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miércoles, 25 de febrero de 2015

El Régimen.

Desde que han irrumpido nuevos actores en el panorama político español (Podemos) se ha instalado, con carácter de cierta permanencia, una nueva polémica que divide la opinión de aquellos que se interesan por la cosa pública. Se trata del debate sobre si “el régimen de la transición del 78” ha dado lugar a un momento histórico “modélico” o si debemos someterlo a crítica, censurando aspectos de aquel movimiento político que no cumplieron las expectativas en él depositadas, (al tiempo que se aplauden sus logros, cuando los ha habido). La sola consideración  de tal cosa es ya un absurdo lógico. Cuestionar la posibilidad de tal crítica, que por supuesto es legítima, (¡faltaría más!), es una señal de que algo no va bien, como si el régimen vigente en España gozara  también de los privilegios dialécticos de la Santa Sede, es decir, de la infalibilidad que hasta ahora era una prerrogativa exclusiva del Papa de Roma.

La realidad es bien distinta. Las acciones humanas están siempre sujetas a crítica y si se trata de cosas que se desarrollan por procesos que, nada tienen que ver con los procesos puramente matemáticos, como son los de la política, la justicia, la historia, etc.; con más razón aún. El régimen constitucional del 78 arranca del intento de solucionar un problema insoluble, a saber: ¿cómo acabar con un régimen en el que ya no creía ni la derecha celtibérica, porque estaba estropeando muchas posibilidades de negocio que se veían limitadas por no estar inmersos en el aluvión general de los llamados “países democráticos”, con toda la estructura del estado formando parte de aquel régimen de orígenes fascistas y golpistas que se apoyaba en el control militar de la población? 

En aquel tiempo se produjeron dos situaciones de cambio bien distintas que acabaron confluyendo en el régimen resultante. Por un lado estaba el empuje auténticamente democrático de los que estaban hartos de soportar una dictadura, (aunque ya para entonces hubiera devenido en algunos aspectos en “dicta-blanda”), y por otra parte, estaban aquellos que lo que querían era meternos en los procesos de negocio que se estaban dando en el mundo, muchos de los cuales no eran accesibles a nosotros por seguir en esa extraña “excepción anti-democrática”. Pero más allá de esto, se trataba de abrir las puertas a los negocios que países extranjeros como los Estados Unidos o la República Federal Alemana aspiraban llevar a cabo en España, en especial, en cuanto a los deseos americanos de integrarnos en el pacto atlántico para servirse ellos mejor en la defensa de sus particulares intereses nacionales.

Es evidente que el trasfondo de intereses económicos y políticos particulares era el que dominaba los procesos de cambio que se estaban dando, pero también es evidente, que ese relato no se le podía contar a la población, el relato de la transición debía ser otro. Suárez, una vez que fue Presidente del Gobierno, llegó a creerse que podía defender los intereses de los españoles por encima de todo. Fue enviado al vertedero de la historia mediante una campaña de críticas desde ambos lados del mapa político.

Se había equivocado de papel. Quien de verdad ostentaba el poder en España eran grupos de poder como los americanos, representados aquí por el gabinete de abogados Garrigues-Walker, (del que formaba parte Antonio Garrigues, miembro de la Trilateral). A Felipe se lo explicó muy bien Willy Brandt y él no cometió el error de pensar que tenía vía libre para hacer lo que quisiera como hizo Suárez. Ahora se está empezando a saber que, en realidad, el 23-F fue un golpe para acabar con la carrera de Suárez y de aquellos que anteponían los intereses nacionales a los intereses “realistas”.

La transición, después del breve periodo Calvo-Sotelo, fue dirigida por los socialistas entre los años 1982 y 1996, año en que finalmente triunfa José María Aznar ante los escándalos del gobierno bien aireados por casi toda la prensa. En ese periodo, España conoció una modernización evidente: ley del divorcio, reforma fiscal, (ambas de Fernández Ordóñez, que había sido miembro del partido de Suárez), leyes que sirvieron para garantizar los derechos constitucionales, reforma educativa. Además, España, que había ingresado en la CEE en 1986, lo hizo también en la OTAN, después de un referéndum en el que el apoyo de Felipe González fue decisivo, pues había dicho que si la consulta impedía el ingreso de España en la organización él dimitiría.

Si miramos los cambios producidos en el periodo podemos comprobar que, pese a que la mayoría de la gente obtuvo mayores garantías para ejercer sus derechos, en lo que respecta a los aspectos económicos se puede afirmar que muy poco cambió en la economía respecto de lo que había en el franquismo. De hecho, los cambios más importantes fueron la paralización de la industria española, que había estado dirigida desde el estado a través el I.N.I., mediante la llamada reconversión industrial; y la privatización de muchas de aquellas empresas que empezaron a pasar a manos privadas, proceso este último que aún continúa y que tuvo su mayor “éxito” en la época Aznar, pero que ya en la época González alcanzó a muchas empresas públicas.

Gran parte del negocio industrial fue desmantelado por presiones internacionales. Había que quitar industrias en España para que fueran rentables las de otros países competidores. Así se hizo en la siderurgia, en la minería, en la construcción naval y muchos otros sectores. De manera que desde los años ochenta se empezó a vislumbrar los tipos de negocio que servirían para alimentar las grandes fortunas nacionales: el negocio conocido como de “el ladrillo”(1), muy ligado al del turismo; y el monopolio de servicios públicos, muchos de ellos privatizados por entonces y vendidos a los amigos (2).

Quedó, pues, un país con unas estructuras económicas muy simples, (esa fue una de las bases de su fracaso). Una agricultura de latifundio en el sur y con escasas inversiones en el norte; una industria desmantelada con fábricas propias de un país menor: alimentación, algo de textil y poco más; una industria foránea que sentó aquí sus bases por el menor coste de la mano de obra, especialmente la industria del automóvil; los monopolios del franquismo que siguieron campando a sus anchas sin competencia alguna (por ejemplo las eléctricas); y los grandes nichos de negocio hispanos: el turismo de sol y playa y la construcción, junto con el maravilloso mundo de los servicios que iba a dar trabajo a todos los desempleados de la Tierra, según se decía.

Este precario mundo empresarial, con la inestimable participación de las empresas crediticias y financieras, es el que ha dirigido los destinos de la patria durante todo el periodo democrático. Y ¿qué hicieron los flamantes partidos democráticos para superar esta situación o, al menos, para minimizar sus efectos para las clases populares? Apropiarse de todo lo público, (del dinero de todos); repartírselo a los privilegiados en forma de subvenciones o permitiéndoles precios de monopolio; dirigir la política económica hacia donde la oligarquía necesitaba en cada momento, (subvenciones a la compra de coches, a la de pisos, obras faraónicas, infraestructuras, etc.); sujetar y neutralizar las reivindicaciones del personal (desde la izquierda); vendernos la idea de la economía de emprendedores (desde la derecha) como si en este sistema todos tuviéramos la oportunidad de hacer negocios y, por último, echarse a sestear al sol a vivir como reyes engañando a este pueblo ignorante que no recordaba ya lo que era una democracia de verdad, llevándose el dinero para mayor gloria de sus partidos y de sus bolsillos particulares.

Si tal cosa es como la pintamos aquí ¿cómo ha podido funcionar durante tanto tiempo? Pues ha funcionado porque el llamado régimen de la democracia ha sido un régimen de la ocultación, del camuflaje, del engaño, del disimulo, en definitiva, un régimen de la mentira. 

Alfonso Guerra hablando de los descamisados y su hermano usando el despacho de la Junta de Andalucía para hacer negocios con los empresarios y construir una carretera que atravesara el Coto de Doñana. OTAN, de entrada, NO. El rey salvando la patria de la invasión golpista la noche del 23F. La “enorme” creación de empleo durante el Gobierno Aznar basada en la burbuja inmobiliaria ¿Tal vez porque los que pensábamos que eso no podría funcionar éramos premios nobeles de economía y veíamos lo que los demás no podían ver? La participación de ETA en los atentados de Atocha para tapar que toda la policía de España no fue capaz de detectar lo que se estaba fraguando. ¡Les ha venido siempre tan bien lo de ETA a la derecha! ¡No juguéis con el dolor de las víctimas! (Que ya lo hacemos nosotros). Las armas de destrucción masiva de Irak, y nuestros tanques protegiendo las caravanas de camiones de petróleo de la Shell, B.P. y demás compañías. La creación de infraestructuras y más infraestructuras y la gente encantada porque éramos el país del mundo con más kilómetros de AVE, (y menos kilómetros de ferrocarril por habitante de la OCDE), aeropuertos hasta en Castellón, y en Ciudad Real, una autovía de Navalmoral de la Mata hasta Plasencia, imprescindible, claro. El fútbol, el fútbol y el fútbol. Y mientras tanto, el mayor negocio inmobiliario de España en la Ciudad Deportiva del Real Madrid. Florentino Pérez, Ramón Calderón, Lorenzo Sanz, Ramón Mendoza, todos ellos haciéndose inmensamente ricos y nosotros apoyando a los “Ultra-Sur”. “Yo moriría por el Atleti” decía el Lucky Luciano de Madrid. Porque el Barça es mas que un club. Pagábamos el recibo de la luz dando saltos de alegría porque nuestro equipo le había marcado “al enemigo”.
Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre...
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos...
y sé todos los cuentos.
Sé todos los cuentos (León Felipe)


1) La ley del suelo franquista databa de 1956 y fue modificada en el último año de vida del dictador para adaptarla a las modificaciones que se habían ido produciendo en el tiempo, modificaciones administrativas que no cambiaban nada el fondo de la cuestión. Sorprendentemente, cuando los socialistas llegan al poder en 1982 no cambian nada de la ley del suelo franquista. Pero más sorprendente aún es que, cuando finalmente acometen la reforma de la misma en 1990, se limitan a matizar cuestiones relativas al derecho a edificar (ius aedificandi), que no tocaron en lo más mínimo el sistema que había llevado a la especulación del suelo a ser el mayor negocio del país, un negocio con plusvalías superiores al tráfico de drogas, de armas o la prostitución.

2) En cuanto a las privatizaciones, el propio SEPI (del Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas), nos da cuenta de las que se realizaron durante el periodo González. Destacando: “las de automoción, SEAT y ENASA. También destacan TRASATLANTICA (transporte marítimo); MARSANS (Sí, la que dirigió ese presidiario) y ENTURSA (turismo); SECOINSA y TELESINCRO (electrónica); La Maquinista Terrestre y Marítima, ATEINSA y Fábrica San Carlos (bienes de equipo); G. E. Álvarez y ARTESPAÑA (artesanía), y La Luz, OESA y otras pequeñas empresas de alimentación, además de empresas de menor entidad pertenecientes a estos y otros sectores productivos.” “Hasta 1996 se completaron 16 Ofertas Públicas de Venta de acciones (OPVs), que produjeron unos ingresos de más de 10.200 millones de euros (1,7 billones de pesetas) y que permitió la salida al mercado bursátil de empresas, encuadradas en el segundo grupo, como ENDESA, REPSOL, ARGENTARIA, TELEFÓNICA y ENCE.”