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miércoles, 17 de abril de 2013

Relato breve: Las puertas del cielo



Para María Larios

Salió de su casa, cerró la puerta, echó la llave y llamó al ascensor. Iba tan absorto en sus pensamientos que se dio la vuelta para comprobar que la puerta estaba bien cerrada. Era uno de sus típicos gestos de inseguridad. En el fondo sabía que era un despistado y que se le podía olvidar cualquier cosa. Al bajar las escaleras cedió el paso a la señora  del 2º-A que subía cargada con unas bolsas. Salió a la calle y se subió el cuello del chaquetón porque la mañana estaba fresca. No sabía caminar despacio, así que tomó la calle peatonal y se dispuso a recorrerla en unos pocos minutos. Quería desayunar pronto porque tenía cosas que hacer. En el camino vio setas en una tienda: eran unos níscalos extraordinarios.
- ¿De dónde los abran sacado? A mí no me lo van a decir, desde luego que no. Pensó al verlos.
Siguió andando hasta el café, entró y pidió lo de siempre. Desayunó con cierta parsimonia, sin prisas, mirando al fondo del local, sin nada que decir y nadie a quien hablar. Pagó y se fue. En la oficina de Correos también se demoró poco. Esperó su turno, entregó el sobre, pagó y se marchó. La mañana seguía fresca. Volvió hacia su casa haciendo el camino de vuelta con la misma premura con que había hecho el de ida. Al llegar decidió coger el coche. Bajó al sótano y salió sin una dirección fija.
Una especie de instinto lo llevó hacia las afueras de la ciudad, en dirección al campo. No había previsto nada pero condujo hasta llegar al río. Paró el coche, se bajó y tomó el camino que recorre la orilla. Sabía que lo peor de su nueva situación, marcada por la soledad, iban a ser los fines de semana y, efectivamente, así estaba siendo. El sábado lo quería dedicar a hacer gestiones, pero después de ir a Correos se quedó sin ganas de hacer más, así que, allí estaba, haciendo de nuevo el camino que discurre junto al bosque de galería que ha formado el río y por el que tantas veces habían paseado en otros tiempos.
Se dio cuenta de que también en invierno los alisos tienen un aspecto magnífico. Sus ramas sin hojas parecían un ejercicio de filigrana de orfebre en plata y el cielo, blanquecino por las nubes bajas, parecía un fondo insuperable para ofrecer contraste a las delicadas formas arbóreas. También comprobó que el aire fresco de la mañana era un regalo para caminar porque el ejercicio le hacía entrar en calor y el sol empezaba a aparecer de cuando en cuando entre las nubes bajas, que tenían más de niebla que de otra cosa de la que pudiera esperarse lluvia alguna. En el cielo se dibujó la silueta de un buitre y de unas piedras en la orilla del río un martín pescador saltó disparado como una flecha azul hacia el agua para coger al vuelo un pequeño pez que nadaba en la superficie fría del río buscando el calor exterior. Luego el sol fue abriendo, (lo que le confirmó que aquellas nubes eran más bien nieblas). La ciudad se le aparecía, allá lejos, como un escenario donde la vida ejecutaba sus crueles lances. Cuando llevaba casi una hora caminando vio un rincón propicio y se sentó un rato. Consiguió estar unos minutos sin pensar en nada. O eso creía él.
- Nada, nada, no pienso en nada. El agua pasa y el aguan no vuelve. Heráclito. He conseguido no pensar, relajación. ¡Qué agradable sensación! El sol allí arriba nos da vida a todos. A mí, a aquel buitre que pasó siguiendo el curso del río, a los alisos. No pienso en nada. Es magnífico estar aquí sin pensar en nada.
Así siguió pensando durante un rato, hasta que se dio cuenta de que lo estaba haciendo, (y además en exceso), y en ese mismo momento se puso en pie y siguió caminando. Llegó hasta el cruce con el camino de Villar de la Algarroba y decidió marchar hasta allí. Se le había hecho la hora de comer y sabía de un restaurante en ese pueblo que siempre le había gustado: una casa de comidas pequeña pero bien regentada, sencilla pero con calidad. Se sentó en una mesa junto a una ventana. El pueblo que se veía desde allí tenía un caserío que a él le parecía feo y desordenado pero detrás estaban los montes que se elevaban hasta el cerro de Santiago, una umbrosa masa vegetal de alcornoques que se remataba con algunas manchas de madroños, jaras y otros arbustos, hasta completar un bosque mediterráneo como a él le gustaba. Un bosque donde no hacía mucho había estado recolectando setas y por donde a veces se perdía en invierno por los senderos siguiendo el sonido de las gruyas en la niebla, cargado con la ligera impedimenta de unos buenos prismáticos de campo. Acordándose de estas cosas trascurrió un rato, lo suficiente para que le trajeran el primer plato y media botella de vino que había pedido: la única media botella que tenían en la carta. Cuando el camarero la hubo abierto se arrepintió de no haber pedido su rioja favorito. Sólo por el hecho de no desaprovechar parte de la botella, se había tenido que conformar con lo que había. Pero el plato de carne a la brasa que regó con aquel tinto le sentó tan bien que se olvidó de sus problemas con la carta de vinos no aptas para clientes solitarios como él. Se demoró un poco en pedir el café, con el que pensaba terminar la comida, por tener algo más de tiempo para descansar. Al final pagó su cuenta y salió para volver a tomar el camino, ahora de vuelta. 
Por la tarde estaba cansado, de manera que puso algo de música, (muy bajito), y se dedicó a estudiar un poco. Mejor dicho, más que a estudiar, a leer alguna cosa de las que tenía entre manos relacionada con sus estudios de biología. Nada serio. Luego se hizo una cena ligera y después se puso una película. De pronto se despertó y se percató de que se había quedado dormido en el sofá viendo la película. Recogió un poco y se fue a la cama.
El domingo amaneció sin niebla y el sol entraba alegre por la enorme ventana de su dormitorio. Cuando se hubo aseado, bajó a la calle a comprar churros para desayunar y el periódico. Siempre compraba ambas cosas los domingos. Volvió con su escueta compra y se dispuso a calentarse un poco de leche mientras hacía un café. Desayunó y pasó al salón para leer el periódico. Al cabo de un buen rato sonó el teléfono y salió deprisa a cogerlo, no fuera a ser que llamara su hija y no le diera tiempo a descolgar. Y, en efecto, era ella. Quedaron a las doce en punto. Él se pasaría a recogerla con el coche.
Tiró el periódico y se puso a preparar la casa. Recogió bien el salón, limpió la mesa, pasó la aspiradora, incluso le pasó un paño a los cristales de las ventanas. Después se fue a la cocina y preparó la base para una paella. Hizo un buen sofrito con ajos, pimiento verde y un tomate. Luego añadió un calamar troceado que había limpiado el día anterior, cuando lo trajo de la pescadería. Peló las  gambas que había comprado y fue echando las cáscaras en un cazo y las colas peladas en un pequeño bol que tapó con unas hojas de lechuga, (para que no se secaran), y que metió en el frigorífico. Llenó el cazo de las cáscaras con agua del grifo que tiró y lo volvió a llenar, poniéndolo después a cocer con un poco de sal en uno de los fuegos de la cocina de gas. Porque él sólo cocinaba con gas. ¿Quién puede hacer una buena paella en una cocina vitro-cerámica? En otro cazo coció unas pocas chirlas. Luego les fue quitando las cáscaras, guardando los pequeños moluscos en otro bol. Midió el caldo de las gambas y el de las chirlas y añadió una pizca de agua hasta llegar al medio litro justo que necesitaba para hacer la paella. Acabado el proceso, metió todo en el frigorífico junto a un paquete de la pescadería que contenía unas buenas cigalas y unos tacos de atún, con los que pensaba completarla. Sacó un limón y el sobre de azafrán para que no se le olvidara nada y dio por terminado el preparativo. Puso la mesa con la vajilla nueva, la cristalería de los días de fiesta, servilletas de tela y su mejor cubertería.
Ya más relajado, fue a buscar una película para verla después de comer. Eso sí que era difícil. Podía poner una de “las de toda la vida”, había varias que sabía que no podían fallar, pero pensó que con una muchacha de quince podía fallar todo. Podía ser que se molestara porque siguiera tratándola como una niña poniéndole las películas de siempre y decidió que tal vez sería mejor que bajara al video-club y buscara una película moderna con actores famosos, de esos que salen en las revistillas un día sí y otro también. El problema estaba en que no tenía ni idea de cuáles le podrían gustar. Preguntó al dependiente, quien no le ayudó mucho, y finalmente optó por una que no era ni una cosa ni otra, una comedia romántica inglesa que pensó que podría funcionar.
Se fue al dormitorio y se dispuso a prepararse la ropa para salir a buscarla. Su camisa más nueva, un pantalón adecuado y un jersey a tono con el conjunto. En lugar del chaquetón que siempre llevaba y que le protegía de la lluvia, del viento y del frío, se puso una chaqueta de paño y un fular.
Antes de ir a buscarla se pasó por la mejor pastelería de la ciudad y compró dos pasteles pequeños, porque si su hija veía una bandeja llena de pasteles ni los probaba, pues pensaría que se podía poner como una vaca de gorda, según sus propias palabras: una expresión muy típica de una adolescente como ella. Había que tener mucho cuidado porque cualquier cosa podía hacer que la situación pasara de una animada comida casera con sobremesa a un infierno de reproches en el que podían terminar enfadados. 
Llegó al destino y paró el coche. No quería llamar al timbre para evitar mantener una conversación inútil e intrascendente o, lo que es peor, un intercambio de quejas a cuento de cualquier motivo fortuito. Así que se quedó allí sentado y encendió la radio. En la emisora estaba sonando la canción de Bob Dylan y oía el incesante estribillo: Knock, Knock, Knocking on heaven’s door.
Miraba hacia el portal de su casa pero no se había dado cuenta de que ella ya había salido antes de llegar él y se había acercado al contenedor para reciclar los papeles que le había dado su madre. Así que cuando vino por detrás del coche y abrió la puerta del acompañante él se giró. Sorprendido, por un instante pensó: se han abierto las puertas del cielo. Pero sólo le dijo: Vamos a hacer una paella que te vas a chupar los dedos.

martes, 9 de abril de 2013

49 Bye-byes *



Dicen que la “dama de hierro” tuvo luces y sombras. Cierto: luces para los ricos y sombras para los demás.

 ¡Qué quiten ya esa petarda de las portadas!

Se ha muerto la que alguna vez fue la mujer más guapa de España, la luz de los años más tristes

Se ha muerto el que alguna vez fue el hombre más lúcido de este país, la luz de los años más innobles.

¡Que orfandad!

* Este era el título de una canción de Crosby, Stills & Nash.  

La tajada en la cazuela de Muñoz Molina



En primer lugar tengo que decir que es para mí un honor que alguien, aunque sea anónimo, deje un comentario en este blog. Es la mayor alegría que puedo recibir de éste porque es la única forma de sentir que hay alguien ahí que lo lee, aunque no le guste lo que decimos. Tal vez por eso no quise responder, al poco de leerlo, al comentario que alguien dejó en la entrada del 14 de marzo en la que reseñaba el último libro de Antonio Muñoz Molina. He manifestado aquí mi admiración por el escritor muchas veces, pero no es por eso por lo que disentí profundamente del anónimo comentario.

La razón de mi disconformidad reside, en primer lugar, en mi aversión a los lugares comunes. Esos “pensamientos” que no son pensados, que se toman de las conversaciones triviales y con los que algunos amueblan su cabeza. Frases hechas que se aceptan con poco sentido crítico, sin entrar a analizarlas, sólo porque en un momento dado de una conversación banal alguien la dijo y nos cayó bien. Como cuando Sancho Panza repite refranes en el Quijote, la mayoría de los cuales, no vienen siquiera a cuento. En muchas ocasiones son comentarios frívolos, como cuando se dice: “dónde esté el verano que se quiten las demás estaciones”. No sé por qué uno no puede ser feliz en otoño, o en el frío invierno, viendo nevar al calor de una lumbre, por ejemplo. O ese otro que dice: “a mí me gusta el vino sin química”. Pero si el vino es un producto químico elaborado por la fermentación del mosto de uva, ¿cómo va a existir un vino sin química? Lo que existen son vinos buenos y vinos malos, como esos que se fabrican artesanalmente sin los cuidados enológicos adecuados y que se conocen como “vinos sin química”. A mí me gusta el vino con química.

En segundo lugar, olvidándonos por un momento del vino y volviendo al tema que nos ocupa, me molestó del comentario su contenido, su idea principal, esa de que uno no puede ser crítico de un sistema del que se beneficia. ¿En qué se basa tal cosa?

Pero antes de seguir leamos el comentario que nos dejó nuestro anónimo amigo:

Muñoz Molina celebraba la fiesta como el que más, pues no en vano se lucró del bienestar generalizado que la abundancia generó. Él su tajada no la perdonó, no, no la dejó en la cazuela a beneficio común. Pero ahora viene a dárselas de listo con ese "Ya lo decía yo" exculpatorio que es como un insulto a todos menos a sí mismo y a su señora (grandes intelectuales ambos)..., con el que lo único que trata es de seguir en el candelabro (uy, perdón, candelero) para sacar tajada otra vez. "A río revuelto, ganancia de pescadores". Clink. Caja.

Tengo que reconocer que el texto me gustó como estaba redactado. Esa metáfora de la tajada en la cazuela me parece expresiva y el chiste de seguir en el candelabro, por seguir en el candelero, no es de los que se escuchan continuamente. No así el juicio que se trasluce del comentario. Ese “pensamiento” que se resume en que no se puede criticar el sistema en el que se vive es muy antiguo. Yo lo conocí en el franquismo. Sí, ya sé que eso es la prehistoria, pero es que uno ya es mayor. Más concretamente fue una especulación que se extendió ampliamente en los años finales de la dictadura. Los franquistas, acostumbrados como estaban a vivir sin crítica, (porque Franco gustaba de fusilar a los críticos), no entendieron a partir de los años sesenta, que pudiera haber detractores de la ortodoxia fascista del régimen, ni aún en sus propias filas.  En los años setenta, cuando yo las escuché, esas críticas se hicieron generales en una situación que, como es sabido, condujo a la transición política y a esta democracia política (que no económica) que disfrutamos ahora. Pero algunos franquistas recalcitrantes siguieron cuestionando la posibilidad de que la crítica al régimen fuera siquiera posible. Al fin y al cabo es propio de todos los regímenes dictatoriales el hecho de que no se admita ningún ataque a la verdad oficial. También en el estalinismo, en la China de Mao y en la Cuba de Fidel cualquier reproche al sistema estaba mal visto. Eso es parte del fascismo y de las dictaduras.

No quiero decir con esto que nuestro ácido comentarista lo sea. Basta con que uno se haya criado en una familia de aquel régimen para que lleve muchos años escuchando acríticamente esos comentarios y los asuma como una verdad caída del cielo.

Pero tanto o más que el trasfondo político del asunto existe un trasfondo social que es aún más importante. Hay hijos de buenas familias que están acostumbrados a que cualquier situación que suponga un cierto privilegio social les corresponde por la gracia de Dios. Entre estos privilegios se cuenta el de ir a la universidad, el de escribir libros, dar conferencias, ser famoso y adoptar una postura contraria al gobierno. Por ejemplo, Sánchez Dragó puede ser crítico con lo que quiera: incluso defender posturas que están tipificadas en el código penal, como la pederastia. Sin embargo Muñoz Molina, un hombre que es hijo de agricultores, con abuelos republicanos y militancia de izquierdas, lo que tiene que hacer es estar calladito y dar gracias al cielo de que tiene lo que tiene… 
Y regalar los emolumentos que recibe dando clases en una universidad americana a Caritas, como le pide nuestro anónimo comentarista.

viernes, 5 de abril de 2013

Viaje a Cataluña. La calçotada.


Cuando se viaja desde Madrid por la autovía A2 y, pasado Aragón, se entra en Cataluña, el paisaje agreste de Los Monegros se transforma y los pinares añaden un toque de verde a los campos. Pasado Igualada se enfila hacia las montañas bajas de Montserrat y desde ahí el descenso es continuo hasta alcanzar el  valle del Llobregat antes de Martorell. En este tramo se hace evidente el cambio de clima por la influencia del Mediterráneo. El frío y la sequedad de la montaña desaparecen y una temperatura suave te da la bienvenida a la ciudad de los condes, la ciudad que se extiende a orillas del Mediterráneo entre L’Hospitalet de Llobregat y Badalona.

Desde las primeras sensaciones, Barcelona se percibe como una ciudad acogedora. Tan mediterránea como para ser cálida y soleada. Lo bastante septentrional como para suavizar el calor peninsular. Tan del norte como para tener una vida burguesa, ilustrada y elegante y lo bastante sureña como para que las terrazas aparezcan llenas de clientes sentados al sol. Tan seria como para haber desarrollado un mundo industrial importante y tan alegre como para que en invierno la gente se reúna en los barrios para asar calçots y comerlos en la calle en el bullicio soleado de febrero. 

No distingo la hospitalidad de los grupos sociales, (una ciudad, un país), por la forma en que me tratan a mí, sino por la forma en que nos tratan a todos. Barcelona es una ciudad que siempre ha acogido a inmigrantes. Lo ha hecho por interés, porque los necesitaba, pero también con elegancia. Por eso los emigrantes se hacen pronto a las costumbres locales y las adoptan gustosos. En Madrid no saben la cantidad de aficionados al F.C. Barcelona que existen en el sur de España. Se asombrarían de conocerlo. En Extremadura y en Andalucía, en partes de La Mancha y Murcia, los aficionados de clase obrera son, mayoritariamente, del Barça: porque han sido emigrantes o lo fueron sus padres o sus familiares.

            De modo que cuando uno llega a Barcelona no se enfrenta con un problema, como piensan muchos, se enfrenta con una normalidad asombrosa. Parte de lo que más quiero está en Barcelona: y no me refiero al “modernisme”. Me gusta viajar, al menos, un par de veces al año a esa ciudad y así lo hicimos esta Semana Santa.

  

      Al día siguiente de llegar, alquilamos un coche en el aeropuerto del Prat y aprovechamos para viajar a Valls. Esta localidad a 20 kilómetros al norte de Tarragona es el centro mundial de los calçots. Los calçots son una hortaliza que se cría en Cataluña y que se forma por el cultivo modificado de una cebolla. Se entierra una cebolla en el huerto y al poco empiezan a surgir brotes que se elevan y aparece por encima del suelo. Según crecen se van calzando, (calçots), es decir, se les arrima tierra para que sigan enterrados y no desarrollen la fotosíntesis. Cuando están hechos se cocinan en una lumbre, pero no en las brasas sino al fuego. Una vez cocinados se envuelven en papeles y se colocan en una teja cerámica, una teja árabe tradicional que conserva el calor y en la que se sirven en la mesa. Cal Ganxo se encuentra en una antigua masía, un edificio peculiar magníficamente conservado, decorado discretamente con unos pocos elementos de mobiliario y adorno en los que se han conservado todos los elementos de la obra antigua sin incluir modernas soluciones constructivas y manteniendo las viejas en perfecto estado de conservación: carpinterías tradicionales, cubiertas formadas por parecillos de madera y ladrillos, muros de fábrica de mampostería con sus huecos recercados y pinturas que mantienen los colores originales. 

            Al sentarte en el restaurante te dan un babero para que no te manches al comer. El calçot se saca del interior de la vaina verde que lo envuelve, se moja en la salsa y se coloca vertical sobre la boca para comerlo así, de manera que muy pronto comprendes la utilidad del babero. Además, como han sido cocinados al fuego de la lumbre, la vaina externa está chamuscada y te manchas los dedos de carbonilla. En la sala dónde comemos hay un antiguo lavabo de piedra artificial con un grifo de media vuelta de latón, donde de cuando en cuando vas a lavarte las manos. La combinación de la hortaliza y la salsa está exquisita. Se acompañan con salsa romesco o salvitxada para calçots. De entre las recetas que hemos visto, elegimos esta que consiste en mezclar en la batidora: 4 ó 5 tomates, 100 g. de almendras peladas y tostadas, 30 g. de avellanas igualmente preparadas, la pulpa de una ñora, 1 cabeza de ajos asados, 1 diente de ajo crudo, sal, vinagre, 1 rebanada de pan tostado y unos 80 cl. de aceite de oliva.
Se pueden pedir cuantas tejas de calçots quiera uno comerse: en buffet libre; pero hay que ser prudentes porque después de esto vendrá un plato de judías blancas salteadas acompañadas con morcillas asadas y después un plato de chuletas de cordero y butifarras asados a las brasas. De postre se come una bandeja de rodajas de naranja cortadas finas  y una crema catalana que no tiene nada que ver con lo que hasta entonces has comido con ese nombre. En el restaurante te ofrecen un vino tinto en porrón que, a pesar de su rústica presentación, no está del todo mal, pero me gustaron los calçots regados con una botella de cava de la tierra.

            Después, para hacer la digestión se puede hacer alguna visita en la Conca de Barberà, como por ejemplo, al monasterio cisterciense de Poblet o al pueblo de Montblanc, que es a donde nosotros fuimos. El casco intramuros de Montblanc es una agradable población con un interesante caserío, un trazado de calles antiguas, una iglesia de orígenes románicos con una alta torre, restos de palacios renacentistas, otra iglesia a la que, (descubrimos atónitos), se le ha añadido un parking construido en hormigón visto, una plaza alegre y concurrida con terrazas y un par de pastelerías burguesas con decoración modernista que ofrecen espectaculares monas de pascua.

          
  Por la tarde, todavía tuvimos tiempo de hacer una parada en la costa para visitar la villa de Altafulla. A pesar de ser un pueblo de playa se trata de una villa hermosísima, con una iglesia neoclásica y un reconstruido castillo del siglo XV. Las casas están restauradas y bien conservadas, tratándose de construcciones de muy  buena calidad. Sorprende un entorno tan agradable en una población turística de la costa. Un ejemplo de lo que debería haberse hecho en todos los pueblos costeros.


miércoles, 3 de abril de 2013

Carta a mis hijos.



Queridos hijos:

Espero que al recibo de la presente os encontréis todos bien. Nosotros bien, a Dios gracias. No sabéis lo que me alegro de que os hayáis ido a trabajar a Nueva Zelanda, por muy lejos que esté y por mucho que hayamos tenido que llorar tu madre y yo por esa distancia tan inmensa que nos separa.

España está siendo gobernada por un monitor de televisión. Os lo juro. El electo presidente del gobierno está atrincherado en su residencia oficial de la Moncloa porque él mismo recibió sobres de dinero que le fueron entregados por Luis Bárcenas, el cabrón, procedentes del dinero sucio que empresarios como el dueño de Mercadona enviaron al Partido Popular. Pero el monitor no sólo gobierna España sino que también dicta las leyes que son aprobadas por decreto ley y sustraen a la cámara de representantes la facultad de redactarlas. Esto que estoy contando no es un fragmento de 1948, la novela futurista de George Orwell. Si hace un lustro nos contaran lo que nos está pasando no nos lo creeríamos.

El presidente de la Xunta de Galicia, la esperanza del partido conservador, el mirlo blanco que podía suceder en su día a Mariano Rajoy cuando este decidiera irse a casa a ver los partidos de la Champions, sale fotografiado con uno de esos traficantes gallegos que empezaron trayendo cajetillas de Marlboro sin impuestos y terminaron haciendo lo propio con la cocaína de Colombia.

Las niñas ya no quieren ser princesas, pongamos que hablo de España, porque la hija del Rey Juan Carlos, la infanta Cristina, la guapa, la que se casó con el jugador de balonmano, está imputada en el caso Nóos, la empresa de su marido que cobró cantidades astronómicas de las administraciones públicas por no hacer nada.

Han metido en la cárcel a los dirigentes de la red Gürtel porque eran empresarios que recibían contratos a cambio de regalos que hacían a los políticos del P.P. que dirigían las Comunidades de Valencia, las Islas Baleares y parece que Madrid también y los han tenido que soltar porque no son capaces de implicar a ningún receptor de los regalos y los generosos donantes han superado el periodo de arresto sin juicio que establece la ley.

En Madrid llevan meses de guerra los médicos y sanitarios contra la privatización de la Sanidad, pues mientras en EE. UU. se está creando un conato de sanidad pública en España se desmonta la que teníamos. Pero mira tú por dónde todos los que tuvieron responsabilidades en la sanidad pública están recibiendo puestos en las empresas que ellos mismos privatizaron. Sí, me refiero a algunos como ese Lamela que acusó a un médico que dirigía el Hospital de Leganés de que mataban a los enfermos terminales. Que ahora en España si te estás muriendo los médicos no se atreven a darte ni una aspirina contra el dolor.

No es el P.P., no es la Casa Real. El Partido que fue socialista y que empezó siendo obrero, (¿Por qué no lo dejan en Partido Español si todo lo demás es mentira), el partido que disfrutó anteriormente de todo el poder en España, creó en Andalucía una red de corrupción que se quedaba con el dinero de los parados para llenar los bolsillos de todos los políticos de izquierdas, incluido algún sindicalista multimillonario, dinero que llegaba a espuertas a los sindicatos. Sí, a CC.OO. y a la UGT.

Mientras que los dirigentes que hundieron las Cajas de Ahorros, (Rato y compañía), se han colocado en empresas públicas o de amigos que dirigen empresas privadas como los monopolios que nos sangran el dinero con el beneplácito del Estado, léase la Telefónica, las empresas energéticas y otras, mientras eso sucede, las víctimas de los desahucios, los que sufren el derrumbe del sistema económico español porque se quedan sin trabajo y no pueden pagar la hipoteca, viendo que les van a echar a ellos y a sus hijos a la calle a patadas, se van a protestar a casa de los políticos que hacen las leyes, exigiéndoles que aprueben la dación en pago que ha pedido más de un millón y medio de firmas. Pero el P.P. contesta diciendo que están amedrantando a sus niños y que esa gente de desahuciados se han convertido, (por arte de birlibirloque), en, mire usted que gracia, nada menos que en etarras. Si es que me daría hasta risa decirlo sino fuera porque la cosa no tiene gracia ninguna.

La Unión Europea aprecia irregularidades en las subvenciones que el Real Madrid recibió del Ayuntamiento de Madrid de Gallardón en forma de permutas y tasaciones altamente beneficiosas para el club. ¿Nadie en este país denunció que el suelo con más rendimiento económico de España, el de las cuatro torres de Madrid, saliera de recalificar unos terrenos que eran dotaciones deportivas, aunque fueran de propiedad privada?

Hoy juega el Real Madrid en la Champion League, pero uno, (que es del Madrid de toda la vida), no piensa ni poner la televisión. Ya les pueden ir dando a todos.

Ya os seguiré contando las cosas tan terribles que pasan en esta vuestra patria.


miércoles, 27 de marzo de 2013

México: no torturen.

Puedes firmar la petición de Amnistía Internacional AQUÍ.