertido en una potencia mundial en tecnología de energías limpias, que había desarrollado enormemente la producción de energía eólica y había sentado las bases para un desarrollo importante de la energía solar. Ahora estamos en manos de las empresas eléctricas, han cambiado las reglas del juego de la energía solar y pagamos la luz más cara de Europa y del mundo, sólo por debajo de no-se-qué países pequeños. 

Era un país que defendía políticas para luchar contra el cambio climático, (es cierto que de forma muy timorata y limitada, pero lo hacía). ¿Te acuerdas? Ahora es un país miserable dónde problemas como ese no cabe ni debatirlos: simplemente no existen.

Era un país aconfesional, donde cada uno podía vivir libremente y pensar como quisiera. Habían venido gentes de otros países con otras religiones y la norma era la tolerancia. Ahora es un país moralmente gobernado por la Iglesia Católica de Roma, como en la época del dictador Franco. Ahora nos domina una iglesia que se desprestigia sola al no acatar las normas del derecho cuando sus miembros cometen crímenes como el del maltrato a los niños y la pederastia y los ministros de nuestro gobierno invocan a Santa Teresa o a la Blanca Paloma para pedir la solución de los problemas económicos que están creando ellos.

Me gustaba mi país porque era tolerante con las opciones de género de cada cual. Me gustaba que la gente se pudiera sentir a gusto con su sexualidad. Ahora los obispos que gobiernan nuestras costumbres dicen que los homosexuales son enfermos y que tienen cura. Los que no tienen cura son los obispos.

En aquella España, no era obligatorio dar religión en los colegios y la enseñanza era para sacar adelante a las personas, no a las empresas. La misión del Estado era garantizar la felicidad de las personas, no la buena marcha del IBEX-35, ni la producción, ni la productividad.

Este país salió adelante y me gustaba porque casi cinco millones de personas que vivían en países más pobres vinieron aquí a trabajar, a hacer los trabajos que ningún español quería hacer, porque al tiempo que se crearon esos cinco millones de empleos seguía habiendo un paro del 15%: el de los que no querían hacer los trabajos que vinieron a hacer los otros y no sabían hacer otra cosa. Ahora sólo veo inmigrantes que huyendo de la miseria se ahogan en las costas españolas y que son maltratados como alimañas. En un mundo donde el dinero se mueve libremente y nadie pone coto a los “paraísos fiscales” las personas no se pueden mover de un país a otro, porque lo dice el egoísmo de los países ricos.

España era un país donde, mejor o peor, el gobierno dirigía la política económica. Ahora sufrimos la humillación, (aunque nos la quieren ocultar), de ser un país intervenido como lo fueron tantos países de Hispanoamérica, mientras nos callábamos porque pensábamos que eso no iba con nosotros.

Me gustaba este país porque tenía una sanidad pública que era de las mejores del mundo, porque había educación pública para todos, porque se estaba poniendo en marcha un sistema de ayuda a la dependencia. Aquel hermoso país que no admite comparación con el que tenemos ahora. Ahora hay que pagarse hasta la justicia y quieren que el registro civil pase a ser privado y cueste un buen dinero hacer cualquier trámite.

Aquél, era un país que acabó con el terrorismo vasco sin salirse del estado de derecho, sólo con una gran eficacia policial y política. Ahora utilizan el tema como arma arrojadiza para ganar las elecciones, que parece que hubiera sido Mayor Oreja el que acabó con ETA, cuando el que lo hizo fue Rubalcaba y se lo agradecieron sacándole la tontería aquella del caso Faisán.

Porque este es un país miserable, ignorante, mal educado, donde lo único que nos queda es “la roja”, si es que puede seguir siendo lo que fue en la época en que gobernaba Zapatero.

Hasta el tiempo atmosférico ha ido a peor, como decía ayer el Gran Wayoming.

No escribo esto para defender al partido de Zapatero, que alguna culpa tuvo en lo que ahora está pasando, simplemente digo que me gustaba aquel país y que no me gusta éste. Nada más.

¿No hay posibilidad de que nos pongamos de acuerdo en unos mínimos compartidos por todos que definan las libertades y los anhelos del conjunto, aunque pensemos de forma diferente? Si no es así, esto no será un país, serán dos, y cada vez que cambie el gobierno volveremos a definirlo. 

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