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domingo, 22 de julio de 2012

Preconcepciones.


No debemos dejarnos llevar por prejuicios y hay que juzgar a las personas como se merecen: por sus hechos y no por las concepciones previas que tengamos de ellas. Hay ocasiones en las que personas que hemos encuadrado como próximas a nuestra forma de pensar desmienten con sus actos esa supuesta cercanía y otras, con las que nunca hubiéramos pensado coincidir, nos convencen con sus obras y nos demuestran que tienen una categoría humana que nunca habríamos previsto. 
Mi padre fue fundamentalmente un maestro. Un maestro de la República. Vivió los días crueles de la guerra, los de la represión, los campos de concentración en Francia, la cárcel y la persecución, y finalmente fue expulsado del “magisterio nacional” por haber defendido al gobierno legítimo del golpe de estado militar. Cuento todo esto porque recuerdo que cuando yo era niño mi padre mostraba un extraño rechazo a ciertas cosas que todo el mundo disfrutaba entonces, o eso me parecía a mí. Por ejemplo, el día 18 de julio cuando todo el mundo salía al campo a celebrarlo con una barbacoa y una sandía, en mi familia nos quedábamos en casa y mi padre se pasaba todo el día enfadado y de mal humor. Pero una de las cosas que más me llamaba la atención de pequeño era ver lo que mi padre sentía hacia la guardia civil. Cuando en los años sesenta viajábamos en su Seat 600 blanco, cada vez que veía una moto de la Benemérita su rostro se transformaba entre enfadado y temeroso, aunque aquellos guardias no hicieran más que dirigir el tráfico y ayudar en caso necesario. La mala impresión que heredé de la guardia civil se confirmó el 23 de febrero de 1981 cuando aquellos hombres con tricornio entraron en la sede de la soberanía nacional a tiro limpio.
Pues bien, dicho lo anterior quiero transcribir aquí una carta que he enviado al organismo de atención al ciudadano de la Guardia Civil.

El objeto de este escrito es manifestarle mi agradecimiento por la labor que realiza el cuerpo de la Guardia Civil en general y los guardias de la Comandancia de Badajoz en particular.
Me permito robarle un minuto de su tiempo, porque en unos momentos en los que con frecuencia se ponen en cuestión los servicios públicos en aras de una supuesta mayor eficacia de las empresas privadas, es ejemplar el comportamiento de tantos guardias anónimos que realizan su tarea con discreción y eficacia ya sea como policía de tráfico como en cualquier otra de las misiones encomendadas.
En los últimos tiempos he tenido dos incidentes de tráfico en las proximidades de mi ciudad, Badajoz, el último hace unos días, y en ambos he podido constatar la profesionalidad de los agentes de la Guardia Civil. Frente a la eficacia de una asistencia en carretera contratada con las compañías de seguros que se limitan, como mucho, a cumplir con lo pactado, a veces sin resolver el problema surgido en la ruta, la labor de los miembros de la Guardia Civil impresiona por su seriedad, rigor, buenas maneras y sobre todo por su amplitud de miras, siempre velando por la seguridad de las personas y el cumplimiento de la legalidad. Los funcionarios encontramos en el cuerpo de la Guardia Civil un ejemplo de servicio y sacrificio por la forma en que responden a las misiones encomendadas con anónima dedicación, sin recibir el aplauso y el reconocimiento del que serían merecedores.

Solamente quiero agradecerles su trabajo y trasladarles mi convicción de que el cuerpo de la Guardia Civil es un orgullo para los ciudadanos españoles.


Badajoz, a 22 de julio de 2012
Atentamente,



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