
A pesar de poseer una escritura detallista y elegante, (fue tildado por algunos críticos con el apelativo desdeñoso de esteta), no se dedicó nunca a la poesía. Sin embargo en el cuento y la novela corta sus narraciones gozaron de un cierto éxito local en Chile, especialmente en los años cuarenta, a la vuelta de su etapa española. Sus historias destilan aún los vicios propios del romanticismo pero destacan en ellas elementos que harían centrar la atención de los críticos sudamericanos en su literatura, en especial a partir de los años setenta cuando los autores del famoso boom latinoamericano entraban en un cierto estancamiento. Entre estos elementos es muy conocido el uso que hace Peñaranda del humor en sus historias. Un uso cáustico y cruel que utiliza como arma arrojadiza para remarcar su interés en determinadas tramas literarias. En “Farolas en la noche”, por ejemplo, Peñaranda relata los avatares de una pareja cincuentona que culminan en un inevitable divorcio que el marido dice obedece a una “compatibilidad de caracteres”. “Querrá decir usted incompatibilidad”, le increpa su amigo Juan Garrido, “No. Digo compatibilidad porque nuestro drama fue compartir demasiadas cosas. Si a mí me gustaban las carreras de caballos, a ella también. Si a mí me gustaba la ópera, a ella también. Si yo me embelesaba contemplando las señoritas que bajaban por la Calle Mayor… Ella también”.
Los vicios propios del romanticismo a que hacíamos mención se concretan en una cierta autocompasión en el sufrimiento, como cuando José Navarro se queja ante Rosana: “No sé cuándo fue la última vez que gemiste en mis brazos… Ahora me acuerdo, fue el día en que dormida te acaricié y tu soñabas con tu amante”.
Jacinto Peñaranda murió en circunstancias extrañas tal día como hoy de 1948 en su Valparaíso natal a la edad de cincuenta y tres años, pero hoy casi nadie le recuerda ya.
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