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viernes, 1 de agosto de 2008

Modesto Fernández


El nivel de estupidez y de maldad en las personas debe ser muy similar en todas las regiones del mundo. Cuando estupidez y maldad se mezclan a partes iguales su carga explosiva es muy peligrosa. El problema se agrava alarmantemente cuando, por las circunstancias que sean, estas actitudes encuentran simpatía entre la mayoría, o cuando menos, entre un grupo significativo de la población. El hundimiento repentino padecido durante la República de Weimar hizo que el pueblo alemán, sometido a una miseria inesperada e inmerecida, se aliara con ellos en los años veinte, con el resultado final por todos conocido. Pero aparte de razones más o menos objetivas de tipo económico, social, etc., siempre hay un componente irracional en la base de estos movimientos que podemos llamar, de modo simplificado, nacionalistas que devienen fascistas. En aquella Alemania el componente irracional estaba en echar la culpa de todos los males de la patria a una minoría étnica como los judíos. Se trata de echar la culpa al más débil. Es la broma española que dice que es bueno que haya niños en casa para echarles la culpa.
Radovan Karadzic, serbio nacido en Montenegro, echó la culpa de los males de Yugoslavia a la minoría bosnia, un pueblo con raíces muy distintas de las serbias, por religión, historia, etc. Los yugoslavos, que habían vivido casi cincuenta años bajo una dictadura comunista de la que se despertaron un día comprobando que habían perdido toda una vida en un experimento social que terminaba sin éxito alguno, aceptaron la tesis estúpida de Karadzic y encontraron en los musulmanes bosnios la culpa de tantos males.
En esta Historia Universal de la Ignominia, ocupa un papel destacado Euskal Herria, debido a que, en este caso, las mentiras son algo consustanciales a su construcción nacional. Que personas decentes de clase media, conspicuos burgueses que se definen demócratas y basan su ideología en raíces cristianas, pongan en los altares a un degenerado fascista como el santificado Sabino Arana, es algo difícil de comprender para cualquiera que haya leído tan solo unas pocas líneas del creador del Eusko Alderdi Jeltzalea. Este heredero de lo más rancio del carlismo español encontró en la sumisión de la patria vasca al estado y en el desarrollo de la revolución industrial las causas de todos los males de la Patria Vasca. No es de extrañar que fuera el P.P. quien propusiera para el centenario de Arana la difusión de su obra, mientras sus correligionarios se empeñaban en actos de homenaje. Para personas aquejadas de estas ideologías no existe ninguna duda: toda la culpa la tiene el otro. En Euskal Herria la culpa de todo es de España. El que fuera imprudente presidente del PNV durante tantos años, Xabier Arzalluz, dijo en aquella ocasión que Arana no era racista, porque “el racismo es un concepto español”. Es decir, los conceptos negativos son españoles. Supongo, entonces, que no existirán en euskera las palabras criminal, asesino, etc. Tal vez tendrán que acudir al denostado castellano para nombrar esos conceptos que solo pueden ser españoles, nunca vascos. Bajo este constructo no hay límites éticos a las actuaciones de la gente. Hagas lo que hagas tus acciones no están sujetas a crítica, los únicos que están sujetos a crítica son los causantes de los males de la patria, en este caso los españoles. Cuando los militares dieron su golpe de estado en 1936, el nacionalismo vasco no sabía con quien debía aliarse. Ideológicamente estaban con los golpistas. Solo el compromiso de la República de aprobar el Estatuto de Autonomía fue la razón de que se aliaran con el bando republicano. Pero nunca escucharás al nacionalismo vasco una autocrítica sobre este tardío alineamiento. Solo escucharemos decir que el franquismo fue una cosa española.
Ahora el País Vasco vive bajo la presión de distintos tipos de violentos, gamberros, terroristas y/o papanatas. En el resto de España también los hay, pero aquí, al carecer de crítica, no son violentos, gamberros, terroristas y/o papanatas, son vascos que luchan por sus derechos.

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