No es sólo la crisis económica
que nos quieren hacer pagar a los que no somos ricos y la corrupción de los
partidos que han estado viviendo del cuento y robándonos desde que existe la
monarquía parlamentaria, de igual manera que lo hacían antes los del
“movimiento”. Además de todos estos dramas nos quieren meter en la máquina del
tiempo y mandarnos a vivir a los años cincuenta y sesenta.
Los líderes de este cenagal
corrupto en que deviene nuestra monarquía parlamentaria, (que lo llaman democracia
y no lo es), se han creído aquello que dijera el poeta castellano: “cómo, a
nuestro parescer, / cualquiere tiempo passado / fue mejor”. Pero cuando estos próceres piensan
los años sesenta no se refieren al mayo francés ni al Berkeley californiano, se
refieren a la etapa última del criminal franquismo.
El sábado fui a una fiesta de
los años sesenta. No había música de los Beatles, de Bob Dylan, de Jimi Hendrix
ni de los Rolling Stones, si no que aquello consistía en escuchar canciones
como esa tan de moda: “cuéntame” de los Fórmula V; así como las de El dúo
dinámico, los Brincos, los Sirex y los Bravos. Estos últimos cantaban aquello
de “los chicos con las chicas” con un tono exultante, como si fuera Dylan en “The
times they are a-changing”, llamando a la revolución juvenil… pero en la
versión española, cutre, de la época:
Los chicos con las chicas
tienen que estar
las chicas con los chicos han
de vivir
y estando todos juntos deben
cantar.
No sé de dónde venía esa
obligación de que los chicos tuvieran que estar con las chicas. Tal vez de que nos
habían educado de forma separada en colegios segregados por sexos. De modo que llegados
a la edad adulta se cantaba el reencuentro de unos con otros. Pero este mensaje
era un poco dogmático, porque ¿qué pasaba con los chicos que preferían estar
con los chicos? ¿Y las chicas que preferían estar con las chicas? ¿quedaban
fuera de este juego y no podían cantar juntos con los demás? Pues así era, en
efecto. De modo que lo que parecía un mensaje revolucionario al hilo de los
tiempos que corrían por el mundo occidental, no era sino el mensaje que el Opus
Dei, (entonces dominante en la política, como lo es ahora, por cierto, en la
derecha patria), quería imponer. Pero además de ser un mensaje reaccionario y
vacuo, aprovechaba para ser también tendencioso, cuando decía: “La edad de
piedra ya pasó, / al menos por aquí”. Como diciendo que aquí éramos muy
modernos pero no así otros países, seguramente algunos de lo que entonces se
conocía como tercer mundo, muchos de los cuales hoy son países emergentes en
vías de superar a los países pobres del sur de Europa, que es lo que siempre
fuimos, aunque nos pensáramos otra cosa.
Al día siguiente, cansado de tanta fiesta y años sesenta,
me quedé en casa viendo la tele. En el primer canal ponían ese drama universal,
cima del séptimo arte, llamado “Margarita se llama mi amor”, homónimo de la
canción marcial de la posguerra nacionalista, película de 1961. Cambié a la
segunda cadena pública y allí, aprovechaban los rigurosos reportajes del
noticiario de nuestro Caudillo, el NO-DO, para mostrarnos la actualidad de los
años sesenta. Me cambié a las cadenas privadas y me topé con varios reportajes en
los que los ministros de ahora, nos hablaban de reformar la educación para
recuperar las reválidas, de suprimir los supuestos contemplados hasta ahora en
la ley del aborto y de prohibir la inseminación artificial con cargo a la
seguridad social para mujeres solteras o lesbianas casadas. Total, la máquina
del tiempo, el regreso a los años bárbaros.
Me dormí y en sueños me veía en mi colegio, cantando el “Cara
al sol” de pie, frente al crucifijo y la foto del Generalísimo, con el profesor
que, como siempre, nos daba un cachete cuando llegábamos a la frase “me fui al
puesto que tengo ahí”, por el exagerado acento con que subrayábamos siempre la
palabra “fui”.
Me levanté de la cama y vi con
satisfacción que era lunes. Menos mal, no estoy en los años sesenta, estamos en el siglo
XXI. Puse la radio y escuché a Julio Iglesias cantar “La vida sigue igual”.
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