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sábado, 31 de marzo de 2012

Cuaderno de viaje a U.S.A. III: american way of life.


Sabemos que los americanos sufren mucho de obesidad. Uno siempre pensó que el problema residía en la alimentación: coca cola, salchichas, mucha carne y grasa animal, comida rápida, etc. Hoy me he dado cuenta de que esa no es la causa principal, la causa principal es que no andan, pero lo realmente increíble es que no andan porque no pueden. La gente aquí no suele vivir en sitios como Filadelfia o Nueva York, la gente vive en esas urbanizaciones como la que ayer referíamos, esas que vemos en las películas. Entre las urbanizaciones y los comercios, los centros de trabajo y las escuelas sólo hay carreteras. Todo el mundo se mueve en coche. Pero cuando digo todo el mundo no utilizo una figura retórica sino que estoy expresando una realidad incuestionable: no hay transporte público entre estas zonas, no hay aceras, no hay carril bici, sólo puedes desplazarte en coche. Así que con dieciséis años ya te dejan conducir y lo siguen haciendo después de cumplidos los noventa. Hay conductores ancianos que cuando se bajan del coche utilizan un andador para desplazarse desde el parking hasta el centro comercial. No es un medio de transporte, es el único medio de transporte que existe salvo los de las grandes ciudades y los que unen lugares distantes.
El condado donde estamos es un cúmulo de urbanizaciones y gasolineras rodeadas de bosques, entre los que aparecen de forma dispersa colegios, centros comerciales, hospitales y un parque de un acre que se llama el Acre Park. Es el único sitio para andar que existe. En realidad es un enorme túmulo dedicado a la memoria de los héroes militares que murieron en las numerosas guerras que su país ha tenido que promover para lograr que no pare el flujo de petróleo hacia nuestro occidente desarrollado. Alrededor de este túmulo hay campos de baseball y football y un camino que no tendrá mucho más de medio kilómetro por donde la gente pasea.



viernes, 30 de marzo de 2012

Cuaderno de viaje a U.S.A II.:28 de marzo, el día más largo.



Tres personas con seis maletas y tres macutos necesitan dos taxis para ir al aeropuerto.  Los trámites, el embarque, las esperas. Finalmente llegamos a una sala amplia donde la mitad de los pasajeros son americanos y la otra mitad españoles y al final embarcamos. La tripulación es americana pero siempre hay alguno que habla español.  Siete horas y media son muchas, pero entre que comemos y merendamos, te traen un refresco, recogen  las cosas, vas al servicio y demás se va pasando el tiempo. Me ha dado tiempo a leer la mitad del libro que me había propuesto. A la vuelta me leeré el resto. La verdad es que se ha pasado más rápido de lo que esperábamos. 
Llegados a nuestro destino, nos dirigimos a casa de nuestros amigos que viven en una de esas urbanizaciones tan típicamente americanas. Después de sentar nuestros reales en su generoso hospedaje decidimos matar la tarde dando una vuelta por la urbanización dónde viven. Es una urbanización como la mayoría de las que hay en este país.  Casas construidas en madera rodeadas de una amplia parcela de césped bien cortado y dos cocheras para dos coches (un turismo y un pick-up o un todoterreno). Como cualquier zona residencial de Norteamérica. A pesar de lo obvio de este urbanismo no deja de llamar nuestra atención así que yo que como siempre llevo mis cámaras de fotos voy retratando los edificios, unos árboles florecidos con una flor blanca muy bonita, esos inmensos pick.ups, las banderas de barras y estrellas… 
Hacia el final de la calle aparece un coche que cruza la calzada hacia la izquierda y se para a nuestro lado. Es un coche de la policía. Imposible más autenticidad. Nos pide la documentación y nos pregunta qué hacemos. Nuestro amigo le contesta con aplomo y seguro de sus derechos que documentación no lleva porque vive en esa calle. Nos dice el agente que ha recibido denuncia de que desconocidos andan por el barrio haciéndole fotos a los coches y a las casas. Le explica nuestro amigo que nos está enseñando el barrio y como el policía sabe que no puede hacer nada, se despide cortésmente y se va. La verdad, nos deja atónitos. 
Son las siete y media, la misma hora que cuando volábamos hacia el aeropuerto de Filadelfia antes de cambiar nuestros relojes, sólo que seis horas después. Cuando nos acostamos a las 11 de la noche son las 5 de la mañana en España, llevamos casi 24 horas despiertos.  

lunes, 26 de marzo de 2012

Cuaderno de Viaje a U.S.A. I



Ya queda poco. El miércoles día 28 volamos desde Madrid a Filadelfia. Filadelfia viene del griego (Φιλάδελφος) y quiere decir algo así como “el que ama a su hermano”, y hace referencia a la ciudad del amor fraternal, según su fundador, William Penn, que quería establecer un centro de tolerancia religiosa y fue la ciudad natal de Benjamin Fraklin, cuya fama viene sobre todo de aparecer en los billetes de dolar. 
Sin embargo, con el tiempo, el amor fraternal no parece haber cundido mucho en ese país. Lo primero que tenemos que resolver, antes de partir, es llevar un seguro médico por si nos ponemos malos, no sea que nos dejen tirados en la cuneta por no llevar suficientes dólares.
Así que estoy buscando una lectura para las ocho horas de vuelo que se me vienen encima y he decidido llevarme “Algo va mal” de TonyJudt: es ligero, no pesa mucho, es un alegato final del autor a favor de la socialdemocracia. “La socialdemocracia no representa un futuro ideal, ni siquiera representa el pasado ideal. Pero entre las opciones disponibles hoy, es mejor que cualquier otra que tengamos a mano". Dijo el autor que escribía este libro antes de morir, lo que se produjo a consecuencia de una esclerosis lateral amitriófica en 2010, cuando ya la crisis estaba corroyendo las bases del Estado de Bienestar.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Textos cómplices: Un día en casa de la ABUELA. Isabel Gamero


Un nuevo relato de Isabel Gamero. En esta ocasión se trata de un relato de terror. Un thriller con un ritmo implacable, de esos que conducen sin demora hacia un final terrible. Para echarse a temblar. 

(Narración recomendada para menores de 18 años)

No hay nada más terrorífico para un adolescente que pasar todo un día en casa de su abuela. Esa mujer tan adorable para los niños, sufre una increíble metamorfosis cuando sus nietos llegan a la edad del pavo y es muy importante estar preparado para ello.
Yo he tenido la experiencia de pasar todo un verano en casa de la mía y puedo asegurar que no es tan malo como dicen, no. ¡Es peor! (Si usted es adolescente o niño sensible, no siga leyendo). Hoy desperté con el sonido de la radio de mi abuela. ¡Aquello era terrible! Solo de recordar la musiquita de Radiolé se me ponen los pelos de punta (que no veáis la cresta más chula que me ha quedado).

Voy al baño y, ¿qué veo? ¡Un vaso de agua con unos dientes dentro! Intento salir de la casa, pero ella es mucho más inteligente que yo y la ha cerrado. Estoy atrapada. Pero no debo sucumbir ante el horror. .. ¡¡Socorro!! Voy a la cocina. No la veo por ningún lado. Pero tengo que estar calmada: ellas huelen el miedo. Tened en cuenta que las madres lo saben todo, y ellas son madres al cuadrado. De pronto me giro, y la veo. “¡Aaaah!” Una criatura a contraluz se acerca. Tiene los pelos de punta, y un bastón en la mano. Se acerca. ¡Es ella! ¡Se acerca aún más! ¡No lleva dientes! ¡Ha cogido la batidora! ¡Nooo! ¡Puré para comer no! Salgo de allí y me encierro en el baño. “Tendré que ducharme”, pienso. “Esto no puede ser bueno para la salud”. Me visto. ¡Me ha cosido los rotos de mis vaqueros! “Tranquila, Isa, no pierdas los nervios”. Salgo. Voy al salón. Voy pegada a la pared para no pisar el suelo recién fregado. Eso es algo que nunca, nunca, nunca se debe hacer.


Miro el balcón. Mi… ¡Mi ropa! ¡Ha ahorcado a mi ropa interior! ¡Y delante de todos los vecinos y transeúntes de la calle para que la vean! Pero no hay tiempo para lamentarse por aquellos que han probado de su llamada “limpieza higiénica”. Un escalofrío recorre mi espalda. Es la hora de comer. No me puedo enfrentar a ella, pues ella tiene una escoba con la que me pegará si no dejo el plato impoluto.

 ¡Por fin se va a echar la siesta! ¡A saber si más bien no se va a maquinar alguno de sus planes maléficos contra mí! Tengo dos horas para pensar otro plan que contra-ataque los suyos. Esto es terrible. ¡Me está haciendo pensar! Miro por una ventana. Hay niños con sus abuelas. ¡Pobres ingenuos! No saben lo que les deparará el futuro. Intento escapar, mas las ventanas tienen barrotes. ¿Contra los ladrones? Ja, ja, ja, ja. No… ¡Para que no pueda huir yo! El tiempo pasa volando.  ¡Se ha despertado! “¡Oh-oh!” Convención de brujas en el salón. Lo sabía están todas: la loca de los gatos, la “parchuda”, la “agarra-mofletes de niños”…  Simplemente, echo a correr cual gallina en un corral. Una está saliendo del baño y me la encuentro. Vale, “mantén la calma”. Me escupe en la cara y me pide que le suba los calcetines. “¡¡Ayudaaa!!”. M encierro en una habitación. Veo algo en la estantería. Por fin algo que me puede ayudar: ¡La Biblia! Empiezo a rezar y compruebo que Dios es misericordioso, pues me envía una señal. Es el claxon de mi madre. ¡Nunca me había alegrado tanto de verla! Pero, atención, lleva una maleta. “¿Qué? No, mamá, ¡no!” ¡Tengo que quedarme a dormir allí! Son unos momentos muy duros para mí. “¡No te vayas, mamá!”, la suplico entre lágrimas.
“Se ha ido”… La cena está lista. Hay judías verdes. Este va a ser mi fin, ya lo veo venir. Las como de una en una. Al menos ellas no tienen que soportar aquello. No tengo pijama, pues sigue colgado de una cuerda. Lo único que tengo es una faja de mi abuela, ¡pero prefiero enfriarme a ponerme eso antes de los ochenta años”. Apago la luz. Suena “hora 25” Yo creo que pretende que enloquezca. Unas horas después la oigo roncar. A cada ronquido, me entra un escalofrío.  Al fin amanece. No he pegado ojo. Me levanta a voces y me manda desayunar. Empieza a quejarse de sus dolores. Dice que no ha podido dormir en toda la noche por culpa de ellos. Me pregunta por qué doy cabezadas contra la pared. Me tomo sus pastillas y vuelve a empezar el día. Pasa una semana.

Mi madre me viene a buscar. Sé que están compinchadas, porque cuando creía que nos íbamos a ir, veo otra maleta en la puerta y me echo a llorar. Están de obras en casa. ¡Nos quedamos hasta que acaben! “¡¡Nooo!!”


P.D. Pondría un alegre y colorido FIN como este, pero aún no acabaron las obras en mi casa…

jueves, 15 de marzo de 2012

Enrique Falcó y el Loch Lomond


Enrique Falcó ha hecho una entrada en su blog dedicada a nosotros. Si se ha pensado que por eso vamos a olvidarnos de su turbio pasado, va apañado. Aquí va la verdad sobre ese personaje que se esconde tras la marca de güisqui preferida por el capitán Haddock, el amigo de Tintín.


COMO ALMA QUE LLEVA EL DIABLO.



Ese personaje que anda “blogueando” por el diario Hoy y que se está ganando la adhesión de muchos admiradores y despertando el interés de la gente por las historias que cuenta, es en realidad un peligroso individuo del que más bien se debería huir si tiene uno la desgracia de tropezárselo por ahí. Todos esos amigos que le quieren y que se entretienen leyendo sus relatos, deberían de tener un poquito de cuidado y mirar bien con quien se gastan las perras, no sea que se lleven una sorpresa y la cosa no tenga ya remedio. Para que la gente empiece a saber quién es este oscuro personaje que se hace llamar Enrique Falcó, voy a contar una historia que sucedió hace muchos años.
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Fue en la época en que mi mujer encontró trabajo, después de que los chicos empezaran a ir al colegio. Como quiera que los dos salíamos por la mañana hacia nuestras respectivas obligaciones laborales bien temprano, no nos quedó más remedio que contar con la ayuda profesional de una joven cuidadora que contratamos para que fuera a buscar a los niños al colegio, estuviera en casa, velara por su seguridad y se preocupara de que completaran su alimentación de manera adecuada. Era una joven bastante espabilada, que hacía muy bien las tareas encomendadas y que con su actitud positiva suponía una gran ayuda para el buen desarrollo de los niños. Así era hasta que un aciago día mi hijo mayor Ricardo empezó a trabar amistad con un niño de la escalera que iba a su colegio: Enrique. También es casualidad que con la cantidad de escaleras y de colegios que hay en la ciudad tuviera que coincidir Ricardo con un personaje como aquél. Nadie podía sospechar lo que ocultaba este muchacho si se dejaba uno llevar por su aspecto. Era un chico alto para su edad, más bien delgado, despierto, que engañaba a la gente con una simpatía que le servía para ocultar su auténtica personalidad maligna, con esa expresión angelical de quien no ha roto un plato en su vida. En compañía de mi hijo y de Adolfo Portillo formaban el núcleo duro de un grupo de amigos a los que se les solían unir otros.
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Eran todavía los años ochenta del siglo pasado, cuando la ciudad de Badajoz tuvo la buena ocurrencia de tratar de recuperar las fiestas de Carnaval que habían estado prohibidas durante muchos años. Anteriormente sólo teníamos noticias de la llegada de estos días cuando venían los curas al colegio a ponernos en la frente la señal de la cruz del miércoles de ceniza. Es decir, entrábamos en la cuaresma sin habernos enterado de que hubieran pasado las fiestas de carnestolendas. Este desorden se empezó a corregir, como digo, con plena aceptación de público y crítica a finales de los años ochenta.  Y una mañana de febrero de aquellos años tuvo mi hijo el infortunio de cruzarse con su vecino Enrique y la imprudencia de invitarlo a pasar a casa para entretenerse en juegos y pasatiempos propios de su edad. Pero no teniendo bastante con esto el ignominioso vecino da en proponerle a mi pobre retoño que, puesto que se acercan los felices días del carnaval, realicen algún tipo de disfraz con el que puedan salir a la calle jactándose de presentarse a esa fiesta como corresponde. Esto, claro está, no era más que una artimaña destinada a crear cuantos problemas y padecimientos fueran posibles para llevar el sufrimiento no sólo a mi hijo sino a toda su familia y aún más allá como se verá. Había obtenido a la sazón un gran éxito entre los jóvenes la película Los Cazafantasmas (Ghostbusters, 1984) en la que Bill Murray, Dan Aykroyd y Harold Ramis, pretendían limpiar de fantasmas la ciudad, bajo los acordes de la canción de Ray Parker Jr. La elección de estos personajes no era inocente como se verá a continuación, pues enseguida Ricardo, que siempre ha sido un chico muy dado a disfraces y películas, se puso manos a la obra. Tuvimos que comprarle un mono de trabajo adecuado a su edad, luego se colocó a la espalda una caja de zapatos como el artilugio que utilizaban en la película para guardar los fantasmas capturados. Para ello, consiguió con su obstinada insistencia que le llevara unos tubos corrugados de PVC, de los que se usan en las obras para proteger los cables eléctricos en el interior de las paredes. Esos tubos iban conectados a la caja de zapatos que llevaba a la espalda y se completaba el conjunto con algún tipo de gorro y calzado más o menos adecuado al caso, detalles que ya he olvidado.
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Todo así dispuesto funcionaba a la perfección. El aspecto del conjunto era el de un equipo homologado para cazar fantasmas. Podía haber sido un carnaval feliz, pero fue entonces cuando el pérfido afán de su amigo Enrique entró en escena para promover el caos y el infortunio en las vidas de todos nosotros: “por qué no pintamos todo el disfraz con pintura de purpurina para que parezca más real”. Esa frase encerraba el resultado de sus malévolas disquisiciones. En ella estaba todo el mal que una mente perversa puede ocasionar a sus inocentes víctimas.
Cuando Pili, que así se llamaba la cuidadora, comprobó que estaban utilizando esa pintura en la habitación de Ricardo y que ya las consecuencias aparecían por paredes y suelos, les conminó a que salieran a pintar al balcón. Así lo hicieron y el mal parecía que había quedado conjurado con las sabias decisiones de Pili, pero el diablo, que siempre maquina sus argucias y nunca descansa, ya había preparado su respuesta para que el caos fuera mayor y terminara por anegar nuestro hogar. De manera que Enrique, haciendo creer que se trataba de un despiste casual, le dio una patada al bote de pintura que había en el suelo y derramó su contenido por todo el balcón. Ricardo, que vio el peligro latente que escondía la situación, salió corriendo a coger la fregona y a continuación se puso a tratar de recoger la pintura que había caído. Cuando Pili se asomó al balcón, lo que vio fue a mi hijo que parecía extender pintura por todo el suelo del balcón con una fregona a modo de gran brocha.
Así son, queridos amigos, las maquinaciones de estos espíritus del mal.
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Cuando llegamos a casa, vimos a Pili que estaba esperándonos con la puerta abierta para hacernos un breve resumen de lo sucedido y despedirse sin siquiera esperar a que le pagáramos el dinero al que tenía derecho por sus últimos días trabajados. No quiso volver a poner un pie en nuestra casa. Los que se la cruzaron en la escalera la vieron descender a toda prisa con la mirada perdida: como alma que lleva el diablo.


lunes, 12 de marzo de 2012

¿Hay que trabajar más?


Escribe hoy Joaquín Estefanía en El País bajo el título de “los años bárbaros” sobre el deterioro tan alarmante que está sufriendo el Estado de Bienestar europeo. Dice en el mismo periódico Dolores de Cospedal que los españoles tenemos que trabajar más horas. Vamos a explicarle a la Sra. Ministra que eso no es así.
Como todo el mundo sabe, el llamado Estado de Bienestar es un logro que se produce después de la II Guerra Mundial y que tiene su origen en el acuerdo de todas las fuerzas políticas y sociales para resolver las peligrosas diferencias que habían llevado en los años treinta a una lucha encarnizada que culmina más que dramáticamente con la citada guerra. Fascismos, comunismos, lucha de clases, eran monstruos que había que apaciguar como fuera. Los poderosos regidores del capitalismo mundial tenían muy presente la creación del espacio soviético y temían la extensión del mismo a otros países occidentales. “ ...Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: el Papa y el Zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes...". Era el inicio del Manifiesto Comunista de Marx y Engels. Tras una debacle como la sucedida en Europa y con la división creciente del mundo en dos bloques, la solución que encontraron las personas razonables fue crear un enorme consenso europeo que resolviese los problemas acuciantes de la clase obrera a cambio de conseguir la paz social y la renuncia de los trabajadores a la revolución.
Desde que cayó el muro de Berlín y se derrumbó el Imperio Soviético viene el propio Joaquín Estefanía avisando de que la falta de un contrapoder hará que más pronto que tarde el capitalismo se enseñoree por el mundo avanzado y quiera imponer su discurso a los trabajadores, sin necesidad de negociación ni pacto. ¿Para qué vamos a pactar con ellos si ya no nos dan miedo? Piensan las grandes lumbreras económicas.
Esto es una consecuencia evidente de lo que los marxistas llamarían “una nueva correlación de fuerzas”. Si ya no tenemos miedo y no hay nadie que ponga en cuestión nuestro sistema económico ya no tenemos por qué seguir manteniendo los pactos de “no agresión” con las clases proletarias, con aquellos que sólo aportan a la economía su trabajo.
Entre tanto, se ha producido una nueva revolución tecnológica que, unida a la anterior revolución industrial, ha hecho que la producción de bienes y servicios sea mucho más fácil de lo que lo era en el siglo XIX, cuando el capitalismo maduro se extendió por todo el occidente industrial. Pero por mucho que queramos producir más y más bienes de consumo para seguir creciendo, el sistema se colapsa por todos los lados: económicamente porque no se puede mantener el consumismo mientras que la mayoría de la gente no mejora sus condiciones económicas, ambientalmente porque el planeta empieza a colapsarse al no poder asumir los desequilibrios que esta actividad frenética le ocasiona, políticamente, en las relaciones internacionales, etc.  
De modo que lo que debería ser una ventaja, (la mayor productividad con menos esfuerzo humano), se convierte en un problema. ¿Por qué? Porque el beneficio que la mayor productividad alcanzada por la tecnología permite es asumido en exclusiva por el empresario, que es el dueño de los medios de producción. Pero el problema para el trabajador no es sólo este. Hay otro más grave que consiste en la depreciación que se produce en el valor económico de la fuerza de trabajo. Los trabajadores, sean de la categoría que sean, aquellos que sólo aportan su fuerza de trabajo a la economía, están sometidos al mercado como todo en el capitalismo: a mayor abundancia de un bien menor es su precio, mientras que los bienes escasos alcanzas precios mayores. Por eso los empresarios en ocasiones tiran al mar sus productos agrícolas, para que no caiga el precio de los mismos.
Tenemos un bien que es cada vez más escaso: el trabajo, cuya oferta decrece y escasea cada vez más porque la tecnología hace que sea menos necesario. Al tiempo tenemos una cada vez mayor demanda  de trabajo que son los parados, los que quieren entrar al mercado laboral y no pueden. ¿Que sucede? Que, cada vez más, la fuerza de trabajo vale menos. Habría que tirar los parados y los trabajadores al mar para que la fuerza de trabajo subiera de valor, se cotizara más alta y los empresarios dieran más por ella. Pero como la solución evidentemente no es tirar a la gente al mar, la alternativa es trabajar menos horas, para que el valor de la hora trabajada suba de precio.
Nos han contado el cuento de que la crisis económica es algo que atañe a todos y que debemos solucionar entre todos. Esta es la gran falacia de nuestro tiempo. De momento la crisis la han creado los especuladores y la han pagado los trabajadores que están transfiriendo su dinero hacia los verdaderos culpables, hacia los que crearon la crisis.  
No debemos trabajar más, debemos trabajar menos, Sra. Cospedal.

Después del cierre de este "post" un amigo me ha mandado este texto que incluyo aquí porque viene al caso y lo suscribo en su totalidad, (con las variantes personales de cada uno).

 FRANCISCO PASTOR GUZMÁN - Castellón - 17/01/2012 Trabajo desde hace 14 años en I+D y desde hace 10 años lo compatibilizo con unas horas semanales de profesor en la universidad. Me esforcé de niño y adolescente en intentar aprender, sacar buenas notas y pasarlo bien. Me esforcé en la universidad para sacar la carrera y pasarlo bien. Me esforcé luego dando clases particulares y continúo ahora esforzándome en mis dos trabajos. Hace 10 años, junto a mi pareja, compramos un piso que entraba dentro de nuestras posibilidades. Ahora, tras 10 años de esfuerzo, hemos ahorrado el dinero suficiente para pagar lo que nos queda de hipoteca. Llevo años esforzándome y nunca he vivido por encima de mis posibilidades. Podía permitirme coches más caros pero no los he comprado, nunca he pedido un crédito para irme de vacaciones, reformé mi piso cuando tuve dinero para hacerlo. Me esfuerzo en educar a mis hijos lo mejor posible, los llevo a la escuela pública y me esfuerzo en la asociación de padres para ayudar a mejorarla. Cuando mis hijos enferman los llevo a la sanidad pública y si me queda jarabe en casa le digo al médico que no me haga una receta que no necesito.Ahora estoy a punto de quedarme sin trabajo gracias a los que han vivido "por encima de nuestras posibilidades". Ahora me piden "un esfuerzo más". Yo siempre he pagado puntualmente la hipoteca y lo sigo haciendo así que no he hundido a la banca. Yo no he hecho bajar la Bolsa, no he hundido los mercados, no he inflado la economía, no he especulado con la vivienda, no he organizado carreras de coches en mi ciudad, no necesito un aeropuerto sin aviones, no tengo yate para ver la salida de la Copa América, no he ido nunca a ver la ópera en el Palau de les Arts. Yo no he deteriorado la escuela ni la sanidad públicas, no he tenido becas ni subvenciones, no he cobrado nunca el paro ni he provocado déficit al Estado, la autonomía ni la Seguridad Social. Yo no conozco a Modios, Finch ni Standard & Poors pero sí conozco a los que vivieron por encima de mis posibilidades. Yo no les voté, a mí no me representan.

Soraya, el esfuerzo se lo pides a ellos.

jueves, 1 de marzo de 2012

Mi abuelo y las viviendas inteligentes.



Mi hija ha contado en su blog los avatares de la inmensa lucha que está manteniendo para recuperar la propiedad de su casa que ahora mismo está en manos de una colonia de roedores urbanos. Yo, (lo cuento ahora), estoy llevando a cabo la misma lucha pero en mi caso contra las cucarachas americanas, esas cucarachas que están colonizando el país desde el sur y el mediterráneo y que son de color y tamaño como los de una gamba roja, esas gambas de Denia que Quique Dacosta muestra en su blog.
Resulta que estamos preparando unas plácidas vacaciones a la gran urbe imperial, (N.Y.), y veo ayer en el blog de Antonio Muñoz Molina que allí el problema que tienen es doble: ratas (que no ratones) y cucarachas, o como ellos dicen rats & cockroaches. Estamos aviados.
En muchos casos, yo diría en la mayoría de ellos, estos inquilinos, (mejor diría okupas), provienen del submundo urbano de las alcantarillas y hacen su entrada en nuestros hogares a través de la conexión que nuestros desagües tienen con el alcantarillado municipal a través del colector principal de la casa o bloque de viviendas. Esto ha sido así desde siempre. De tal manera que ya los romanos, que fueron unos constructores difícilmente superables, crearon la solución a este problema: la arqueta sifónica.  La arqueta sifónica impide el paso de los olores del alcantarillado, pero también de su fauna. El concepto de civilización viene de civitas, de ciudad, y se refiere a los sofisticados sistemas que utilizaban para vivir agradablemente en núcleos de población.
Mi abuelo que, (como yo mismo), se dedicó a la construcción, era un hombre que no había ido a la Universidad, cosa muy frecuente a principios del siglo pasado si no pertenecías a las clases más altas del país, lo que no era su caso. Mi abuelo tenía unos libros de construcción y de arquitectura que yo heredé en los que el hombre se había hecho una pequeña cultura teórica sobre el oficio. Pues bien, con su escasa cultura, él sabía como había que construir porque aplicaba esas técnicas que venían de la antigüedad greco-romana o del buen oficio de los albañiles musulmanes. Por eso, estoy seguro que nunca hizo una instalación de desagües que no terminara en una arqueta sifónica.
Hoy día tenemos unos adelantos que hubieran llenado de admiración la curiosidad de mi abuelo, pero no en menor medida el alto grado de ignorancia que hemos alcanzado. En efecto, en la época de los llamados “edificios inteligentes”, (ya saben ustedes, en el telediario hablan de ello todos los días), ya nadie sabe lo que es una arqueta sifónica. De hecho el corrector ortográfico que estoy usando me está llenando la página de subrayados rojos porque se ha empeñado en que ponga arqueta “sinfónica”, lo cual es un oxímoron, (RAE: Combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido; p. ej., un silencio atronador), porque nunca he visto que ambas cosas puedan darse juntas. ¿Tal vez en el edificio del Musikverein de Viena? No creo. De manera que tenemos viviendas inteligentes llenas de cucarachas y ratones. 
Quizás por eso las llaman inteligentes, porque las cucarachas y los ratones son animales muy listos que tienen unas capacidades de adaptación para la supervivencia que nosotros estamos perdiendo a manos de la tecnología digital.