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martes, 25 de febrero de 2014

¿Se puede?

Uno, que va teniendo ya una edad, no puede dejar de caer en el error de señalarles a los jóvenes lo que tienen que hacer de tal modo que les digo: no hagáis caso alguno a los veteranos como yo que dan consejos. La necesidad para la que nació Podemos es la de crear espacios políticos al margen del juego de partidos que se instituyó en la transición, juego que recientemente ha devenido en un evidente fracaso. No es que la transición careciera de buenas intenciones e incluso que jugara un papel que la historia irá analizando en sus aciertos y sus errores, pero uno tiene la opinión de que aquel sistema se encaminó al fracaso cuando políticos como Alfonso Guerra, cuya misión era lograr un cambio real en las reglas del juego, se hicieron con una cuota enorme de poder y se dedicaron a la ardua tarea de monopolizarlo sin que la sociedad civil tuviera la más mínima oportunidad de manejar lo público. Por eso, ahora de lo que se trata, según mi dogmática opinión, es de devolverle a la sociedad civil todo lo que se le robó, (tarea tan titánica que ni nuestros superhéroes de la infancia serían capaces de llevar a cabo), o al menos de recuperar su capacidad de decisión, que es la base de toda la manipulación a la que ha sido sometida y que nos ha llevado a la situación por todos conocida.
De lo que se trataría, en mi particular forma de ver las cosas, sería de recuperar espacios de decisión que permitan la participación ciudadana en los temas públicos, que como tales, son temas de todos, no de los políticos profesionales. En cuanto que podamos recuperar esos espacios, estaremos en la buena dirección. Existe una especie de ansiedad en los jóvenes que empiezan a recuperar la participación política que consiste en la urgencia de hacer algo. Esa ansiedad se la han creado viejos astutos que, ante las claras manifestaciones democráticas de éstos, les retan continuamente a eso: es muy fácil protestar, pero hay que hacer algo ¡A ver si sois capaces de articular políticamente esta protesta! Es el grito que les dirigen todos los días a todos aquellos que vivieron con esperanzada emoción los días del 15-M. A ello hay que contestarles que no se puede arreglar en unos meses lo que las generaciones mayores llevan años cargándose. Como dijo ese genio del pensamiento político que es nuestro Presidente del Gobierno: hay que hacer lo que hay que hacer y hacerlo como dios manda. El camino ya se ha encontrado. Se han dado pasos en la buena dirección. Primero fue la magnífica labor de la PAH que los compañeros de Ada Colau emprendieron. No sólo por los miles de desahucios que han conseguido paralizar, sino porque supieron llevar a la gente con problemas un mensaje que se puede resumir así: vosotros no tenéis la culpa de nada y si solos no podéis luchar, entre todos pararemos esta absurda injusticia. Luego vino la gente sencilla de Burgos, la clase trabajadora de la ciudad, del barrio de El Gamonal, que dijeron algo como: ya está bien de negocios turbios de políticos y empresarios oportunistas, la ciudad es nuestra y el ayuntamiento está para solucionar nuestros problemas y no los de ese mafioso que os controla. Se pusieron manos a la obra y la pararon. Mientras tanto, la marea blanca que se puso en marcha, en especial en la Comunidad de Madrid, siguió trabajando, uniendo a profesionales de alta cualificación como los médicos y algunos gestores, con trabajadores de todo rango, pacientes y simples ciudadanos, (en especial los jubilados), para conseguir en los tribunales que se acabara con la estrategia de hundir uno de los mayores logros de nuestro sistema político y social, es decir la sanidad pública, universal y gratuita, paralizando la privatización que había en marcha en los juzgados. La marea verde de los profesores y estudiantes sigue ahí defendiendo todos los días la enseñanza pública.
Aquí no se trata de hacer las listas de forma más democrática, de lo que se trata es de dar alas a la participación de la gente en las cosas públicas, abrir las puertas de lo público a todos, porque es de todos. Claro que hay que elegir representantes, hay que delegar para poder organizar las cosas, pero ese no es el fin, al contrario, el fin es participar.

Así que no deberíamos caer en el error de intentar dar una respuesta urgentemente, no sea que esa ansiedad nos lleve a caer en los mismos errores que queremos enmendar, porque no sólo podemos, sino que además, yo creo que sabemos. 

miércoles, 19 de febrero de 2014

Sobre el corto de animación "Cuerdas".

Nadie debería leer lo que sigue sin haber visto el corto que he puesto en la entrada anterior que ha recibido el Goya al mejor corto de animación este año.

No me extraña que le dieran el premio a éste. Una buena historia no cuenta una cosa: cuenta muchas. De hecho, una buena historia está llena de interpretaciones y de sugerencias. Esta película de poco más de 10 minutos de duración no para de sugerirme cosas, como cuando éramos niños y salíamos de ver “una del Oeste” y no parábamos de hacer comentarios sobre los distintos momentos de la acción, rememorándola.

Me gustan las películas de dibujos animados, sobre todo si están bien hechas y tienen una historia que contar. De niño vi todas las películas de Walt Disney de la época. (Eso entonces no se podía decir porque Walt Disney era para niñas. En aquella época tan sexista, los niños veíamos “las del Oeste” y las niñas las de Disney). Pues bien, en el corto de Cuerdas hay más “historia” que en todas aquellas películas juntas.

En primer lugar nos cuenta que en el mundo hay buena gente. Antonio Machado hablaba de esa: "mala gente que camina y va apestando la tierra". Pero el poeta, y nosotros, sabemos que también existe lo contrario. Sin embargo, nuestros valores están dirigidos al hedonismo. Vivimos en una sociedad de ricos, (aunque ahora nos lo estén poniendo más difícil), donde parece que nuestro único destino es disfrutar de los muchos placeres que nos ofrece la vida. Y debemos hacerlo, siempre que se pueda, que ya habrá tiempo para los sinsabores. El problema no es ese, el problema es que nos pensamos que todo lo que nos hace daño, o nos aleja de nuestros placeres, es un estorbo o es malo. Cosa que no siempre es cierta. La película nos cuenta como María, la protagonista femenina, abandona el juego que está jugando con sus amigas para dirigir su atención al chico que está en la silla de ruedas y que no puede hacer nada. Es decir, el amor, la amistad, la piedad o la empatía por “el otro” está por encima de los placeres, o dicho mejor: es un placer mayor que los demás placeres. Pero no sabemos cuál es la “razón” que fundamenta el comportamiento moral. No es que no lo sepa yo, (que ignoro tantas cosas), es que no lo sabe nadie. Uno de los más grandes filósofos del siglo XX, (tal vez el más grande), Ludwig Wittgenstein, decía: “Lo que dice la ética no añade nada a nuestro conocimiento. Pero es testigo de una tendencia del espíritu humano que yo personalmente no puedo sino respetar profundamente y que por nada del mundo ridiculizaría”. A lo más que llega este doctísimo sabio es a comprometerse a no ridiculizarlo, pero no nos da ningún fundamento racional del hecho de que la gente se comporte éticamente. Parece que, más bien, el comportamiento moral tiene una base más psicológica que filosófica. Pero el caso es que ahí está: gente derrochando amor sin miramiento, sin control, sin una razón, (aunque eso no quiera decir que sea algo irracional).

Después de abandonar a los amigos para centrarse en el niño enfermo, éstos comentan: es que María es rara.  Si fuéramos rigurosos con el lenguaje ya habríamos desechado la palabra “raro”. ¿Qué quiere decir raro? ¿Acaso las personas somos fotocopias de una persona ideal y si no es así es que uno es raro como, más o menos, pensaba Platón? En España uno de cada diez niños es rubio, luego es raro ser rubio. Pero en Escandinavia uno de cada diez niños es moreno, luego ser moreno es raro. Uno de cada diez personas es homosexual, a una de cada diez personas no le gusta el futbol, a mí no me gusta la cerveza helada en una copa helada… ¿Qué significado profundo tiene la palabra raro? Pues eso: absolutamente ninguno. ¿Es raro un niño porque tiene una enfermedad que lo tiene paralizado? ¿Estás seguro de que tú nunca tendrás una enfermedad así? Si hay algo que odio en este mundo es la palabra raro. Sí, es cierto lo que estás pensando, es que soy algo rarito.

Pero volviendo a lo que nos interesa que no es otra cosa que la historia de Cuerdas, un aspecto que me gusta de la película es que no termina bien. Alguien dijo alguna vez que las películas que terminan bien no hacen reflexionar. Si las tensiones creadas a lo largo de la historia al final se resuelven en un final feliz, uno se va a casa satisfecho; pero si no es así, uno se va a casa reflexionando sobre cómo son las cosas, sobre cómo deberían de ser, lo que está bien y lo que está mal. Es decir: crea un estado de sentido crítico en el público. Por eso una norma muy estricta de Hollywood que pocas veces se contradice es que en una historia puede pasar cualquier cosa pero el final tiene que ser un final feliz. Tal vez alguien pensará que nuestra película es una película de dibujos animados para adultos, personalmente pienso que no. Creo que hace más daño a la educación de los niños esta cultura del final feliz y el ocultar la realidad que mostrarla tal como es, aunque sea desagradable, triste o injusta.

Lo que hace María, la niña de la película, nos da una respuesta a la pregunta: ¿ante los terribles avatares de la vida qué podemos hacer? y la respuesta que nos da María es: hacer lo que se pueda. Utiliza las cuerdas para hacer mover sus pies, sus manos, su silla de ruedas. Esta chica utiliza su mucha inteligencia para tratar de solucionar, en lo que ella pueda, los inconvenientes que se presentan en la vida, en este caso en la vida de su amigo y cuando la maestra le dice que no pueden salir al patio porque hace mal tiempo y el chico está cansado, utiliza la música para hacerle feliz y la boca del muchacho se abre en un inicio de sonrisa. Lo coge en brazos y baila con él, mientras que los dos sueñan que están en una pista de baile en la que evolucionan como si el chico tuviera las piernas tan ágiles como las de ella.

Ahora que lo pienso, la película tiene un final feliz. El chico muere porque su enfermedad no hacía prever otra cosa y una de las profesoras le dice a la otra: “la verdad es que… su cara era de alegría”. Y añade: “no sé cómo se lo vamos a decir a los niños. Sobre todo a María”. La escena final es clave: María no sólo no es la que ha salido más perjudicada de haber hecho amistad con el chico enfermo, sino que ha decidido que eso es lo que quiere hacer: dedicar su vida a ayudar a formarse a niños enfermos o con limitaciones físicas o psíquicas. Se ha convertido en maestra de educación especial.

Las dedicatorias finales de la película son conmovedoras.

P.D. Yo estoy orgulloso de tener una hermana y una hija que, además de pedagogas, son maestras en educación especial.  



Cuerdas, de Pedro Solís García.



miércoles, 12 de febrero de 2014

Me gustaba mi país.



Era un país contrario a las guerras injustas, como aquella de Iraq que se inventaron los americanos, con un presidente que en unas semanas se trajo a nuestras tropas a casa porque allí no se dirimía nada que mereciera poner en riesgo a nuestros soldados o a la población civil iraquí. Era un país que defendía los derechos humanos y las leyes protegían la acción de la justicia. ¿Te acuerdas? El juez Garzón era llamado un “juez estrella” en tono despectivo, pero consiguió perseguir a Pinochet hasta sus últimos días. Ahora eso no lo podría hacer ni Garzón ni nadie porque hoy han cambiado las leyes para que eso no sea ya posible y sobre todo no puede Garzón porque es el único condenado, después de cinco años, del caso Gürtel. Los socialistas tuvieron casos de corrupción y lo pagaron con la cárcel, como en el caso de los Gal, pero ahora los políticos hacen lo que quieren y pisotean nuestros derechos en simulación y en diferido. Y si hace falta se les indulta y punto. 

Aquél, era un país donde las mujeres elegían libremente sobre su cuerpo como en casi todo el resto de Europa. Ahora están preparando las leyes para cambiar el derecho al aborto.

Era un país donde la Constitución servía para garantizar los derechos de los ciudadanos. Ahora pretenden limitar el derecho de manifestación, de expresión, de asilo; ahora quieren que la Constitución sólo sirva para echársela en cara a los otros nacionalistas, a los nacionalistas periféricos.

Era un país que se había convertido en una potencia mundial en tecnología de energías limpias, que había desarrollado enormemente la producción de energía eólica y había sentado las bases para un desarrollo importante de la energía solar. Ahora estamos en manos de las empresas eléctricas, han cambiado las reglas del juego de la energía solar y pagamos la luz más cara de Europa y del mundo, sólo por debajo de no-se-qué países pequeños. 

Era un país que defendía políticas para luchar contra el cambio climático, (es cierto que de forma muy timorata y limitada, pero lo hacía). ¿Te acuerdas? Ahora es un país miserable dónde problemas como ese no cabe ni debatirlos: simplemente no existen.

Era un país aconfesional, donde cada uno podía vivir libremente y pensar como quisiera. Habían venido gentes de otros países con otras religiones y la norma era la tolerancia. Ahora es un país moralmente gobernado por la Iglesia Católica de Roma, como en la época del dictador Franco. Ahora nos domina una iglesia que se desprestigia sola al no acatar las normas del derecho cuando sus miembros cometen crímenes como el del maltrato a los niños y la pederastia y los ministros de nuestro gobierno invocan a Santa Teresa o a la Blanca Paloma para pedir la solución de los problemas económicos que están creando ellos.

Me gustaba mi país porque era tolerante con las opciones de género de cada cual. Me gustaba que la gente se pudiera sentir a gusto con su sexualidad. Ahora los obispos que gobiernan nuestras costumbres dicen que los homosexuales son enfermos y que tienen cura. Los que no tienen cura son los obispos.

En aquella España, no era obligatorio dar religión en los colegios y la enseñanza era para sacar adelante a las personas, no a las empresas. La misión del Estado era garantizar la felicidad de las personas, no la buena marcha del IBEX-35, ni la producción, ni la productividad.

Este país salió adelante y me gustaba porque casi cinco millones de personas que vivían en países más pobres vinieron aquí a trabajar, a hacer los trabajos que ningún español quería hacer, porque al tiempo que se crearon esos cinco millones de empleos seguía habiendo un paro del 15%: el de los que no querían hacer los trabajos que vinieron a hacer los otros y no sabían hacer otra cosa. Ahora sólo veo inmigrantes que huyendo de la miseria se ahogan en las costas españolas y que son maltratados como alimañas. En un mundo donde el dinero se mueve libremente y nadie pone coto a los “paraísos fiscales” las personas no se pueden mover de un país a otro, porque lo dice el egoísmo de los países ricos.

España era un país donde, mejor o peor, el gobierno dirigía la política económica. Ahora sufrimos la humillación, (aunque nos la quieren ocultar), de ser un país intervenido como lo fueron tantos países de Hispanoamérica, mientras nos callábamos porque pensábamos que eso no iba con nosotros.

Me gustaba este país porque tenía una sanidad pública que era de las mejores del mundo, porque había educación pública para todos, porque se estaba poniendo en marcha un sistema de ayuda a la dependencia. Aquel hermoso país que no admite comparación con el que tenemos ahora. Ahora hay que pagarse hasta la justicia y quieren que el registro civil pase a ser privado y cueste un buen dinero hacer cualquier trámite.

Aquél, era un país que acabó con el terrorismo vasco sin salirse del estado de derecho, sólo con una gran eficacia policial y política. Ahora utilizan el tema como arma arrojadiza para ganar las elecciones, que parece que hubiera sido Mayor Oreja el que acabó con ETA, cuando el que lo hizo fue Rubalcaba y se lo agradecieron sacándole la tontería aquella del caso Faisán.

Porque este es un país miserable, ignorante, mal educado, donde lo único que nos queda es “la roja”, si es que puede seguir siendo lo que fue en la época en que gobernaba Zapatero.

Hasta el tiempo atmosférico ha ido a peor, como decía ayer el Gran Wayoming.

No escribo esto para defender al partido de Zapatero, que alguna culpa tuvo en lo que ahora está pasando, simplemente digo que me gustaba aquel país y que no me gusta éste. Nada más.

¿No hay posibilidad de que nos pongamos de acuerdo en unos mínimos compartidos por todos que definan las libertades y los anhelos del conjunto, aunque pensemos de forma diferente? Si no es así, esto no será un país, serán dos, y cada vez que cambie el gobierno volveremos a definirlo. 

lunes, 10 de febrero de 2014

El cine español.

Tiene mucha razón Manuel Vicent en su artículo de contraportada del domingo en El País. ¿Quién conoce por ahí a Jose Ignacio Wert, a Francisco Marhuenda o a ese señor que el gobierno nombró para defender la “marca España”, (que suena a algo así como la “marca Hispánica” que era la línea donde acababa el mundo occidental europeo). En Francia, en Noruega o en Nueva York, nadie conoce a estos señores, pero la mayoría de la gente en estos países conoce a Javier Bardeem, a Fernando Trueba, a Penélope Cruz y, sobre todo, a Pedro Almodóvar, que es el que tiene un mayor prestigio.
El Sr. Wert desconoce, (porque se lo oculta su soberbia y la rastrera adulación de los “Maruendas”), que es un funcionario como los demás. Un funcionario como yo mismo, aunque nuestros sueldos y privilegios no sean muy parecidos. A menudo los funcionarios tenemos que aguantar las impertinencias de mucha gente: jefes, subalternos, administrados, etc.; eso no va incluido en el sueldo pero no podemos marcharnos a casa cada vez que vemos entrar en la oficina un miembro de la subespecie de los “plastas”, que a veces se les reconoce nada más atravesar la puerta. Si lo hiciéramos nos descontarían el día de sueldo y nos abrirían un expediente informativo para estudiar si hay alguna posibilidad de mandarnos a casa. ¿Que en España no se manda a casa a un funcionario? Pregúntale al juez Garzón, o al juez Elpidio, que se tuvieron que ir a su casa con medio país diciendo, para mayor escarnio, que les estaba muy bien empleado.  

El Sr. Wert está aquí para defender la cultura española, una de cuyas mayores industrias es la del cine, así que si no le gusta nuestro cine que se vaya a su casa y que deje el puesto a otro más preparado que, digo yo, que los habrá.


martes, 4 de febrero de 2014

España se sale.



Vicente Castelo viene a decir en El País que las cifras del paro pueden bajar por tres razones:

- Porque se cree empleo, que sería lo más normal.
- Porque los parados se den de baja del INEM (o que no vayan ni a firmar con lo que les dan de baja de la lista), porque no cobran ninguna prestación ni tienen esperanza alguna de que les den trabajo a través de este organismo.
- Porque la gente sencillamente se marcha de este país, como sucede con tantos jóvenes preparados y con los inmigrantes que vinieron de países que, ahora, están mejor que nosotros, o al menos van mejorando.

Así que cuando el gobierno dice que ha bajado el paro, lo que no puede decir es que se haya creado empleo, que no se crea, lo que podrá decir es que los parados se borran del INEM y que todo el que puede se larga de aquí, incluidos los catalanes.

Todavía hay una forma más expeditiva de bajar el paro: si los parados empezaran a morirse de hambre también bajarían las listas del paro.

Así que la euforia que saca el gobierno cuando en el acto de Valladolid se pasa a la oposición y grita contra Rubalcaba, afirmando de paso que “España va en la buena dirección”, que es lo mismo que decir “España va bien” sin decirlo, es patética, ridícula, estúpida y anacrónica.

Tal vez cualquier adjetivo en esdrújulas entraría bien aquí como pánfila o estrambótica.