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miércoles, 23 de junio de 2010

Adios.

Sentía un gran aprecio por José Saramago.

No porque fuera portugués que también. (En realidad no puedo decir que conozca a los portugueses hasta el punto de tener un concepto muy claro de sus peculiaridades. Aunque me topo con ellos a diario a un lado y otro de la frontera apenas intercambio unas pocas cortesías: obrigado, bom día. Mi conocimiento del idioma es muy elemental).

No porque fuera un hombre que estaba por encima de las fronteras, que se sentía hermano de España, que había fijado una residencia en Lanzarote y, habiéndose casado con una española, defendía la conveniencia de que portugueses y españoles tuviéramos alguna unidad política.

No porque fuera un gran narrador que también. Habré leído al menos media docena de sus últimas novelas y cuando sucedió el deceso estaba yo a mitad de la lectura de “Caín”.

No porque fuera un hombre comprometido que también. Él siempre fue comunista, yo no, pero en sus posiciones concretas ante los problemas del mundo no podía más que coincidir con él, en todo. Además me parecía admirable que defendiera de forma tan valiente las causas en las que se implicaba.

No porque fuera una buena persona que también. Un hombre al que el triunfo no le alejó de sus orígenes humildes y que defendía la memoria de sus abuelos analfabetos proclamando que eran las personas más sabias que había conocido.

Fundamentalmente, sentía un gran aprecio por José Saramago porque vivimos en un mundo culturalmente decadente en el cual los jóvenes han sido engañados por el mercado y su sentido crítico está apagado o fuera de cobertura en este momento. En un mundo así, las únicas voces que se levantan contra la injusticia y el dolor son voces ya octogenarias como la de José Luís Sampedro en España, algunos pensadores europeos o Noam Chomsky en EE.UU.

Sentía un gran aprecio por Saramago porque era un hombre necesario.

*

Temía que no tuviera en su país el reconocimiento merecido pero, afortunadamente, no fue así. Me alegré de que el Papa, (a través de un testaferro), le rindiera tan gran homenaje dedicándole un artículo en L’Osservatore Romano, artículo digno del inquisidor del Santo Oficio que fue Su Santidad antes de alcanzar la máxima representación de la Iglesia. La inquina y la mala educación de que hace gala el Santo Padre publicándolo cuando aún está de cuerpo presente son, en realidad, una forma de destacar la importancia que tuvo el escritor.

Espero que la memoria que la posteridad dedique a Saramago sea mucho más duradera que la que dedique a Benedicto XVI.

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